5 de marzo – Jueves

Evangelio: Lucas 16,19–31

El rico Epulón y el pobre Lázaro

(En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos): (19) Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día celebraba espléndidos banquetes. (20) Un pobre, en cambio, llamado Lázaro, yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, (21) deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros, acercándose le lamían sus llagas. (22) Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado. (23) Estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; (24) y gritando, dijo: Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas. (25) Contestó Abrahán: Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora, pues, aquí él es consolado, y tú atormentado. (26) Además de todo esto, entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieran atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros. (27) Y dijo: Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, (28) pues tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos. (29) Pero replicó Abrahán: Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan! (30) Él dijo: No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán. (31) Y le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite.

Comentario

19–31: La parábola disipa dos errores: el de los que negaban la supervivencia del alma después de la muerte y, por tanto, la retribución ultraterrena, y el de los que interpretaban la prosperidad material en esta vida como premio de la rectitud moral, y la adversidad, en cambio, como castigo. Frente a este doble error la parábola deja claras las siguientes enseñanzas: que inmediatamente después de la muerte el alma es juzgada por Dios de todos sus actos—juicio particular–, recibiendo el premio o el castigo merecidos; que la Revelación divina es, por sí, suficiente para que los hombres crean en el más allá.

            En otro orden de cosas la parábola enseña también la dignidad de toda persona humana por el hecho de serlo, independientemente de su posición social, económica, cultural, religiosa, etc. Y el respeto a esa dignidad lleva consigo la ayuda al desvalido de bienes materiales o espirituales: «Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima urgencia, el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se despreocupó por completo del pobre Lázaro» (Concilio Vaticano II: Gaudium et spes, n. 27).

            Otra consecuencia práctica del respeto al hombre es la correcta distribución de bienes materiales, buscando a la vez los recursos suficientes para defender la vida del hombre, incluso la del que aún no ha nacido, como exhorta Pablo VI ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: «En vuestra asamblea, incluso en lo que concierne al problema de la natalidad, es donde el respeto a la vida debe encontrar su más alta profesión y su más razonable defensa. Vuestra tarea es actuar de tal suerte que el pan sea lo suficientemente abundante en la mesa de la humanidad y no favorecer un control artificial de los nacimientos, que sería irrazonable, con vistas a disminuir el número de comensales, en el banquete de la vida» (Pablo VI: Discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas 4-10-1965).

21:       La alusión a los perros no parece un detalle de alivio para el pobre Lázaro, sino más bien una intensificación de sus dolores, en contraste, con los placeres del rico Epulón, porque los perros, entre los judíos, eran animales impuros y, por tanto, no se domesticaban de ordinario.

22–26: Los bienes terrenos, como también los sufrimientos, son efímeros: se acaban con la muerte, con la que también termina el tiempo de prueba, nuestra posibilidad de pecar o de merecer; y comienza inmediatamente el gozo del premio o el sufrimiento del castigo, ganados durante la prueba de la vida. Según ha definido el Magisterio de la Iglesia, las almas de todos los que mueren en gracia de Dios, inmediatamente después de su muerte, o de la purgación los que necesitaren de ella, estarán en el Cielo: «Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo – tanto las que todavía deben ser purificados por el fuego del Purgatorio como las que inmediatamente después de separarse del cuerpo, como el buen ladrón, son recibidas por Jesús en el Paraíso – constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la Resurrección en el que estas almas se reunirán con sus cuerpos» (Pablo VI: Solemnis profesio fidei 30-10-1968, n. 28).

            La expresión «seno de Abrahán» indica el lugar o estado en «que residían las almas de los santos antes de la venida de Cristo Señor Nuestro, en donde, sin sentir dolor alguno, sostenidos con la esperanza dichosa de la redención, disfrutaban de pacifica morada. A estas almas piadosas que estaban esperando al Salvador en el seno de Abrahán, liberó Cristo Nuestro Señor al bajar a los infiernos» (S. Pio V: Catecismo Romano, I, 6, 3).

22:       «Murieron los dos, el rico y el mendigo, y fueron llevado ante Abrahán y se hizo el juicio de su conducta. Y la Escritura nos dice que Lázaro recibió consuelo y, en cambio, al rico se le dieron tormentos. ¿Es que el rico fue condenado porque tenía riquezas, porque abundaba en bienes de la tierra, porque ‘vestía de púrpura y lino y celebraba cada día espléndidos banquetes’? No, quiero decir que no fue por esta razón. El rico fue condenado porque no ayudó al otro hombre. Porque ni siquiera cayó en cuenta de Lázaro, de la persona que se sentaba en su portal y ansiaba las migajas de su mesa. En ningún sitio condena Cristo la mera posesión de bienes terrenos en cuanto tal. En cambio, pronuncia palabras muy duras contra los que utilizan los bienes egoístamente, sin fijarse en las necesidades de los demás (…).

            » La parábola del rico y Lázaro debe estar siempre presente en nuestra memoria; debe formarnos la conciencia. Cristo pide apertura hacia los hermanos y hermanas necesitados; apertura de parte del rico, del opulento, del que está sobrado económicamente; apertura hacia el pobre, el subdesarrollado, el desvalido. Cristo pide una apertura que es más que atención benigna, o muestras de atención o medio-esfuerzo, que dejan al pobre tan desvalido como antes o incluso más (…).

            »No podemos permanecer ociosos disfrutando de nuestras riquezas y libertad si en algún lugar el Lázaro del siglo veinte está a nuestra puerta. A la luz de la parábola de Cristo, las riquezas y la libertad entrañan responsabilidades especiales. Las riquezas y la libertad crean una responsabilidad especial. Y por ello, en nombre de la solidaridad que nos vincula a todos en una única humanidad, proclamo de nuevo la dignidad de toda persona humana; el rico y Lázaro, los dos, redimidos los dos por Cristo a gran precio, al precio de la ‘preciosa Sangre de Cristo’ (1 Pedro 1:19)» (Juan Pablo II: Homilía Yankee Stadium, 2-10-1979).

24–31: El diálogo entre el rico Epulón y Abrahán es una escenificación didáctica para grabar en los oyentes las enseñanzas de la parábola. Así, en sentido estricto, en el infierno no se puede dar compasión alguna en favor del prójimo, ya que allí sólo reina la ley del odio contra todo y contra todos. «Cuando dijo Abrahán al rico: ‘Entre vosotros y nosotros se abre un abismo (…)’, manifestó que después de la muerte y resurrección no habrá lugar a penitencia alguna. Ni los impíos se arrepentirán y entrarán en el Reino, ni los justos pecarán y bajarán al infierno. Este es un abismo infranqueable» (Afraates: Demonstratio, 20; De Sustentatione egenorum, 12). Por eso se comprenden las siguientes palabras de San Juan Crisóstomo: «Os ruego y os pido y, abrazado a vuestros pies, os suplico que, mientras gocemos de este pequeño respiro de la vida, nos arrepintamos, nos convertimos, nos hagamos mejores, para que no nos lamentemos inútilmente como aquel rico cuando muramos y el llanto no nos traiga remedio alguno. Porque aunque tengas un padre o un hijo o un amigo o cualquier otro que tenga influencia ante Dios, sin embargo, nadie te librará, siendo como son tus propios hechos quienes te condenan» (S. Juan Crisóstomo: Homilía sobre 1 Corintios).

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