28 de agosto – Viernes (San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia)

Evangelio: Mateo 25:1–13

Parábola de las vírgenes necias y prudentes

(1) (En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:) Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas salieron a recibir al esposo. (2) Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; (3) pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; (4) las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. (5) Como tardase en venir el esposo les entró sueño a todas y se durmieron. (6) A medianoche se oyó vocear: ¡Ya está ahí el esposo! ¡Salid a su encuentro! (7) Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. (8) Y las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite porque nuestras lámparas se apagan. (9) Pero las prudentes les respondieron: Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras. (10) Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron que él a las bodas y se cerró la puerta. (11) Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! (12) Pero él les respondió: En verdad os digo que no os conozco. (13) Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.

Comentario

1–46:   Todo el capítulo 25 es una aplicación práctica de la doctrina del capítulo 24. Jesucristo, con la parábola de las vírgenes, la de los talentos y la enseñanza sobre el Juicio Final, vuelve a insistir sobre la doctrina de la vigilancia. En este sentido, todo el capítulo 25 es también una luz poderosa que se proyecta sobre el capítulo 24.

1–13:   La enseñanza principal de la parábola es la exhortación a la vigilancia: en la práctica es tener la luz de la fe, que se mantiene viva con el aceite de la caridad. Entre los hebreos las bodas se celebraban en casa del padre de la desposada. Las vírgenes son las jóvenes no casadas, damas de honor de la novia, que esperan en casa de ésta la venida del esposo. La atención de la parábola se centra en la actitud que se debe adoptar hasta la llegada del esposo. En efecto, no es suficiente saberse dentro del Reino, la Iglesia, sino que es preciso estar vigilantes y prevenir con buenas obras la venida de Cristo.

            Esa vigilancia ha de ser continua, perseverante, porque continuo es el ataque del demonio que, «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1 Pedro 5:8).

«Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las obras (…); prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen (…), aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al esposo por el Amor, para que Él te introduzca a la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá» (S. Agustín: Sermo, 93,17).

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