27 de marzo – Lunes

Evangelio: Juan 4:43–54

(43) (En aquel tiempo, Jesús salió de Samaria y se) marchó hacia Galilea. (44) Pues Jesús mismo había dado testimonio de que un profeta no es honrado en su patria. (45) Cuando vino a Galilea, le recibieron los galileos porque habían visto todo cuanto hizo durante la fiesta en Jerusalén, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Curación del hijo de un alto funcionario real

(46) Entonces vino de nuevo a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún, (47) el cual, al oír que Jesús venía de Judea hacia Galilea, se acercó a él y le rogaba que bajase y curara a su hijo, pues estaba muriéndose. (48) Jesús le dijo: Si no veis signos y prodigios, no creéis. (49) Le respondió el funcionario real: Señor, baja antes de que se muera mi hijo. (50) Jesús le contestó: Vete, tu hijo vive. Aquel hombre creyó en la palabra que Jesús le dijo y se marchó.

(51) Mientras bajaba, sus siervos le salieron al encuentro diciendo que su hijo vivía. (52) Les preguntó la hora en que empezó a mejorar. Le respondieron: Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre. (53) Entonces el padre cayó en la cuenta de que aquélla era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive. Y creyó él y toda su casa. (54) Este segundo milagro lo hizo Jesús cuando vino de Judea a Galilea.

Comentario

46:   San Juan habla de un funcionario real, probablemente al servicio de Herodes Antipas que, aunque fuera solamente tetrarca o gobernador de Galilea (cfr. Lucas 3:1), podía recibir también el título de rey (cfr. Marcos 6:14). Se trata por tanto de una persona de alto rango (v.51), que residía en Cafarnaún, ciudad aduanera. Por esto supone San Jerónimo que debía ser un palatinus, como sugiere el término griego correspondiente.

48:   Jesús parece dirigirse no tanto al funcionario real como a la gente de Galilea que acudía a El sólo para pedir milagros y ver prodigios. En esta ocasión el Señor reprochará a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún su incredulidad (Mateo 11:21–23), porque los milagros que hizo allí hubieran movido a penitencia a las ciudades fenicias de Tiro y Sidón, e incluso a la misma Sodoma. Los galileos en general estaban más dispuestos a ver manifestaciones extraordinaria que a escuchar su palabra. Más adelante, después del milagro de la multiplicación de los panes, buscarán al Señor para hacerle rey, pero no todos prestarán fe al anuncio de la Eucaristía (Juan 6:15,53,62). Jesús pide una fe recia y pura, que, aunque se apoye en milagros, no los exige. Sin embargo, Dios sigue en todos los tiempos haciendo milagros, que sirven para reafirmar la fe.

«No soy ‘milagrero’. – Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe. – Pero me dan pena esos cristianos – incluso piadosos, ‘¡apostólicos!’ – que se sonríen cuando oyen hablar de caminos extraordinarios, de sucesos sobrenaturales. – Siento deseos de decirles: sí, ahora hay también milagros: ¡nosotros los haríamos si tuviéramos fe!» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 583).

49–50:  A pesar de la actitud fría de Jesús, el «noble» insiste manifestando su sufrimiento interior: «Señor, baja antes de que se muera mi hijo». Aunque imperfecta, su fe había sido suficiente para recorrer los 33 kilómetros que separan Cafarnaún y Caná; y, no obstante su elevada posición, se había acercado al Señor pidiendo ayuda. A Jesús le agrada la perseverancia y la humildad de este hombre. La petición hecha con fe alcanza su objetivo.

« ‘Si habueritis fidem, sicut granum sinapis!’ — ¡Si tuvieras fe tan grande como un granito de mostaza!…

» — ¡Qué promesa encierra esa exclamación del Maestro!» (Camino, n. 585).

Los Santos Padres comparan este milagro al del siervo del Centurión (Mateo 8:5–13; Lucas 7:1–10), resaltando la fe sorprendente que desde el primer momento manifiesta el oficial romano, en contraste con la imperfecta fe inicial del personaje de Cafarnaún. San Juan Crisóstomo comenta: «Allí (en el caso del centurión romano), la fe era ya robusta, por eso Jesús prometió ir para que nosotros aprendamos la devoción de aquel hombre; aquí la fe era todavía imperfecta, y no sabía con claridad que Jesús podía curar estando lejos: así que el Señor, negándose a bajar, quiso con esto enseñar a tener fe» (S. Juan Crisóstomo: Homilías sobre el Evangelio de S. Juan, 35).

53:   El milagro de la curación es fuerza convincente que atrae a la fe a aquel hombre y con él a toda su familia. Todo buen padre de familia debe aprovechar los episodios domésticos para procurar que los suyos vengan a la fe. Así dice San Pablo: «Si alguien no cuida de los suyos, y sobre todo de su familia, ha renegado la fe y es peor que un infiel» (1 Timoteo 5:8). Cfr. Hechos 16:15, donde se narra que Lidia se cuidó de que con ella se bautizara toda su familia; en Hechos 18:8 se refiere la misma actitud del archisinagogo Crispo, y en Hechos 16:33 la del guardián de la cárcel.

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