28 de mayo – Domingo

Evangelio: Juan 17:1–11

(1) (En aquel tiempo,) Jesús…, elevó sus ojos al cielo y exclamó: Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique; (2) ya que le diste poder sobre toda carne, que él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado. (3) Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado. (4) Yo te he glorificado en la tierra: he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera. (5) Ahora, Padre, glorifícame Tú a tu lado con la gloria que tuve junto a Ti antes de que el mundo existiera.

(6) He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo. Tuyos eran, me los confiaste y han guardado tu palabra. (7) Ahora proviene de Ti, (8) porque las palabras que me diste se las he dado, y ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me enviaste. (9) Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo sino por los que me has dado, porque son tuyos. (10) Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y he sido glorificado en ellos.

(11) Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y yo voy a Ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros.

Comentario

1–26:   Al final del discurso de la Cena (caps. 13–16) comienza la llamada Oración sacerdotal de Cristo, que ocupa el cap. 17. Se denomina oración sacerdotal porque Jesús se dirige a su Padre en un diálogo emocionado, en el que, como Sacerdote, le ofrece el sacrificio inminente de su Pasión y Muerte. De esta forma nos revela elementos esenciales de su misión redentora y nos sirve de modelo y de enseñanza:

«Hubiera podido el Señor, Unigénito y coeterno del Padre, orar en silencio si era necesario, pero quiso manifestarse al Padre como suplicante porque es nuestro Maestro (…). De ahí que esta oración por los discípulos no sólo fue útil a quienes la oyeron, sino a todos los que habíamos de leerla» (S. Agustín: In Ioannis Evangelium tractatus, 104, 2).

La Oración sacerdotal consta de tres partes: en la primera (vv. 1–5) Jesús pide la glorificación de su Santísima Humanidad y la aceptación por parte del Padre de su sacrificio en la Cruz. En la segunda (vv. 6-19) ruega por sus discípulos, a los que va a enviar al mundo a proclamar la obra redentora que Él está a punto de consumar. Por último (vv. 20–26) ruega pro la unidad entre todos los que han de creer en Él a lo largo de los siglos, hasta alcanzar la plena unión con Él mismo en la gloria.

1–5:   La palabra «gloria» designa aquí el esplendor, el poder y el honor propios de Dios. El Hijo es Dios igual al Padre, y desde su Encarnación y nacimiento, principalmente en su Muerte y Resurrección, ha manifestado su divinidad:

«Hemos visto su gloria, gloria como Unigénito del Padre» (Juan 1:14). La glorificación de Jesucristo abarca un triple aspecto; primero, sirve para gloria del Padre, porque Cristo, obedeciendo al decreto redentor de Dios (cfr. Filemón 2:6 ss.), da a conocer al Padre y lleva a término así al obra salvífica divina (v.4). Segundo, Cristo es glorificado porque su Divinidad, que ha estado velada voluntariamente, por fin va manifestarse a través de su Humanidad que, después de la Resurrección, se mostrará revestida del mismo poder divino sobre toda criatura (vv. 2–5). Tercera, Cristo, con su glorificación, ofrece al hombre la posibilidad de alcanzar la vida eterna, conocer a Dios Padre y a Jesucristo, su Hijo Unigénito; lo cual redunda en glorificación del Padre y de Jesucristo, al mismo tiempo que implica la participación del hombre en la gloria divina (v.3).

El Hijo te glorifica haciendo que te conozcan todos aquellos que le has confiado. Es verdad que si la vida eterna es el conocimiento de Dios, tanto más tendemos a vivir cuanto más progresamos en este conocimiento (…). La alabanza de Dios no tendrá fin allí donde el conocimiento del mismo Dios será pleno; y porque en el Cielo este conocimiento será completo, también será completa la glorificación de Dios» (S. Agustín: In Ioannis Evangelium tractatus, 105,3).

6–8:   Nuestro Señor ha rogado al Padre por Sí mismo; ahora ruega por sus Apóstoles, que serán los continuadores de su obra redentora en el mundo. Al orar por ellos, Jesús describe algunas prerrogativas de los que van a formar el Colegio Apostólico.

En primer término, la elección: «Tuyos eran…». Dios Padre los había escogido desde toda la eternidad (cfr. Efesios 1:3–4) y, en su momento, Jesús les comunicó esta elección:

«El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a sí a los que Él quiso, constituyó a doce para que viviesen con Él y para enviarlos a predicar el Reino de Dios (cfr. Marcos 3:13–19; Mateo 10:1–42); a estos Apóstoles (cfr. Lucas 6:13) los instituyó a modo de Colegio, es decir, de grupo estable, al frente del cual puso a Pedro, elegido de entre ellos mismos (cfr. Juan 21:15–17)» (Concilio Vaticano II: Constitución dogmática ‘Lumen gentium’, n. 19).

Por otro lado, los Apóstoles gozaron del privilegio de escuchar directamente de Jesucristo la doctrina revelada. Mediante esa doctrina recibida en docilidad, llegaron a conocer que Jesús había salido del Padre y que, por tanto, es el enviado de Dios (v.8); es decir, alcanzaron el conocimiento de las relaciones entre el Padre y el Hijo.

El cristiano, también discípulo, va adquiriendo por la vida de fe, con el trato de Jesucristo, el conocimiento de Dios y de las cosas divinas.

«Al recordar esta delicadeza humana de Cristo, que gasta su vida en servicio de los otros, hacemos mucho más que describir un posible modo de comportarse. Estamos descubriendo a Dios. Toda obra de Cristo tiene un valor trascendente: nos da a conocer el modo de ser de Dios, nos invita a creer en el amor de Dios, que nos creó y que quiere elevarnos a su intimidad» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n. 109).

11–19:   Jesús ahora pide al Padre para los suyos cuatro cosas: la unidad, la perseverancia, el gozo y la santidad. Al pedir que los guarde en su nombre (v.11) está rogando que perseveren en la doctrina recibida (cfr. v. 6–9) y en comunión íntima con Él. Consecuencia inmediata de esta comunión es la unidad: «Para que sean uno como nosotros»; la unidad que pide para los discípulos es reflejo de la que existe entre las tres Personas divinas.

Ruega, además, que ninguno de ellos se pierda, que el Padre los guarde y proteja, lo mismo que Él los protegió mientras estuvo con ellos. En tercer lugar, de la unión con Dios y de la perseverancia en su amor surge la participación en el gozo completo de Cristo (v.13). En esta vida cuanto mejor conozcamos a Dios y más íntimamente estemos unidos a Él, mayor dicha tendremos. En la vida eterna nuestra alegría será completa, porque el conocimiento y amor a Dios habrán llegado a su plenitud.

Por último, ruega el Señor por los que, viviendo en medio del mundo, no son del mundo, para que sean santos de verdad (v.17) y lleven a cabo la misión que Él les encomienda, como Él ha realizado la que recibió del Padre (v.18).

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