25 de agosto – Domingo (XXI)

Evangelio: Lucas 13:22–30

La puerta angosta

(En aquel tiempo Jesús) (22) recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. (23) Y uno le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Él le contestó: (24) Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán.

(25) Una vez que el dueño de la casa haya entrado y cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: Señor, ábrenos. Y os responderá: No sé de dónde sois. (26) Entonces empezaréis a decir: Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas. (27) Y os dirá: No sé de dónde sois; apartaos de mí todos los que obráis la iniquidad. (28) Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados afuera. (29) Y vendrán de Oriente y de Occidente y del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. (30) Pues hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.

Comentario

23–24:   Todos los hombres estamos llamados a formar parte del Reino de Dios, porque «Dios quiere que todos los hombres se salven» (1 Timoteo 2:4).

«Pues quienes, ignorando sin culpa al Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan no obstante a Dios con un corazón sincero, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía al conocimiento de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio y como algo otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida»

En cualquier caso sólo pueden alcanzar esta meta de la Salvación quienes luchan seriamente (cfr. Lucas 16:16; Mateo 11:12). El Señor expresa esta realidad de nuestra vida con la imagen de la puerta angosta.

«La guerra del cristiano es incesante, porque en la vida interior se da un perpetuo comenzar y recomenzar, que impide que, con soberbia, nos imaginemos ya perfectos. Es inevitable que haya muchas dificultades en nuestro camino; si no encontrásemos obstáculos, no seríamos criaturas de carne y hueso. Siempre tendremos pasiones que nos tiren para abajo, y siempre tendremos que defendernos contra esos delirios más o menos vehementes» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n. 75).

25–28:   Como en otras ocasiones, Jesús alude a la vida eterna con la imagen de un banquete (cfr. p. ej., Lucas 12:35 ss; 14:15). Haber conocido al Señor y haber escuchado su palabra no es suficiente para alcanzar el Cielo; sólo los frutos de correspondencia a la gracia tendrán valor en el juicio divino: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos» (Mateo 7:21).

29–30:   El pueblo judío, de modo general, se consideraba el único destinatario de las promesas mesiánicas hechas a los Profetas, pero Jesús declara la universalidad de la salvación. La única condición que exige es la respuesta libre del hombre a la llamada misericordia de Dios. Al morir Cristo en la Cruz, el velo del Templo se rasgó por medio (Lucas 23:45 y par.), en señal de que acababa la división que separaba a judíos y gentiles. San Pablo enseña:

«Él (Cristo) es nuestra paz; el que hizo de los dos pueblos uno solo y derribó el muro de la separación (…); de ese modo creó en sí mismo de los dos un hombre nuevo, estableciendo la paz, y reconciliando a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad» (Efesios 2:14–16).

En efecto,

«todos los hombres están llamados a formar parte del nueve Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblos permaneciendo uno y único debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para cumplir así el designio de la voluntad de Dios, que en un principio creó una sola naturaleza humana y determinó luego congregar en un solo pueblo a sus hijos que estaban dispersos» (Concilio Vaticano II: Constitución Dogmática Lumen Gentium, n.13).

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