10 de agosto – Sábado (San Lorenzo, diácono y mártir)

Evangelio: Juan 12:24–26

(24) (Jesús dijo a sus discípulos:) En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. (25) El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. (26) Si alguien me sirve que me siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará.

Comentario

24–25:   Leemos aquí la aparente paradoja entre la humillación de Cristo y su exaltación. Así «fue conveniente que se manifestara la exaltación de su gloria de tal manera, que estuviera unida a la humildad de su pasión» (San Agustín: In Ioannis Evangelium tractatus, 51,8).

Es la misma idea que enseña San Pablo al decir que Cristo se humilló y se hizo obediente hasta la muerta y muerte de Cruz, y que por eso Dios Padre lo exaltó sobre toda criatura (cfr. Filemón 2:8–9). Constituye una lección y un estímulo para el cristiano, que ha de ver en todo sufrimiento y contrariedad una participación en la Cruz de Cristo que nos redime y nos exalta. Pare ser sobrenaturalmente eficaz, debe uno morir a sí mismo, olvidándose por completo de su comodidad y su egoísmo.

«Si el grano de trigo no muere queda infecundo. –¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas más grande? –¡Que Jesús bendiga su trigal!» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n.199).

26:   El Señor ha hablado de su sacrificio como condición para entrar en la gloria. Y lo que vale para el Maestro, también se aplica a sus discípulos (cfr. Mateo 10:24; Lc.6:40). Jesucristo quiere que cada uno de nosotros le sirva. Es un misterio de los designios divinos que Él –que es todo, que tiene todo y no necesita de nada ni de nadie– quiera necesitar nuestro servicio para que su doctrina y la salvación operada por El lleguen a todos los hombres.

«Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo (cfr. Romanos 13:14)(…).

   »En este esfuerzo por identificarse con Cristo, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (cfr. Filemón 3:20)» (S. Josemaría Escrivá: Amigos de Dios, n.299-300).

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