22 de febrero – Viernes (La Cátedra de San Pedro Apóstol)

Evangelio: Mateo 16:13–19

(13) Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? (14) Ellos respondieron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. (15) Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (16) Respondiendo Simón Pedro dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. (17) Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. (18) Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. (19) Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos.

Comentario

13–20:   En este pasaje se promete a San Pedro el Primado sobre toda la Iglesia. Primado que Jesús le conferirá, después de su Resurrección, según nos relata el Evangelio de San Juan (cfr. Juan 21:15–18). Los poderes supremos son dados a Pedro para bien de la Iglesia. Como ésta ha de durar hasta el fin de los tiempos, esos poderes se transmitirán a aquellos que sucedan a Pedro a lo largo de la historia. El Romano Pontífice es en concreto el sucesor de San Pedro.

La doctrina sobre el Primado de Pedro y de sus sucesores ha sido definida como dogma de fe por el Magisterio solemne de la Iglesia en el Concilio Vaticano I, en los siguientes términos:

«Enseñamos, pues, y declaramos que, según los testimonios del Evangelio, el primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal de Dios fue prometido y conferido, inmediata y directamente, al bienaventurado Pedro por Cristo Nuestro Señor. Porque sólo a Simón –a quien ya antes había dicho: ‘Tú te llamarás Cefas’ (Juan 1:42)–, después de pronunciar su confesión: ‘Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’, se dirigió el Señor con estas solemne palabras: ‘Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos’ (Mateo 16:16 ss.). Y sólo a Simón Pedro confirió Jesús, después de su resurrección, la jurisdicción de pastor y rector supremo sobre todo su rebaño, diciendo: ‘Apacienta mis corderos. Pastorea mis ovejas’ (Juan 21:15 ss.)… (Canon.) Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro Apóstol no fue constituido por Cristo Señor príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que recibió directa e inmediatamente del mismo Jesucristo Señor nuestro solamente primado de honor, pero no de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema».

Ahora bien, «lo que Cristo Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado Apóstol Pedro para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, es menester que dure perpetuamente por obra del mismo Señor en la Iglesia que, fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firme hasta la consumación de los siglos. ‘A nadie en verdad es dudoso, antes bien, a todos los siglos es notorio, que el santo y beatísimo Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del Reino de manos de Nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano; y hasta el tiempo presente y siempre sigue viviendo, preside y ejerce el juicio en sus sucesores’ (cfr. Concilio de Efeso), los obispos de la santa Sede Romana, por él fundada y por su sangre consagrada. De donde se sigue que sea quien fuere el que sucede a Pedro en esta cátedra, ése, según la institución de Cristo mismo, obtiene el Primado de Pedro sobre la Iglesia universal…

»Por esta causa, fue siempre necesario que a esta Iglesia Romana, ‘por su más poderosa principalidad, se uniera toda la Iglesia, es decir, cuantos fieles hay, de dondequiera que sean’…

»(Canon) Si alguno dijere que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema.

»…Juzgamos que es del todo necesario afirmar solemnemente la prerrogativa que el Unigénito Hijo de Dios se dignó juntar con el supremo deber pastoral.

»Así, pues, Nos, siguiendo la tradición recogida fielmente desde el principio de la fe cristiana, para gloria de Dios Salvador nuestro, para exaltación de la fe católica y salvación de los pueblos cristianos, con aprobación del sagrado concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que el Romano Pontífice, cuando habla ex catedra –esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal–, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia.

»(Canon) Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir esa definición nuestra, sea anatema» (Constitución Dogmática Pastor aeternus, caps. 1, 2 y 4).

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