19 de septiembre – Sábado (San Jenaro, obispo y mártir)

Evangelio: Lucas 8:4–15

Parábola del sembrador. Sentido de las parábolas

(4) (En aquel tiempo), Reuniéndose una gran muchedumbre que de todas las ciudades acudía a él (Jesús), dijo: esta parábola: (5) Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al sembrar, parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo; (6) parte cayó sobre terreno rocoso y una vez nacida se secó por falta de humedad; (7) parte cayó en medio de las espinas y habiendo crecido con ella las espinas la sofocaron; (8) y parte cayó en la tierra buena, y una vez nacida dio fruto al ciento por uno. Dicho esto, exclamó: El que tenga oídos para oír, oiga.

(9) Entonces sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola. (10) Él les dijo: A vosotros os ha sido dado entender los misterios del Reino de Dios; mientras a los demás, sólo a través de parábolas, de modo que viendo no vean y oyendo no entiendan.

(10) El sentido de la parábola es éste: la semilla es la palabra de Dios. (12) Los que están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo se salven. (13) Los que cayeron sobre terreno rocoso son aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíces; ellos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás. (14) La que cayó entre espinas son los que oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto. (15) Pero la que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la paciencia.

Comentario

4–8:   El  Señor dará la explicación de la parábola (vv.11–15). La semilla es el mismo Jesucristo y se predicación; y las diferentes tierras reflejan las diversas actitudes de los hombres ante Jesús y su doctrina: el Señor siembra en las almas la vida divina a través de la predicación de la Iglesia y de tantas gracias actuales que concede.

10–12:   La finalidad que Jesús persigue con las parábolas es enseñar a los hombres los misterios de la vida sobrenatural para encaminarlos a la salvación. Prevé, sin embargo, que, por las malas disposiciones de algunos oyentes, las parábolas serán ocasión de endurecimiento y rechazo de la gracia.

12:   Hay hombres que, metidos en una vida de pecado, son como el camino donde cae la semilla «que sufre el doble daño, es pisado por los caminantes y arrebatada por las aves. El camino es por tanto el corazón que está pisoteado por el frecuente paso de los malos pensamientos, y seco de tal modo que no puede recibir la semilla ni ésta germinar» (San Beda: In Lucam Evangelium expositio, in loc.). Las almas endurecidas por los pecados pueden llegar a ser tierra buena y dar fruto por el arrepentimiento sincero y la penitencia. Es de notar el empeño del demonio por conseguir que el alma siga endurecida y no se convierta.

13:   «A muchos les agrada lo que escuchan, y se proponen obrar bien; pero en cuanto empiezan a ser molestados por las adversidades abandonan las buenas obras que habían comenzado. La tierra pedregosa no tuvo suficiente sustancia, por lo cual, lo germinado no llegó a dar fruto. Hay muchos que cuando oyen hablar contra la avaricia la detestan, y ensalzan el menosprecio de las cosas de este mundo; pero tan pronto como ve el alma otra cosa que desear, se olvida de lo que ensalzaba. Hay también muchos que cuando oyen hablar contra la impureza no sólo no desean mancharse con las suciedades de la carne, sino que hasta se avergüenzan de las manchas con que se han mancillado; pero en cuanto se presenta a su vista la belleza corporal, es arrastrado el corazón por los deseos de tal manera que es como si nada hubieran hecho ni determinado contra esos deseos, y obran lo que es digno de condena y ellos mismos habían condenado al recordar que lo habían cometido. Muchas veces nos compungimos por nuestras culpas y, sin embargo, volveremos a cometerlas después de haberlas llorado» (San Gregorio Magno: In Evangelia Homiliae, 15,2).

14:   Se trata de aquellos que después de recibir la semilla divina, lo vocación cristiana, y habiendo caminado con paso firme durante algún tiempo, comienzan a ceder en la lucha. Estas almas están expuestas a perder el gusto por las cosas de Dios y, paralelamente, a iniciar el fácil y desviado camino de las compensaciones que les sugieren su ambición desordenada de poder, su afán por las riquezas y la vida cómoda sin sufrimiento.

En esta situación comienza a aparecer la tibieza, y el hombre quiere servir al mismo tiempo a dos señores: «No es lícito vivir manteniendo encendidas esas dos velas que, según el dicho popular, todo hombre se procura: uno a San Miguel y otra al diablo. Hay que apagar la del diablo. Hemos de consumir nuestra vida haciendo que arda toda entera al servicio del Señor. Si nuestro afán de santidad es sincero, si tenemos la docilidad de ponernos en manos del Dios, todo irá bien. Porque Él está siempre dispuesto a darnos su gracia» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n.59).

15:   Tres son las características que señala Jesucristo en la tierra buena: oír con las buenas disposiciones de un corazón generoso los requerimientos divinos; esforzarse para que esas exigencias no se atenúen con el paso del tiempo; y, por fin, comenzar y recomenzar sin desanimarse si el fruto tarda.

«No puedes ‘subir’. –No es extraño: ¡aquella caída!…

Persevera y ‘subirás’. –Recuerda lo que dice un autor espiritual: tu pobre alma es pájaro, que todavía lleva pegadas con barro sus alas.

»Hacen falta soles de cielo y esfuerzos personales, pequeños y constantes, para arrancar esas inclinaciones, esas imaginaciones, ese decaimiento: ese barro pegadizo de tus alas.

»Y te verás libre. –Si perseveras, ‘subirás’» (S. Josemaría Escriva: Camino, n.991).

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