13 de diciembre – Jueves (Santa Lucía, virgen y mártir)

Evangelio: Mt. 11:11–15

(En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente:) (11) En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista. Pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. (12) Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan. (13) Porque todos los Profetas y la Ley profetizaron hasta Juan. (14) Y si queréis comprenderlo, él es Elías, el que ha de venir. (15) El que tenga oídos, que oiga.

Comentario

11:   Con Juan se cierra el Antiguo Testamento y se llega al umbral del Nuevo. La dignidad del precursor está en presentar a Cristo, en darle a conocer a los hombres. Dios le había asignado la alta misión de preparar a sus contemporáneos para escuchar al Evangelio. La fidelidad del Bautista es reconocida y proclamada por Jesús. Este elogio es un premio a la humildad de Juan que, consciente de su misión, había dicho: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Juan 3:30).

San Juan Bautista es el mayor en el sentido de que ha recibido un ministerio único e incomparable dentro del orden del Testamento Antiguo. En cambio, en el Reino de los Cielos (Testamento Nuevo), inaugurado por Cristo, el don divino de la gracia hace que el más pequeño de los que la reciben con una fiel correspondencia, sea mayor que el más grande en el orden precedente de la promesa. Una vez consumada la obra de la Redención, la gracia divina alcanza igualmente a los justos de la Alianza Antigua. Así la grandeza de Juan el Bautista, precursor y último de los Profetas, queda colmada con la dignidad de hijo de Dios.

12:   «El Reino de los Cielos padece violencia»: Desde que Juan Bautista anuncia a Cristo ya presente, los poderes del infierno redoblan su asalto desesperado, que se prolonga a lo largo de todo el tiempo de la Iglesia (cfr. Efesios 6:12). La situación aquí descrita parece ser: los jefes del pueblo judío, y sus ciegos seguidores, esperaban el Reino de Dios como quienes esperan una herencia merecida; pero mientras ellos reposan en sus pretendidos derechos y méritos de raza, otros, los esforzados (literalmente: salteadores), se apoderarán de él como al asalto, por la fuerza, en lucha contra los enemigos del alma: mundo, demonio y carne.

«Esa fuerza no se manifiesta en violencia contra los demás: es fortaleza para combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando el ambiente es contrario» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n. 82).

Tal actitud es la propia de quienes luchando contra sus pasiones, haciéndose violencia a sí mismos, alcanzan el Reino de los Cielos, y participan de la unión con Cristo. Como afirma Clemente de Alejandría: «El Reino de los Cielos no pertenece a los que duermen y viven dándose todos los gustos, sino a los que luchan contra sí mismos…» (Quis dives salvetur, 21,3).

14:   Juan Bautista es Elías, no en la persona, sino en la misión (cfr. Mateo 17:10–13; Marcos 9:10–12).

Publicado en Adviento, Mateo | Deja un comentario