18 de septiembre – Jueves

Evangelio: Lucas 7:36–50

El perdón de la mujer pecadora

(36) (En aquel tiempo) uno de los fariseos le rogaba (a Jesús) que comiera con él; y entrando en casa del fariseo se sentó a la mesa. (37) Y he aquí que había en la ciudad una mujer pecadora que, al enterarse que estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, llevó un vaso de alabastro con perfume, (38) se puso detrás a sus pies llorando y comenzó a bañarlos con sus lágrimas, los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume.

(39) Viendo esto el fariseo que lo había invitado, decía para sí: Si éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora. (40) Jesús tomó la palabra y dijo: Simón, tengo que decirte una cosa. Y él contestó: Maestro, di. (41) Un prestamista tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. (42) No teniendo éstos con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más? (43) Simón contestó: Estimo que aquel a quien perdonó más. Entonces Jesús le dijo: Has juzgado con rectitud. (44) Y vuelto hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. (45) No me diste el beso; pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. (46) No has ungido mi cabeza con óleo; ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. (47) Por eso de digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama. (48) Entonces le dijo a ella: Tus pecados quedan perdonados. (49) Y los convidados comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? (50) Él dio a la mujer: Tu fe te ha salvado; vete en paz.

Comentario

36–40: La mujer pecadora, movida sin duda por la gracia, acudió atraída por la predicación de Cristo y lo que se decía de Él. Los invitados se ponían a la mesa apoyados sobre el brazo izquierdo, en pequeños divanes, de forma que los pies quedaban retirados hacia afuera. Eran deberes de cortesía para con el huésped darle el beso de bienvenida, ofrecerle agua para lavarse los pies, y perfumes con que ungirse.

41–50: Tres cosas nos enseña Cristo en la breve parábola de los dos deudores: su divinidad y el poder de perdonar los pecados; el mérito del amor de la pecadora; y la desatención que encierran los descuidos de Simón, que ha omitido en el trato con Jesús los detalles de urbanidad que se solían tener con los invitados. El Señor no buscaba esos detalles por el valor que en sí poseían sino por el cariño que ellos expresaban, y por eso se duele de la falta de atención por Simón.

            «(…) Jesús echa de menos todos esos detalles de cortesía y de delicadeza humanas, que el fariseo no ha sido capaz de manifestarle. Cristo es perfectus Deus, perfectus homo (Símbolo Atanasiano), Dios, Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, y hombre perfecto. Trae la salvación, y no la destrucción de la naturaleza; y aprendemos de Él que no es cristiano comportarse mal con el hombre, criatura de Dios, hecho a su imagen y semejanza (Génesis 1:26)» (S. Josemaría Escrivá: Amigos de Dios, n.73).

            Además, el fariseo pensó mal al juzgar negativamente a la pecadora y a Jesús: Simón duda del conocimiento que Cristo tiene y murmura interiormente. El Señor, que conocía los secretos de los corazones de los hombres (manifestando así su divinidad), interviene para señalarle su descamino. La verdadera justicia, nos dice San Gregorio Magno (cfr. In Evangelia homiliae), tiene compasión; la falsa, en cambio, se indigna. Muchos son como este fariseo: olvidando su condición, pasada o presente, de pobres pecadores, cuando ven los pecados de los demás, enseguida, sin piedad, se dejan llevar por la indignación, o se apresuran a juzgar, o se ríen irónicamente de ellos. No recuerdan las frases de San Pablo: «El que piense estar en pie, mire no caiga» (1 Corintios 10:12). «Hermanos, si acaso alguien el hallado en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre (…). Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gálatas 6:1–2).

            Hemos de esforzarnos para que la caridad presida todos nuestros juicios. Si no, fácilmente seremos injustos con los demás: «No queramos juzgar. –Cada uno ve las cosas desde su punto de vista… y con su entendimiento, bien limitado casi siempre, y oscuros o nebulosos, con tinieblas de apasionamiento, sus ojos, muchas veces (…).

            «¡Qué poco valen los juicios de los hombres! –No juzguéis sin tamizar vuestro juicio en la oración» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n.451).

            La caridad y la humildad nos harán ver en los pecados de los demás nuestra propia condición débil y desvalida, y nos ayudarán a unirnos de corazón al dolor de todo pecador que se arrepiente, porque también nosotros caeríamos en iguales o más graves pecados si la divina piedad no estuviera misericordiosamente junto a nosotros.

            «El Señor –concluye San Ambrosio– amó no el ungüento, sino el cariño; agradeció la fe, alabó la humildad. Y tú también, si deseas la gracia, aumenta tu amor; derrama sobre el cuerpo de Jesús tu fe en la Resurrección, el perfume de la Iglesia santa y el ungüento de la caridad con los demás» (Expositio Evangelii secundum Lucam, in loc.).

47:       El hombre no puede merecer el perdón de los pecados porque, siendo Dios el ofendido, su gravedad se hace infinita. Es necesario el sacramento de la Penitencia, con el que Dios nos perdona por los méritos infinitos de Jesucristo; sólo hay una condición indispensable para alcanzar el perdón de Dios: nuestro amor, nuestro arrepentimiento. Se nos perdona en la medida que amamos; y cuando nuestro corazón está lleno de amor ya no hay en él sitio para el pecado, porque entonces hemos hecho sitio a Jesús, que nos dice como a esta mujer: Perdonados quedan tus pecados. El arrepentimiento es muestra de que amamos a Dios. Pero Dios es el que nos ha amado primero (cfr. 1 Juan 4:10). Cuando Dios nos perdona manifiesta su amor por nosotros. Nuestro amor a Dios, pues, es siempre de correspondencia, después del suyo. El perdón divino hacer crecer nuestro agradecimiento y amor hacia Él. «Ama poco –comenta San Agustín– aquel que es perdonado en poco. Tú, que dices no haber cometido muchos pecados, ¿por qué no los hiciste? (…). Es por haberte llevado Dios de la mano (…). Ningún pecado, en efecto, comete un hombre que no puede hacerlo también otra persona si Dios, que hizo el hombre, no le tiene de su mano» (Sermo 99,6). En consecuencia debemos amar, enamorarnos cada día más del Señor, no sólo porque nos perdona nuestro pecados, sino también porque nos preserva, con la ayuda de su gracia, de cometerlos.

50:       Jesucristo declara que la fe ha movida a aquella mujer a postrarse a sus pies y a mostrarle su arrepentimiento; este arrepentimiento le ha merecido el perdón. De la misma manera nosotros, al acercarnos al Sacramento de la Penitencia, hemos de reavivar nuestra fe en que «la confesión sacramental no es un diálogo humano, sino un coloquio divino; es un tribunal, de segura y divina justicia y, sobre todo, de misericordia, con un juez amoroso que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ezequiel 23:11)» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n.78).

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