30 de junio – Martes (Los Primeros Santos Mártires de la Iglesia Romana)

Evangelio: Mateo 8, 23-27

La tempestad calmada

(En aquel tiempo, Jesús,) (23) subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. (24) Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. (25) Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! (26) Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza. (27) Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?

Comentario

23–27:           Este notable milagro de la vida de Jesús debió de dejar honda impresión en sus discípulos, de lo cual puede ser índice el hecho de que los tres primeros Evangelios nos lo relaten. La Tradición, partiendo de la realidad histórica de este maravilloso suceso, ha hecho unas aplicaciones a la propia vida de la Iglesia, y aun de cada alma. Desde antiguo la literatura y el arte cristianos han visto en la barca una imagen de la Iglesia que, de modo semejante, hace su travesía en medio de grandes peligros que parece que van a hundirla. En efecto, muy pronto los cristianos se vieron asediados por las persecuciones de los judíos de aquel tiempo, e incomprendidos por la opinión pública de la sociedad pagana que, de modo paulatino, iniciaba sus futuras persecuciones. El hecho de que Jesús permaneciera dormido en medio de la tempestad ha sido aplicado a ese silencio en que Dios, a veces, parece permanecer ante las dificultades de la Iglesia. Los cristianos, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles que iban en la barca, debemos recurrir a Jesucristo con las mismas palabras: «¡Señor, sálvanos que perecemos!». Y cuando la situación parece insostenible, entonces Jesús muestra su poder: «Levantándose increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza», no sin antes habernos hecho el reproche de haber sido hombres de poca fe. Y es que la historia evangélica tiene muchas veces un valor ejemplar, de aplicación a la vida, y de preanuncio de la futura historia de la Iglesia y de cada alma cristiana.

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