21 de febrero – Martes (San Pedro Damián, obispo y doctor de la Iglesia)

Evangelio: Marcos 9:30–37

Segundo anuncio de la Pasión

(30) (En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos) cruzaban Galilea, y no quería que nadie lo supiese; (31) pues iba instruyendo a sus discípulos y les decía: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto resucitará a los tres días. (32) Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle.

Humildad y caridad de los discípulos. El escándalo

(33) Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? (34) Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. (35) Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos. (36) Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: (37) El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió.

Comentario

30–32:   Jesucristo, que se conmueve al ver a las multitudes como ovejas sin pastor (cfr. Mateo 9:36), las deja sin embargo para dedicarse a una instrucción esmeralda de los Apóstoles. Se retira con ellos a lugares apartados y allí, pacientemente, les explica aquellos puntos que no habían entendido en la predicación al pueblo (cfr. Mateo 13:36). Concretamente aquí, por segunda vez, les anuncia el acontecimiento próximo de su Muerte redentora en la Cruz, seguida de su Resurrección.

Jesús sigue actuando en las almas de manera semejante: llama al hombre al retiro de la oración y, allí, le instruye sobre sus designios más íntimos y sobre los aspectos más exigentes de la vida cristiana. Después, como los Apóstoles, los cristianos habrán de sembrar esta doctrina hasta los confines de la tierra.

34–35:   A raíz de una discusión mantenida a sus espaldas, Jesucristo adoctrina a los discípulos sobre el modo de ejercer la autoridad en la Iglesia: no como quien domina, sino como quien sirve. Él, en el desempeño de su misión de fundar la Iglesia de la que es Cabeza y Legislador supremo, vino a servir y no a ser servido (Mateo 20:28).

Quien no busca esta actitud de servicio abnegado, además de carecer de una de las mejores disposiciones pare el recto ejercicio de la autoridad, se expone a ser arrastrado por la ambición del poder, por la soberbia y por la tiranía. «Hacer cabeza en una obra de apostolado es tanto como estar dispuesto a sufrirlo todo, de todos, con infinita caridad» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 951).

36–37:   Jesús, para enseñar gráficamente a sus Apóstoles la abnegación y humildad que necesitan en el ejercicio de su ministerio, toma a un niño, lo abraza y les explica el significado de este gesto: acoger en nombre y por amor a Cristo a los que, como ese niño, no tienen relieve a los ojos del mundo, es acoger al mismo Señor y al Padre que lo ha enviado. En ese niño que Jesús abraza están representados todos los niños del mundo, y también todos los hombres necesitados, desvalidos, pobres, enfermos, en los cuales nada brillante y destacado hay para admirar.

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