2 de agosto – Domingo

Evangelio: Juan 6:24–35

(24) (En aquel tiempo,) cuando vio la multitud que Jesús no estaba allí ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús, le preguntaron: Maestro, ¿cuándo llegaste aquí?

Discurso del Pan de Vida

(26) Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los milagros, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado.

(27) Obrad no por el alimento que perece sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello. (28) Ellos le preguntaron: ¿Qué haremos para realizar las obras de Dios? (29) Jesús les respondió: Esta es la obra de Dios, que creáis en quien Él ha enviado.

(30) Le dijeron: ¿Pues qué milagro haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? (31) Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del Cielo. (32) Les respondió Jesús: En verdad, en verdad os digo que no os dio Moisés el pan del Cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del Cielo. (33) Pues el pan de Dios es el que ha bajado del Cielo y da la vida al mundo. (34) Ellos le dijeron: Señor, danos siempre de este pan.

(35) Jesús les respondió: Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.

Comentario

26:       El Señor comienza corrigiendo la falta de rectitud de intención que les movía a seguirle, preparándoles así para entender la doctrina del discurso eucarístico: «Me buscáis –comenta San Agustín– por motivos de la carne, no del espíritu. ¡Cuántos hay que buscan a Jesús, guiados sólo por interés temporales! (…). Apenas se busca a Jesús por Jesús» (In Ioannis Evangelium tractatus, 25,10).

            Comienza en este versículo el llamado Discurso del Pan de Vida, que se prolonga hasta el versículo 59. Se abre con una introducción a modo de diálogo entre Jesús y los judíos (vv.26–34), donde el Señor se revela como el que viene a traer los dones mesiánicos. Sigue la primera parte del discurso (vv. 35–47), en la que Jesús se presenta como el Pan de Vida, en cuanto que la fe en Él es alimento para la vida eterna. En la segunda parte (vv. 48–59) Cristo revela el misterio de la Eucaristía: Él es el Pan de Vida que se da sacramentalmente como verdadera comida.

27:       El alimento corporal sirve para la vida en este mundo; el espiritual sostiene y desarrolla la vida sobrenatural, que continúa para siempre en el Cielo. Este alimento, que sólo Dios puede darnos, consiste principalmente en el don de la fe y la gracia santificante. Incluso, por infinito amor divino, en la Sagrada Eucaristía se nos da como alimento del alma el mismo autor de esos dones: Jesucristo.

            «A éste lo confirmó con su sello Dios Padre»: Con esta frase alude el Señor a la autoridad por la que sólo Él puede dar a los hombres los dones mencionados: porque siendo Dios y hombre, la naturaleza humana de Jesús es el instrumento por el que actúa la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Santo Tomás de Aquino comenta así esta frase: «Lo que el Hijo del Hombre dará, lo posee en cuanto supera a todos los demás hombres por su singular y eminente plenitud de gracia (…). Cuando un sello se imprime en la cera, ésta recibe toda la forma del sello. Así el Hijo recibió toda la forma del Padre. Y esto de dos modos: uno eterno (generación eterna), del cual no se habla aquí porque el sello y lo sellado son de distinta naturaleza. El otro, que es el que hay que entender aquí, es el misterio de la Encarnación, por la que Dios Padre imprimió en la naturaleza humana el Verbo, que es resplandor y sello de su sustancia, como dice Hebreos 1:3» (Super Evangelium S. Ioannis lectura, in loc.).

28–34: El diálogo entre Jesús y sus oyentes recuerda el episodio de la mujer samaritana (cfr. Juan 4:11–15). Allí se habla de un agua que salta hasta la vida eterna; aquí de un pan que baja del Cielo para dar vida al mundo. Allí la mujer se preguntaba si Jesús podía ser superior a Jacob, aquí la gente si se puede comparara con Moisés (cfr. Éxodo 16:13). «El Señor se presentaba de tal forma, que aparecía superior a Moisés: jamás tuvo Moisés la audacia de decir que él daba un alimento que no perece, que permanece hasta la vida eterna. Jesús promete mucho más que Moisés. Éste prometía un reino, una tierra con arroyos de leche y miel, una paz temporal, hijos numerosos, la salud corporal y todos los demás bienes temporales (…); llenar su vientre aquí en la tierra, pero de manjares que perecen; Cristo, en cambio, prometía un manjar que, en efecto, no perece sino que permanece eternamente» (San Agustín: In Ioannis Evangelium tractatus, 25,12).

            Los interlocutores de Jesús sabían que el maná –alimento que diariamente recogían los judíos en su caminar por el desierto (cfr. Éxodo 16:13 ss.)– era símbolo de los bienes mesiánicos; por eso piden al Señor que realice un portento semejante. Pero no podían ni siquiera sospechar que el maná era figura de un gran don mesiánico sobrenatural que Cristo trae a los hombres: la Sagrada Eucaristía. Jesús, con este diálogo y la primera parte del discurso eucarístico (vv. 35–47), intenta llevarles ante todo a un acto de fe en Él, para después revelarles abiertamente el misterio de la Sagrada Eucaristía. En efecto, Él es el pan «que ha bajado del Cielo y da la vida al mundo» (v.33). También San Pablo explica que el maná y los demás prodigios que acaecieron en el desierto eran prefiguración clara de Jesucristo (cfr. 1 Corintios 10:3–4).

            La actitud incrédula de aquellos judíos les incapacitaba para aceptar la revelación de Jesús. Para reconocer el misterio de la Eucaristía es necesaria la fe, como ha vuelto a resaltar el Papa Pablo VI: «Ante todo queremos recordar una verdad, de vosotros bien sabida, pero muy necesaria para eliminar todo veneno de racionalismo, verdad que muchos católicos han sellado con su propia sangre y que célebres Padres y Doctores de la Iglesia han profesado y enseñado constantemente, esto es, que la Eucaristía es un altísimo misterio, más aún, hablando con propiedad, como dice la Sagrada Liturgia, el misterio de la fe (…). Es, pues, necesario que nos acerquemos particularmente a este misterio, con humilde reverencia, no buscando razones humanas, que deben callar, sino adhiriéndonos firmemente a la Revelación divina» (Encíclica Mysterium fidei [3-9-1965], n.3).

35:       Ir a Jesús es creer en Él, porque al Señor nos acercamos por la fe. Con la imagen de la comida y la bebida expresa Jesús que Él es quien realmente sacia todas las nobles aspiraciones del hombre:

«¡Qué hermosa es nuestra Fe Católica! Da solución a todas nuestras ansiedades, y aquieta el entendimiento y llena de esperanza el corazón» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n.582).

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