4 de diciembre – Martes (San Juan Damasceno, presbítero y doctor de la Iglesia)

Evangelio: Lucas 10:21–24

Acción de gracias de Jesús

(21) En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito. (22) Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

(23) Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte: Bienaventurados los ojos que ven lo que veis. (24) Pues os aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.

Comentario

21:   A este pasaje del Evangelio se le ha solido llamar «el himno de júbilo» del Señor. También se encuentra en San Mateo (11:25–27). Es uno de los momentos en que Jesús manifiesta su alegría al ver cómo los humildes entienden y aceptan la palabra de Dios.

Nuestro Señor muestra además una consecuencia de la humildad: la infancia espiritual. Así, dice en otro lugar: «En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mateo 18:3). Pero la infancia espiritual no comporta debilidad, flojera o ignorancia: «Frecuentemente he meditado esa vida de infancia espiritual, que no está reñida con la fortaleza, porque exige una voluntad recia, una madurez templada, un carácter firme y abierto (…). Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, nn. 10 y 143).

22:   «Esta es una expresión maravillosa para nuestra fe –comenta San Ambrosio– porque cuando lees ‘todo’ comprendes que Cristo es todopoderoso, que no es inferior al Padre, ni menos perfecto; cuando lees ‘me ha sido entregado’, confiesas que Cristo es el Hijo, al cual todo pertenece de derecho por la consubstancialidad de naturaleza y no por gracia de donación» (Expositio Evangelii secundum Lucam, in loc.).

Cristo aparece aquí Omnipotente, Señor y Dios, consubstancial con el Padre, y el único que puede revelar quién es el Padre. Al mismo tiempo sólo podemos conocer la naturaleza divina de Jesús, si el Padre –como hizo con San Pedro (cfr. Mateo 16:17)– nos da la gracia de la fe.

23–24:   Sin duda que el haber visto a Jesús personalmente fue una suerte maravillosa para quienes creyeron en Él. No obstante, el Señor dirá a Tomás: «Bienaventurados los que sin haber visto han creído» (Juan 20:29). San Pedro, refiriéndose a Jesucristo, nos dice: «a quien amáis sin haberlo visto; en quien creéis sin verlo aún, y os alegráis con un gozo inefable y glorioso, alcanzando así la meta de vuestra fe, la salvación de las almas» (1 Pedro 1:8–9).

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