8 de octubre – Martes (XXVII)

Evangelio: Lucas 10:38–42

Marta y María acogen a Jesús

(38) Cuando iban de camino (Jesús) entró en cierta aldea, y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. (39) Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra. (40) Pero Marta andaba afanada con los múltiples quehaceres de la casa y poniéndose delante dijo: Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude. (41) Pero el Señor le respondió: Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. (42) En verdad una sola cosa es necesaria. Así, pues, María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.

Comentario

38–42: El Señor iba hacia Jerusalén (Lucas 9:51), y unos tres kilómetros antes pasó por Betania, la aldea de Lázaro, Marta y María, tres hermanos a los cuales el Señor amaba entrañablemente, como se ve en otros lugares del Evangelio (cfr. Juan 11:1–45; 12:1–9). El diálogo de Jesús con Marta tiene un tono familiar lleno de confianza, que nos hace pensar en la gran amistad del Señor con los tres hermanos.

San Agustín comenta esta escena de la siguiente manera: «Marta se ocupaba en muchas cosas disponiendo y preparando la comida del Señor. En cambio, María prefirió alimentarse de lo que decía el Señor. No reparó en cierto modo en el ajetreo continuo de su hermana y se sentó a los pies de Jesús, sin hacer otra cosa que escuchar sus palabras. Había entendido de forma fidelísima lo que dice el Salmo: ‘Descansad y ved que yo soy el Señor’ (Salmo 46:11). Marta se consumía, María se alimentaba; aquélla abarcaba muchas cosas, ésta sólo atendía a una. Ambas cosas son buenas» (Sermo 103).

Marta ha venido a ser como el símbolo de la vida activa, mientras que María lo es de la vida contemplativa. Sin embargo, para la mayoría de los cristianos, llamados a santificarse en medio del mundo, no se pueden considerar como dos modos contrapuestos de vivir el cristianismo; una vida activa que se olvide de la unión con Dios es algo inútil y estéril; pero una supuesta vida de oración que prescinda de la preocupación apostólica y de la santificación de las realidades ordinarias tampoco puede agradar a Dios. La clave está, pues, en saber unir esas dos vidas, sin perjuicio de una ni de otra. Esta unión profunda entre acción y contemplación puede vivirse de muy diversos modos, según la vocación concreta que cada uno recibe de Dios.

El trabajo, lejos de ser obstáculo, ha de ser medio y ocasión de un trato afectuoso con Nuestro Señor, que es lo más importante.

El cristiano corriente, siguiendo esta enseñanza del Señor, debe esforzarse en lograr la unidad de vida: vida de piedad intensa y actividad exterior orientada hacia Dios, hecha por amor a Él y con rectitud de intención, que se manifestará en el apostolado, en la tarea profesional, en los deberes de estado. «Debéis comprender ahora –con una nueva claridad– que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino,  escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir (…). No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver –a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo» (S. Josemaría Escrivá: Conversaciones, n. 114).

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