19 de julio – Viernes (XV)

Evangelio: Mateo 12:1-8

La cuestión del sábado

(1) En aquel tiempo pasaba Jesús en sábado por medio de unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer. (2) Los fariseos, al verlo, le dijeron: Mira que tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado. (3) Pero él les respondió: ¿No habéis leído que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre? (4) ¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a sus acompañantes, sino sólo a los sacerdotes? (5) ¿Y no habéis leído  en la Ley que los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? (6) Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo. (7) Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes. (8) Porque el Hijo del Hombre se señor del sábado.

Comentario

2:   «Sábado»: Era para los judíos el día de la semana dedicado al culto divino. Dios mismo lo instituyó (Génesis 2:3) y mandó que el pueblo judío se abstuviera de ciertos trabajos en ese día (Éxodo 20:8–11; 21:13; Deuteronomio 5:14), para poder dedicarse con más detenimiento a honrar a Dios. Con el paso del tiempo los rabinos complicaron el precepto divino, y en la época de Jesús habían hecho una clasificación de hasta 39 especies de trabajos prohibidos.

Los fariseos acusan a los discípulos de Jesús de violar el sábado. En efecto, según la casuística de los escribas y fariseos, arrancar espigas equivalía a segar; frotarlas, a trillar; faenas agrícolas vedadas en sábado.

3–8:   Jesucristo rebate la acusación de los fariseos con cuatro razones: el ejemplo de David, el de los sacerdotes, el sentido de la misericordia divina y el señorío del propio Jesús sobre el sábado.

El primer ejemplo, conocido por el pueblo acostumbrado a escuchar la lectura de la Biblia, está tomado de 1 Samuel 21:2–7: David, huyendo de la persecución del rey Saúl, pide al sacerdote del santuario de Nob alimento para sus hombres; el sacerdote, no teniendo sino los «panes de la proposición», se los dio; eran doce panes que se colocaban cada semana en la mesa de oro del santuario, como homenaje perpetuo de las doce tribus de Israel al Señor (Levítico 24:5–9). El segundo ejemplo se refiere al ministerio de los sacerdotes: para realizar el culto divino tenían que hacer en sábado una serie de trabajos, sin desobedecer por ello la ley del descanso (cfr. Números 28:9). Para las otras dos razones cfr. notas a Mateo 9:13 y Marcos 2:28.

[La nota de Mateo 9:13 nos dice:

La frase de Jesús, tomada de Os.6:6, conserva la expresión hiperbólica del estilo semítico. Una traducción más fiel al sentido sería: «Más quiero misericordia que sacrificio». No es que el Señor no quiera los sacrificios que se le ofrecen, sino que insiste en que éstos han de ir siempre acompañados de la bondad del corazón, puesto que la caridad ha de informar toda la actividad del cristiano y con mayor razón el culto de Dios (vid. 1 Corintios 13:1–13; Mateo 5:23–24).]

[La nota de Marcos 2:28 nos dice:

El sábado había sido hecho no sólo para que el hombre descansara, sino para que diera gloria a Dios: éste es el auténtico sentido de la expresión «el sábado fue hecho para el hombre». Jesús bien puede llamarse señor del sábado, porque es Dios. Cristo restituye al descanso semanal toda su fuerza religiosa: no se trata del mero cumplimiento de unos preceptos legales, ni de preocuparse sólo de un bienestar material: el sábado pertenece a Dios y es un modo, adaptado a la naturaleza humana, de rendir gloria y honor al Todopoderoso. La Iglesia, desde el tiempo de los Apóstoles, trasladó la observancia de este precepto al día siguiente, domingo –día del Señor–, para celebrar la Resurrección de Cristo (Hechos 20:7).

«Hijo del Hombre»: El origen de la significación mesiánica de la expresión «Hijo del Hombre» aparece sobre todo en la profecía de Daniel 7:13 ss., quien contempla en visión profética que sobre las nubes del cielo desciende un «como Hijo de Hombre», que avanza hasta el tribunal de Dios y recibe el Señorío, la gloria y el imperio sobre todos los pueblos y naciones. Esta expresión fue preferida por Jesús (69 veces aparece en los Evangelios Sinópticos) a otras denominaciones mesiánicas, como Hijo de David, Mesías, etc., para evitar, al mismo tiempo, la carga nacionalista que los otros títulos tenían entonces en la mente de los judíos.]

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