25 de mayo – Lunes (San Beda el Venerable, San Gregorio VII, Santa María Magdalena de ‘Pazzi)

Evangelio: Marcos 10:17–27

El joven rico

(17) Cuando (Jesús) salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna? (18) Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno, Dios. (19) Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.

(20) Él respondió: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia. (21) Y Jesús, fijando en él su mirada, se prendó de él y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo; luego ven y sígueme. (22) Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, pues tenía muchos bienes.

Pobreza y entrega cristiana

(23) Jesús, mirando a su alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas! (24) Los discípulos quedaron impresionados por sus palabras. Y hablándoles de nuevo, dijo: Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! (25) Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios. (26) Y ellos se asombraron aún más diciéndose unos a otros: Entonces, ¿quién podrá salvarse? (27) Jesús, fijándose en ellos, dijo: Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios; pues para Dios todo es possible.

Comentario

17–18: El joven –así lo específica Mateo 19:16– acude a Jesús como a un autorizado maestro en la vida espiritual, con la esperanza de que le guíe hacia la vida eterna. No es que Jesucristo rechace la alabanza de la que es objeto, sino que explica la causa profunda de esas palabras del joven: Él es bueno, no como lo es un hombre bueno, sino por ser Dios, que es la bondad misma. Por tanto, el muchacho ha dicho una verdad, pero una verdad a medias. Ahí está lo enigmático de la respuesta de Jesús y su profundidad absoluta. Jesús trata, por tanto, de hacer remontarse al joven desde una consideración  honesta, pero humana, a una visión enteramente sobrenatural. Para que este hombre consiga realmente la vida eterna tiene que ver en Jesucristo, no sólo un buen maestro, sino al Salvador divino, al único Maestro, al único que, como Dios, es la Bondad misma.

19:       El Señor no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud (Mateo 5:17). Los mandamientos son el núcleo fundamental de la Ley. El cumplimiento de estos preceptos es necesario para alcanzar la vida eterna. Cristo da plenitud a estos mandamientos en un doble sentido. Primero, porque nos ayuda a descubrir todas las exigencias que éstos tienen en la vida de los hombres. La luz de la revelación nos lleva al conocimiento fácil y seguro de los preceptos del Decálogo, que la razón humana por sus propias fuerzas muy difícilmente lograría alcanzar. En segundo lugar, su gracia pone en nosotros la fortaleza para contrarrestar la inclinación mala que es fruto del pecado original. Los mandamientos conservan, pues, en la vida cristiana toda su vigencia y son como los hitos que señalan el camino que conduce al Cielo.

21–22: El Señor sabe que en el corazón de aquel joven hay un fondo de generosidad, de entrega. Por eso le mira complacido, con un amor de predilección que lleva consigo la invitación a vivir en una mayor intimidad con Dios. Esto exige una renuncia que el Señor concreta: abandonar todas sus riquezas, para entregar el corazón entero a Jesús. Dios llama a todos los hombres a la santidad. Pero son muchos los caminos que a ella conducen. A cada hombre toca poner los medios para descubrir cuál es, según la voluntad de Dios, el suyo concreto. El Señor, en sus designios, siembra en el alma de cada persona la semilla de la vocación, que indica el camino peculiar por el que ha de llegar a la meta común de la santidad.

            En efecto, si el hombre no pone obstáculos, si responde con generosidad a esa semilla, siente un deseo de ser mejor, de entregarse de un modo más generoso. Como fruto de ese deseo, busca, pregunta a Dios en la oración, a las personas que le puedan guiar. A esa búsqueda sincera Dios responde siempre, sirviéndose de instrumentos muy variados. Al hombre le parece ver claro el camino que Dios le señala, pero duda en la decisión, se siente sin fortaleza para emprender este camino que exige renuncias en todos los casos. Son momentos de oración, de mortificación, para que triunfe la luz, la invitación divina, por encima de los cálculos humanos. Porque el hombre, ante la llamada de Dios, permanece libre. Por eso puede responder con generosidad, o ser cobarde, como el joven del que nos habla el Evangelio. La falta de generosidad para seguir la propia vocación produce siempre tristeza.

21:       «En su concisa elocuencia –señala Juan Pablo II comentando este pasaje–, este acontecimiento profundamente penetrante expresa una gran lección en pocas palabras: toca problemas sustanciales y cuestiones de fondo que no han perdido, en modo alguno, su importancia. En todas partes los jóvenes se plantean problemas importantes: problemas sobre el significado de la vida, sobre el modo recto de vivir, sobre la verdadera escala de valores: ‘¿Qué he de hacer? ¿Qué he de hacer para conseguir la vida eterna?’ (…). Por esto os digo a cada uno de vosotros: escuchad la llamada de Cristo cuando sentís que os dice: ‘Sígueme’. Camina sobre mis pasos. ¡Ven a mi lado! ¡Permanece en mi amor! Es una opción que se hace: ¡la opción por Cristo y por su modelo de vida, por su mandamiento de amor!

            »El mensaje de amor que trae Cristo es siempre importante, siempre interesante. No es difícil ver cómo el mundo de hoy, a pesar de su belleza y grandeza, a pesar de las conquistas de la ciencia y de la tecnología, a pesar de los refinados y abundantes bienes materiales que ofrece, está ávido de más verdad, de más amor, de más alegría. Y todo esto se encuentra en Cristo y en su modelo de vida (…). Frente a estos problemas y a estas desilusiones, muchos tratan de huir de las propias responsabilidades, refugiándose en el egoísmo, en los placeres sexuales, en la droga, en la violencia, en el indiferentismo o en una actitud de cinismo. Pero hoy yo os propongo la opción del amor, que es lo contrario de la huida. Si vosotros aceptáis realmente este amor que viene de Cristo, éste os conducirá a Dios. Quizá en el sacerdocio o en la vida religiosa; quizá en algún servicio especial que prestéis a vuestros hermanos y hermanas, especialmente a los necesitados, a los pobres, a quien se siente solo, a los marginados, a aquellos cuyos derechos han sido conculcados, a aquellos cuyas exigencias fundamentales no han sido satisfechas. Cualquier cosa que hagáis de vuestra vida, haced que sea un reflejo del amor de Cristo» (Homilía Boston Common, 1–10–1979).

22:       «La tristeza de este joven nos lleva a reflexionar. Podremos tener la tentación de pensar que poseer muchas cosas, muchos bienes de este mundo, puede hacernos felices. En cambio, vemos en el caso del joven del Evangelio que las muchas riquezas se convirtieron en obstáculo para aceptar la llamada de Jesús a seguirlo. ¡No estaba dispuesto a decir sí a Jesús, y no a sí mismo, a decir sí al amor, y no a la huida! El amor verdadero es exigente. No cumpliría mi misión si no os lo hubiera dicho con toda claridad. Porque fue Jesús –nuestro mismo Jesús– quien dijo: ‘Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando’ (Juan 15:14). El amor exige esfuerzo y compromiso personal para cumplir la voluntad de Dios. Significa disciplina y sacrificio, pero significa también alegría y realización humana. Queridos jóvenes, no tengáis miedo a un esfuerzo honesto y a un trabajo honesto; no tengáis miedo a la verdad. Con la ayuda de Cristo y a través de la oración, vosotros podéis responder a su llamada, resistiendo a las tentaciones, a los entusiasmos pasajeros y a toda forma de manipulación de masas. Abrid vuestros corazones a este Cristo del Evangelio, a su amor, a su verdad, a su alegría. ¡No os vayáis tristes!(…).

            »¡Seguid a Cristo! Vosotros, esposos, haceos partícipes recíprocamente de vuestro amor y de vuestras cargas, respetad la dignidad humana de vuestro cónyuge; acepta con alegría la vida que Dios os confía; haced estable y seguro vuestro matrimonio por amor a vuestros hijos.

            »¡Seguid a Cristo! Vosotros, todavía solteros, o que os estáis preparando para el matrimonio, ¡seguid a Cristo! Vosotros, jóvenes o viejos, ¡seguid a Cristo! Vosotros, enfermos o ancianos; vosotros, los que sufrís o estáis afligido; los que notáis la necesidad de cuidados, la necesidad de amor, la necesidad de un amigo: ¡seguid a Cristo!

            »En nombre de Cristo extiendo a todos vosotros la llamada, la invitación, la vocación: ¡Ven y sígueme! (Juan Pablo II: Homilía Boston Common I–10–1979).

22–27: La conducta del joven rico da ocasión a Nuestro Señor para exponer una vez más la doctrina sobre el uso de los bienes materiales. No los condena por sí mismos; son medios que Dios ha puesto a disposición del hombre para su desarrollo en sociedad con los demás. El apego indebido a ellos es lo que hace que se conviertan en ocasión pecaminosa. El pecado consiste en «confiar» en ellos, como solución única de la vida, volviendo las espaldas a la divina Providencia. Idolatría llama San Pedro a la avaricia (cfr. Colosenses 3:5). Cristo excluye del Reino de Dios a quien cae en ese apegamiento a las riquezas, constituyéndolas en centro de su vida. O mejor dicho, él mismo se excluye.

            Las riquezas pueden seducir tanto a quienes ya disponen de ellas, como a quienes desean ardientemente tenerlas. Por eso hay –paradójicamente– pobres ricos y ricos pobres. Como la inclinación al apegamiento o confianza en las riquezas es universal, los discípulos desconfían de la salvación: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». Con medios humanos, imposible. Con la gracia de Dios, todo es posible.

            Por otra parte, no poner la confianza en las riquezas supone que el que tiene bienes en este mundo ha de emplearlas en ayudar a los más necesitados. Ello exige «mucha generosidad, innumerables sacrificios y un esfuerzo sin descanso. A cada uno toca examinar su conciencia, que tiene una nueva voz para nuestra época. ¿Está dispuesto a sostener con su dinero las obras y las empresas organizadas en favor de los más pobres? ¿A pagar más impuestos para que los poderes públicos intensifiquen su esfuerzo para el desarrollo?» (Pablo VI: Encíclica Populorum progressio 26–3–1967, n.47).

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