24 de mayo – Domingo de Ascensión

Evangelio: Mateo 28:16-20

Aparición en Galilea y mandato apostólico universal

(En aquel tiempo,) (16) Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. (17) Y, al verlo, le adoraron; pero otros dudaron. (18) Y acercándose Jesús les habló: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. (19) Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; (20) y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Comentario

16–20:   Este breve pasaje, con que se cierra el Evangelio según San Mateo, es de extraordinaria importancia. Los discípulos viendo al Resucitado le adoran, se postran ante Él como ante Dios. Su actitud parece indicar que al fin son conscientes de lo que ya, mucho antes, tenían en el corazón y habían confesado: que su Maestro era el Mesías, el Hijo de Dios (cfr. Mateo 16:18; Juan 1:49). Les sobrecoge el asombro y la alegría ante la maravilla que sus ojos contemplan, que parece casi imposible, si no lo estuvieran viendo. Pero era realidad, y el pasmo dejó paso a la adoración. El Maestro les habla con la majestad propia de Dios: «Se me ha dado todo el poder en el Cielo y en la tierra». La Omnipotencia, atributo exclusivo de Dios, es también atributo suyo: está confirmando la fe de los que le adoran. Y, a la vez, enseña que el poder que ellos van a recibir para realizar su misión universal, deriva del propio poder divino.

Recordemos ante estas palabras de Cristo que la autoridad de la Iglesia, en orden a la salvación de los hombres, viene de Jesucristo directamente, y que esta autoridad, en las cosas de fe y moral, está por encima de cualquier otra de la tierra.

Los Apóstoles allí presente, y después de ellos sus legítimos sucesores, reciben el mandato de enseñar a todas las gentes la doctrina de Jesucristo: lo que Él mismo había enseñado con sus obras y sus palabras, el único camino que conduce a Dios. La Iglesia, y en ella todos los fieles cristianos, tiene el deber de anunciar, hasta el fin de los tiempos, con su ejemplos y su palabra, la fe que ha recibido. De modo especial reciben esta misión los sucesores de los Apóstoles, pues en ellos recae el poder de enseñar con autoridad, «ya que Cristo resucitado antes de volver al Padre (…) les confiaba de este modo la misión y el poder de anunciar a los hombres los que ellos mismos habían oído, visto con sus ojos, contemplado y palpado con sus manos, acerca del Verbo de la vida (1 Juan 1:1). Al mismo tiempo les confiaba la misión y el poder de explicar con autoridad lo que Él les había enseñado, sus palabras y sus actos, sus signos y sus mandamientos. Y les daba el Espíritu para cumplir esta misión» (Juan Pablo II: Exhortación Apostólica ‘Catechesi tradendae’ 16-10-1979, n.1). Por tanto, las enseñanzas del Papa y de los Obispos unidos a él, deben ser recibidas siempre por todos con asentimiento y obediencia.

También comunica allí Cristo a los Apóstoles y a sus sucesores el poder de bautizar, es decir, de admitir a los hombres en la Iglesia, abriéndoles el camino de su salvación personal.

La misión que, en definitiva, recibe la Iglesia en este final del Evangelio de San Mateo, es la de continuar por siempre la obra de Cristo: enseñar a los hombres las verdades acerca de Dios y la exigencia de que se identifiquen con esas verdades, ayudándoles sin cesar con la gracia de los sacramentos. Una misión que durará hasta el fin de los tiempos y que, para llevarle a cabo, el mismo Cristo Glorioso promete acompañar a su Iglesia y no abandonarla. Cuando en la Sagrada Escritura se afirma que Dios está con alguno, se quiere indicar que éste tendrá éxito en sus empresas. De ahí que la Iglesia, con la ayuda y asistencia de su Fundador Divino, está segura de poder cumplir indefectiblemente su misión hasta el fin de los siglos.

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