19 de febrero – Lunes (I)

Evangelio: Mateo 25:31-46

El Juicio Final

En aquel tiempo, Jesús dijo a su discípulos, (31) «Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, (32) y serán reunidas ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, (33) y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda. (34) Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: (35) porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; (36) estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y me vinisteis a verme. (37) Entonces le responderán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?; (38) ¿cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o desnudo y te vestimos? (39) o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte? (40) Y el Rey en respuesta les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. (41) Entonces dirá a los que estén a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: (42) porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; (43) era peregrino y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. (44) Entonces le replicarán también ellos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, peregrino o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos? (45) Entonces les responderá: En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. (46) Y éstos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna.

 Comentario

31–46:   Contemplamos ahora la escena grandiosa de este acto final, que hará entrar todas las cosas en el orden de la justicia. La tradición cristiana le da el nombre de Juicio Final, para distinguirlo del juicio particular a que cada uno deberá someterse inmediatamente después de la muerte. La sentencia dictada al fin de los tiempos no será sino la confirmación pública y solemne de la suerte cabida ya a elegidos y réprobos.

En este pasaje se pone de manifiesto la enseñanza de algunas verdades fundamentales de nuestra fe: 1) La existencia de un juicio universal al final de los tiempos. 2) La identificación que Cristo hace de Sí mismo con la persona de cualquier necesitado: hambriento, sediento, desnudo, enfermo, encarcelado. 3) Finalmente, la realidad de un suplicio eterno para los malos y de una dicha eterna para los justos.

31–33:   En los testimonios de los Profetas y en el Apocalipsis se representa el Mesías, como a los jueces, en un trono. Así vendrá Jesús al fin de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos.

La verdad del Juicio Universal, que consta ya en los primeros símbolos de la Iglesia, es un dogma de fe definido solemnemente por Benedicto XII en la Constitución Benedictus Deus, del 29 de enero de 1336.

35–46:   Todas las facetas enumeradas en el pasaje – dar de comer, dar de beber, vestir, visitar – resultan ser obras de amor cristiano cuando al hacerlas a estos «pequeños» se ve en ellos al mismo Cristo.

De aquí la importancia del pecado de omisión. El no hacer una cosa que se debe hacer supone dejar a Cristo desprovisto de tales servicios.

«Hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los hombres. Ninguna vida humana es una vida aislada, sino que se entrelaza con otras vidas. Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n. 111).

Seremos juzgados sobre el amor (cfr. S. Juan de la Cruz: Avisos y sentencias espirituales, n. 57). El Señor nos pedirá cuenta no solamente del mal que hayamos hecho sino además del bien que hayamos dejado de hacer. De esta forma, los pecados de omisión aparecen en toda su gravedad, y el amor al prójimo en su fundamento último: Cristo está presente en el más pequeño de nuestros hermanos.

Escribe Santa Teresa de Jesús: «Acá, solas estas dos cosas nos pide el Señor: amar a Su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar. Guardándolas con perfección es como hacemos su voluntad… La más cierta señal que, a mi parecer, hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios, no se puede saber, aunque hay indicios grandes para entender que le amamos; mas el amor del prójimos, sí. Y estad ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande que su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos al prójimo, hará que crezca el que tenemos a su Majestad por mil maneras: en esto yo no puedo dudar» (Moradas, V, 3).

Por la parábola vemos con claridad que el cristianismo no puede ser reducido a una sociedad de mera beneficencia. Lo que da valor sobrenatural a toda ayuda a favor del prójimo es hacerla por amor de Cristo, viéndole a El en el mismo necesitado. Por eso San Pablo afirma que «si, repartiera todos los bienes (…), pero no tuviera caridad, de nada me aprovecharía» (1 Corintios 13:3). Errada será, por tanto, cualquier interpretación de esta enseñanza de Jesús sobre el Juicio Final que pretenda darle un sentido materialista, o que confunda la mera filantropía con la auténtica caridad cristiana.

40–45:   El Concilio Vaticano II, al explicar las exigencias de la caridad cristiana, que da sentido a la llamada asistencia social, dice: «El Concilio, descendiendo a consecuencias prácticas y de máxima urgencia, inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno considere al prójimo, sin excepción ninguna, como ‘otro yo’. Cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, para no caer en la imitación de aquel rico que se despreocupó totalmente del pobre Lazaro (cfr. Lucas 16:18–31). En nuestra época especialmente urge la obligación de acercarnos a todos los hombres y de servirlo con eficacia, ya se trate de un anciano abandonado de todos, ya sea un trabajador extranjero injustamente despreciado, ya sea un desterrado, o un niño nacido de ilegítima unión que se ve expuesto a pagar sin razón el pecado que él no cometió, o del hambriento que apela a nuestra conciencia trayéndonos a la memoria las palabras del Señor: ‘Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis’» (Gaudium et spes, n. 27).

46:   La existencia de un castigo eterno para los réprobos y de un premio eterno para los elegidos es un dogma de fe definido solemnemente por el Magisterio de la Iglesia en el Concilio Lateranense IV del año 1215: «Jesucristo (…) ha de venir al fin del mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus obras tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para recibir según sus obras – buenas o malas –: aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna» (De fide catholica, cap. 1).

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