20 de abril – Domingo de Pascua

Evangelio: Juan 20:1–9

El sepulcro vacío

(1) El día siguiente al sábado, al amanecer, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro; (2) entonces echó a correr, fue a Simón Pedro y al otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. (3) Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.

(4) Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro. (5) Se inclinó y vio, allí los lienzos plegados, pero no entró. (6) Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, (7) y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. (8) Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. (9) No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos.

Comentario

1–2:     Los cuatro Evangelios narran los primeros testimonios de las santas mujeres y de los discípulos acerca de la Resurrección gloriosa de Cristo. Tales testimonios se refieren, en un primer momento, a la realidad del sepulcro vacío (cfr. Mateo 28:1–15; Marcos 16:1 ss; Lucas 24:1–12). Después relatarán diversas apariciones de Jesús Resucitado.

            María Magdalena es una de las que asistían al Señor en sus viajes (Lucas 8:1–3); junto con la Virgen María le siguió valientemente hasta la Cruz (Juan 19:25), y vio dónde habían depositado su Cuerpo (Lucas 23:55). Ahora, una vez pasado el reposo obligatorio del sábado, va a visitar la tumba. Notemos el detalle evangélico: «Al amanecer, cuando todavía estaba oscuro»; el amor y la veneración le hacen ir sin demora al Cuerpo del Señor.

4:         El cuarto Evangelio destaca que, aunque fueron las mujeres, y en concreto María Magdalena, las primeras en llegar al sepulcro, son los Apóstoles los primeros en entrar y percibir los detalles externos que muestran que Cristo ha resucitado (el sepulcro vacío, los lienzos «caídos», el sudario aparte). Dar testimonio de este hecho será punto esencial de la misión que les encomendará Cristo: «Seréis mis testigos en Jerusalén… y hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8; cfr. Hechos 2:32).

5-7:      Juan, que llegó antes – quizá porque era más joven –, no entró por deferencia hacia Pedro. Esto insinúa que ya entonces Pedro era considerado como cabeza de los Apóstoles. Las palabras que emplea el Evangelista para describir lo que Pedro y él vieron en el sepulcro vacío expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que allí encontraron, y cómo quedaron grabados en su memoria algunos detalles a primera vista irrelevantes. Hasta tal punto fueron significativas las características que presentaba el sepulcro vacío, que les hicieron intuir de algún modo la Resurrección del Señor. Algunos términos que aparecen en el relato necesitan ser explicados; la escueta tradición difícilmente puede expresar todo el contenido.

            «Los lienzos plegados»: El participio griego que hemos traducido por «plegados» parece indicar que los lienzos habían quedado aplanados, como vacíos, al resucitar y desaparecer de allí el cuerpo de Jesús; como si Éste hubiera salido de los lienzos y vendas sin ser desenrollados, pasando a través de ellos (lo mismo que entró más tarde en el Cenáculo «estando cerradas las puertas»). Por ello, los lienzos estaban «plegados», «planos», «yacentes» según la tradición literal del griego, al salir de ellos el Cuerpo de Jesús que los había mantenido antes en forma abultada. Así se comprende la admiración y el recuerdo imborrable del testigo.

            «El sudario…aparte, todavía enrollado, en un sitio»: La primera observación es que el sudario, que había envuelto la cabeza, no estaba encima de los lienzos, sino al lado. La segunda, más sorprendente, es que, como los lienzos, conservaba todavía su forma de envoltura, pero, a diferencia de aquéllos, mantenía cierta consistencia de volumen, a manera de casquete, probablemente debido a la tersura producida por los ungüentos. Todo ello es lo que parece indicar el correspondiente participio griego, que hemos traducido por «enrollado».

            De estos detalles en la descripción del sepulcro vacío se desprende que el cuerpo de Jesús tuvo que resucitar de manera gloriosa, es decir, trascendiendo las leyes físicas. No se trataba sólo de la reanimación del cuerpo, como, por ejemplo, en el caso de Lázaro, que necesitó ser desligado de las vendas y demás lienzos de la mortaja para poder andar (cfr. Juan 11:44).

8-10:    Como les había dicho María Magdalena, el Señor no estaba en el sepulcro; pero los dos Apóstoles se dieron cuenta de que no podía tratarse de un robo, como ella suponía, pues vieron que los lienzos y el sudario se encontraban puestos de un modo especial; al verlos así empezaron a entender lo que tantas veces les había explicado el Maestro acerca de su Muerte y Resurrección (cfr. Mateo 16:21; Marcos 8:31; Lucas 9:22; etc.).

            El sepulcro vacío y los demás datos que lo acompañan son señales perceptibles por los sentidos; la Resurrección de Cristo es un hecho real e histórico; nueva unión del cuerpo y del alma de Jesús. Pero, siendo una Resurrección gloriosa – no como la de Lázaro –, que está muy por encima de lo que podemos apreciar en esta vida, y supera, por tanto, los límites de la experiencia sensible, se requiere una ayuda especial de Dios – el don de la fe – para conocer y aceptar con certeza este hecho que, al mismo tiempo que es histórico, es sobrenatural. Por tanto, puede decirse con Santo Tomás de Aquino que «cada uno de los argumentos de por sí no bastaría para demostrar la Resurrección, pero, tomados en conjunto, la manifiestan suficientemente; sobre todo por el testimonio de la Sagrada Escritura (cfr. especialmente Lucas 24:25–27) y el anuncio de los Ángeles (cfr. Lucas 24:4–7) y la palabra de Cristo confirmada con milagros (cfr. Juan 3:13; Mateo 16:21; 17:22; 20:18)» (Santo Tomás de Aquino:Suma Teológica, III, q.55, a. 6 ad 1).

            Además de las predicciones de Cristo acerca de su Pasión, Muerte y Resurrección (cfr. Juan 2:19; Mateo 16:21; Marcos 9:31; Lucas 9:22), ya en el Antiguo Testamento estaba anunciado el triunfo glorioso del Mesías y, en cierto modo, su Resurrección (cfr. Salmo 16:9; Isaías 52:13; Oseas 6:2). Los Apóstoles empiezan a entender el verdadero sentido de la Sagrada Escritura después de la Resurrección del Señor, y más especialmente cuando reciben el Espíritu Santo, que ilumina plenamente sus inteligencias para comprender el contenido de la Palabra de Dios. Es de suponer la sorpresa y alborozo de todos los discípulos al oír contar a Pedro y Juan lo que habían visto en el sepulcro.

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