6 de mayo – Viernes

Evangelio: Juan 16:20–23

La plenitud del gozo (cont´d.)

(Jesús dijo a sus discípulos:) (20) En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, en cambio el mundo se alegrará, vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. (21) La mujer, cuando va a dar a luz, está triste porque llegó su hora, pero una vez que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la tribulación por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. (22) Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. (23) En aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá.

Comentario

21–22: Esta imagen de la mujer que da a luz, que es muy frecuente en el Antiguo Testamento para expresar el dolor intenso, suele emplearse también, sobre todo en los Profetas, para significar el alumbramiento del nuevo pueblo mesiánico (cfr. Isaías 21:3; 26:17; 66:7; Jeremías 30:6; Oseas 13:13; Miqueas 4:9–10). Las palabras de Jesús, que recoge el presente pasaje del Evangelio, parecen tener una relación con tales profecías, de las cuales constituirían su cumplimiento. El nacimiento del pueblo mesiánico – la Iglesia de Cristo – comporta dolores intensos no sólo a Jesús, sino también, en su medida, a los Apóstoles. Pero esos dolores, como de parto, se verán compensados por el gozo de la consumación del Reino de Cristo: «Porque estoy convencido – dice San Pablo – de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Romanos 8:18).

23: Véase nota a Juan 14:12–14.

[Nota a Juan 14:12–14:

Juan 14:12–14:  Antes de partir de este mundo, el Señor promete a los Apóstoles que les hará partícipes de sus poderes para que la salvación de Dios se manifieste por medio de ellos. Las obras que realizarán son los milagros hechos en el nombre de Jesucristo (cfr. Hechos 3:1–10; 5:15–16; etc.), y sobre todo, la conversión de los hombres a la fe cristiana y su santificación, mediante la predicación y la administración de los sacramentos. Se pueden considerar obras mayores que las de Jesús en cuanto que por el ministerio de los Apóstoles el Evangelio no sólo fue predicado en Palestina, sino que se difundió hasta los extremos de la tierra; pero este poder extraordinario de la palabra apostólica procede de Jesucristo que ha subido al Padre: después de pasar por la humillación de la Cruz, Jesús ha sido glorificado y desde el Cielo manifiesta su poder actuando a través de los Apóstoles.

El poder de los Apóstoles dimana, pues, de Cristo glorificado. El Señor lo expresa al decir: «Y lo que pidáis  al Padre en mi nombre eso haré…».

«No será mayor que yo el que en mí cree; sino que yo haré entonces cosas mayores que las que ahora hago; realizaré más por medio del que crea en mí, que lo que ahora realizo por mí mismo» (S. Agustín: In Ioannis Evangelium tractatus, 72,1).

Jesucristo es nuestro intercesor en el Cielo, por eso nos promete que todo lo que pidamos en su Nombre, Él lo hará. Pedir en su Nombre (cfr. 15:7;16; 16:23–24) significa apelar al poder de Cristo resucitado, creyendo que Él es omnipotente y misericordioso porque es verdadero Dios; y significa también pedir aquello que conviene a nuestra salvación, porque Jesucristo es el Salvador, conviene para nuestra salvación. De ese modo se muestra igualmente Salvador cuando nos niega lo que pedimos y cuando nos lo concede.]

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