16 de diciembre – Domingo (III)

Evangelio: Lucas 3:10–18

(10) (En aquel tiempo, la gente le preguntaba a Juan el Bautista:) ¿Qué debemos hacer? (11) Él les contestaba: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene alimentos, haga otro tanto. (12) Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le dijeron: Maestro, ¿qué debemos hacer? (13)  Y él les contestó: No exijáis más de lo que se os ha señalado. (14) Asimismo le preguntaban los soldados: Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni denunciéis con falsedad, y contentaos con vuestras pagas.

(15) Como el pueblo estimase, y todos se preguntaran en su interior, si acaso Juan no sería el Cristo, (16) Juan salió al paso diciendo a todos: Yo os bautizo con agua; pero viene quién es más fuerte que yo, al que no soy digno de desatar la correa de sus sandalias: él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego.

(17) Tiene el bieldo en su mano, para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, y quemará la paja con fuego inextinguible.

(18) Con estas y muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva.

Comentario

12–13:   Con sinceridad y valentía San Juan Bautista descubre a cada uno su falta. El pecado principal de los publicanos consistía en aprovecharse de su situación privilegiada como colaboradores del poder romano, para enriquecerse a costa del pueblo israelita. En efecto, Roma estipulaba con ellos una cantidad global como contribución de Israel al Imperio; los publicanos, como gestores del cobro de los impuestos, abusaban de su poder exigiendo a los contribuyentes más de lo debido. Recuérdese, por ejemplo, el caso de Zaqueo que, después de su conversión, duda de la justicia de su antiguo proceder y, movido por la gracia, promete al Señor repara con generosidad sus posibles fraudes (cfr. Lucas 19:1–10).

La predicación del Bautista expresa una norma de moral natural, que recoge también la Iglesia en su doctrina. Los cargos públicos han de ser considerados, ante todo, como un servicio a la sociedad, y nunca como ocasión de lucro personal en detrimento del bien común y de la justicia que se pretende administrar. En todo caso, quien haya tenido la debilidad de apropiarse injustamente de lo ajeno, no le basta confesar su falta en el Sacramento de la Penitencia para obtener el perdón de su pecado; tiene que hacer además el propósito de restituir lo que no es suyo.

14:   El Bautista exige de todos –fariseos, publicanos, soldados– una profunda renovación interior en el mismo ejercicio de su profesión, que les lleve a vivir las normas de la justicia y de la honradez. Dios nos pide a todos la santificación en nuestro propio trabajo y condición. «Cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino. En el servicio de Dios no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia» (S. Josemaría Escrivá: Conversaciones, n.55).

15–17:   Con el anuncio del Bautismo cristiano y con expresivas imágenes, el Bautista proclama que él no es el Mesías, pero que está al llegar y que vendrá con el poder de Juez supremo, propio de Dios, y con la dignidad del Mesías, que no tiene parangón humano.

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