3 de agosto – Lunes (XVIII)

Evangelio: Mateo 14:22-36

Jesús camina sobre las aguas

(22) Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. (23) Y, despedida la multitud, subió al monte a orar a solas; y después de anochecer permanecía él solo allí. (24) Entretanto la barca estaba ya alejada de tierra muchos estadios, batida por la olas, porque el viento le era contrario. (25) En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. (26) Cuando le vieron los discípulos caminando sobre el mar, se turbaron y decían: Es un fantasma; y llenos de miedo empezaron a gritar. (27) Pero al instante Jesús comenzó a decirles: Tened confianza, soy yo, no temáis. (28) Entonces Pedro le respondió: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. (29) Él le dijo: Ven. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. (30) Pero al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, gritó diciendo: ¡Señor, sálvame! (31) Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? (32) Y cuando subieron a la barca cesó el viento. (33) Los que estaban en la barca le adoraron diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.

(34) Terminada la travesía llegaron a tierra a la altura de Genesaret. (35) Al reconocerlo los hombres de aquel lugar mandaron aviso a toda la comarca y le trajeron todos los enfermos, (36) y le suplicaban poder tocar aunque sólo fuera el borde de su manto; y todos aquellos que lo tocaron quedaron sanos.

Comentario

22–33:   La jornada había sido intensa, como otras tantas de Jesús. Después de haber hecho muchas curaciones (14:14) tiene lugar el impresionante milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que es figura anticipada de la Sagrada Eucaristía. Aquella multitud que le había seguido se encontraba hambrienta de pan, de palabra y de consuelo. Jesús «se llenó de compasión por ella» (14:14), curó a sus enfermos y reconfortó a todos con su palabra y con el pan. Esto no era sino un adelanto de la continua acción amorosa de Jesús, a lo largo de los siglos, con todos nosotros, necesitados y reconfortados con su palabra y el alimento de su propio Cuerpo. Habían sido, pues, muchas las cosas de aquella jornada y muy intensa la emoción del alma de Jesús, que conocía la acción vivificante que había de ejercer el Santísimo Sacramento en la vida de los cristianos: Sacramento que es un misterio de vida, fe y de amor. Por todo ello podemos razonablemente pensar que Jesús sentía la necesidad de tener unas horas de recogimiento íntimo para hablar con su Padre. La oración a solas de Jesús, entre la brega de un trabajo y otro, nos enseña la necesidad de este recogimiento del alma cristiana, que acude a hablar con su Padre Dios, entre los avatares cotidianos de la vida. Sobre la frecuente oración personal de Jesús, véanse, entre otros: Marcos 1:35; 6:47; Lucas 5:16; 6:12.

24–33:   El impresionante episodio de Jesús caminando sobre las aguas debió de hacer pensar mucho a los Apóstoles, y quedarse grabado vivísimamente entre sus recuerdos de la vida con el Maestro. No sólo San Mateo, sino también San Marcos (6:45-52), que debió de oírlo del mismo San Pedro, y San Juan (6:14-21) lo consignan en sus respectivos Evangelios.

Las tempestades en el lago de Genesaret son frecuentes y arremolinan las aguas, constituyendo un grave peligro para las embarcaciones pesqueras. Desde lo alto del monte, Jesús en oración no olvida a sus discípulos. Los ve esforzándose en luchar con el viento que les era contrario y con el oleaje. Y terminada su oración se acerca a ellos para ayudarles.

El episodio ilumina la vida cristiana. También la Iglesia, como la barca de los Apóstoles, se ve combatida. Jesús, que vela por ella, acude a salvarla, no sin antes haberla dejado luchar para fortalecer el temple de sus hijos. Y les anima: «Tened confianza, soy yo, no temáis» (14:27). Y vienen las pruebas de fe y de fidelidad: la lucha del cristiano por mantenerse firme, y el grito de súplica del que ve que sus propias fuerzas flaquean: «¡Señor, sálvame!» (14:30); palabras de Pedro que vuelve a repetir toda alma que acude a Jesús como a su verdadero Salvador. Después, el Señor nos salva. Y, al final, brota la confesión de la fe, que entonces como ahora debe proclamar: «Verdaderamente eres Hijo de Dios» (14:33).

29–31:   San Juan Crisóstomo (Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 50) comenta que en este episodio Jesús enseñó a Pedro a conocer, por su propia experiencia, que toda su fortaleza le venía del Señor, mientras que de sí mismo sólo podía esperar flaqueza y miseria. Por otra parte, el Crisóstomo llega a decir que «cuando falta nuestra cooperación cesa también la ayuda de Dios». De ahí el reproche «hombre de poca fe» (14:31). Por eso cuando Pedro empezó a temer y a dudar, empezó también a hundirse hasta que, de nuevo, lleno de fe, gritó: « ¡Señor, sálvame!».

Si como Pedro flaqueamos en algún momento, también como él esforcémonos en nuestra fe y gritemos a Jesús para que venga a salvarnos.

34–36:   Con la fe con que aquellos hombres de la ribera del lago de Genesaret se acercaban a Jesús, debe acercarse todo cristiano a la Humanidad adorable del Salvador. Cristo, Dios y Hombre, nos es accesible en el sacramento de la Eucaristía.

«Cuando te acercas al Sagrario piensa que ¡Él!… te espera desde hace veinte siglos» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n.537).

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