9 de octubre – Miércoles (San Dionisio, obispo, y compañeros, mártires)

Evangelio: Lucas 11:1–4

El Padrenuestro

(1) Y sucedió que cuando hacía oración en cierto lugar, al terminarla, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. (2) Él les respondió: Cuando oréis, decid:

Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino;
(3) nuestro pan cotidiano dánosle cada día;
(4) y perdónanos nuestros pecados,
puesto que también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;
y no nos dejes caer en la tentación.

Comentario

1–4:   El texto que nos presenta San Lucas de la oración dominical o Padrenuestro es algo más breve del que se contiene en San Mateo (6:9–13). Allí se especifican siete peticiones; en San Lucas sólo cuatro. Por otro lado, el contexto de San Mateo es el del Sermón de la Montaña y, más concretamente, la explicación sobre el modo de orar; el de San Lucas es uno de los momentos en que Jesús ha estado orando. Los dos contextos difieren. No es extraño que Nuestro Señor enseñara lo mismo en diversas ocasiones y con palabras no literalmente idénticas ni con la misma extensión, insistiendo sin embargo en los puntos fundamentales. La plegaria tradicional recoge la oración dominical en su forma más amplia, que es la de San Mateo.

«Cuando los discípulos pidieron al Señor Jesús: ‘Enséñanos a orar’, Él respondió pronunciando las palabras de la oración del Padrenuestro, creando así un modelo concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe decir al Padre está encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de memoria. Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, a la vez una profundidad tal, que se puede consumir una vida entera en meditar el sentido de cada una de ellas. ¿Acaso no es así? ¿No nos habla cada una de ellas, una tras otra, de lo que es esencial para nuestra existencia, dirigida totalmente a Dios, al Padre? ¿No nos habla del ‘pan de cada día’, del ‘perdón de nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos’, y al mismo tiempo de preservarnos de la ‘tentación’ y de ‘librarnos del mal’?» (Audiencia general Juan Pablo II, 14-Marzo-1979).

Lo primero que nos enseña a pedir el Señor es la glorificación de Dios y la venida de su Reino. Esto es lo que realmente importa, el Reino de Dios y su justicia (cfr. Mateo 6:33). También quiere el Señor que le pidamos, confiados en que nuestro Padre Dios atenderá a nuestras necesidades materiales, pues «bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo estáis necesitados» (Mateo 6:32). De todos modos, el Padrenuestro nos hace aspirar especialmente a los bienes del espíritu y nos invita a pedir perdón, con la exigencia de perdonar, y a apartarnos del peligro de pecar. Finalmente, el Padrenuestro resalta la importancia de la oración vocal: «’Domine, doce nos orare’ –¡Señor, enséñanos a orar!– Y el Señor respondió: cuando os pongáis a orar, habéis de decir: ‘Pater noster, qui es in coelis…’ –Padre nuestro, que estás en los cielos… ¡Cómo no hemos de tener en mucho la oración vocal!» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n.84).

1:   Jesús se retiraba con frecuencia para hacer oración (cfr. Lucas 6:12; 22:39 ss.). Esta práctica del Maestro suscita en los discípulos el deseo de aprender a orar. Jesús les enseña lo que Él mismo hace. En efecto, cuando el Señor hace oración, comienza con la palabra «¡Padre!»: «Padre, en tus manos encomiendo mí espíritu» (Lucas 23:46; véanse también Mateo 11:25; 26:42,53; Lucas 23:34; Juan 11:41; etc.). No constituye realmente una excepción de esta norma la oración «Dios mío, Dios mío…» (Mateo 27:46), que el Señor recita en la cruz, supuesto que se trata del Salmo veintidós, que es la oración final del justo perseguido.

Se puede, por tanto, decir que lo primero que ha de tener la oración es la sencillez del hijo que habla con su Padre.

«Me has escrito: ‘orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?’ –¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.

En dos palabras: conocerle y conocerte: ‘¡tratarse!» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 91).

2:   «Santificado sea tu Nombre»: En esta primera petición del Padrenuestro «pedimos que Dios sea conocido, amado, honrado y servido de todo el mundo y de nosotros en particular». Esto quiere decir que «los infieles vengan al conocimiento del verdadero Dios, los herejes reconozcan sus errores, los cismáticos vuelvan a la unidad de la Iglesia, los pecadores se conviertan y los justos perseveren en el bien». Con esta primera petición, el Señor nos enseña que «hemos de desear más la gloria de Dios que todos nuestros interese y provechos». Esta gloria de Dios que pedimos se procura «con oraciones y buen ejemplo, y enderezando a Él todos nuestros pensamientos, afectos y acciones» (S. Pío X: Catecismo Mayor, nn. 290–293).

«Venga tu Reino»: «Por Reino de Dios entendemos un triple reino espiritual: el Reino de Dios en nosotros, que es la gracia; el Reino de Dios en la tierra, que es la Iglesia Católica, y el Reino de Dios en el Cielo, que es la bienaventuranza… En orden a la gracia, pedimos que Dios reine en nosotros con su gracia santificante, por la cual se complace en morar en nosotros como rey en su corte, y que nos conserve unidos a Él con las virtudes de la fe, esperanza y caridad, por las cuales reina en nuestro entendimiento, en nuestro corazón y en nuestra voluntad (…). En orden a la Iglesia, pedimos que se dilate y propague por todo el mundo para salvación de los hombres (…). En orden a la gloria, pedimos ser un día admitidos en la bienaventuranza para la cual hemos sido creados, donde seremos cumplidamente felices» (Catecismo Mayor, nn. 294–297).

3:   Es interpretación común de la Tradición de la Iglesia que el pan a que se alude aquí no es meramente el pan material, ya que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mateo 4:4; Deuteronomio 8:3). Quiere aquí Jesús que pidamos «a Dios lo que nos es necesario cada día para el alma y para el cuerpo (…). Para nuestra alma pedimos a Dios el mantenimiento de la vida espiritual, es decir, rogamos al Señor nos dé su gracia, de la que continuamente tenemos necesidad (…). La vida de nuestra alma se mantiene sobre todo con la divina palabra y con el Santísimo Sacramento del altar (…). Para nuestro cuerpo pedimos lo necesario para el mantenimiento de la vida temporal» (Catecismo Mayor, nn. 302–305).

La doctrina cristiana subraya dos ideas en esta petición del Padrenuestro: la primera es la confianza en la Providencia divina, que nos libra de la excesiva preocupación por amontonar bienes y dinero para el día de mañana (cfr. Lucas 12:16–21); la otra idea es que hemos de interesarnos fraternalmente por las necesidades de los demás, superando de este modo nuestra inclinación al egoísmo.

4:   «De tal manera exige Dios de nosotros el olvido de las injurias y el afecto y amor mutuo entre los hombres, que rechaza y desprecia las ofrendas y los sacrificios de los que no se hayan reconciliado amistosamente» (S. Pio V: Catecismo para los Párrocos, según el decreto del Concilio de Trento, IV,14,16).

«Cosa es ésta, hermanas, para que miremos mucho en ella; que una cosa tan grande y de tanta importancia como que nos perdone el Señor nuestras culpas, que merecían fuego eterno, se nos perdone con tan baja cosa como es que perdonemos; y aun de esta bajeza tengo tan pocas que ofrecer, que de balde me habéis, Señor, de perdonar. Aquí cabe bien vuestra misericordia. Bendito seáis vos, que tan pobre me sufrís» (Santa Teresa de Jesús: Camino de perfección, cap. 36,2).

«Y no nos dejes caer en la tentación»: No es pecado sentir la tentación, sino consentir en ella. También es pecado ponerse voluntariamente en ocasión próxima de pecar. Dios permite que seamos tentados para probar nuestra fidelidad, para ejercitarnos en las virtudes y acrecentar, con la ayuda de la gracia, nuestros merecimientos. En esta petición rogamos al Señor que nos dé su gracia para no ser vencidos en la prueba, o que nos libre de ésta si no fuéramos a superarla.

Articulo publicado en Juan, Tiempo Ordinario. Guarda el enlace permanente.

Los comentarios están cerrados.