12 de junio – Viernes (10)

Evangelio: Mateo 5:27–32

Jesús y su doctrina, plenitud de la Ley (contd)

(27) (En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. (28) Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. (29) Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. (30) Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.

(31) Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, déle libelo de repudio. (32) Pero yo os digo que todo el que repudie a su mujer –fuera del caso de fornicación– la expone a cometer adulterio, y el que se una con la repudiada comete adulterio.

Comentario

27–30:   Se refiere a la mirada pecaminosa dirigida a toda mujer, casada o no. Nuestro Señor lleva a su plenitud el precepto de la Antigua Ley. En éste sólo se consideraba pecado el adulterio y el deseo de la mujer del prójimo.

El deseo: una cosa es sentir y otra consentir. El consentimiento supone la advertencia de la maldad de esos actos (miradas, imaginaciones, deseos impuros), y la voluntariedad que libremente los admite.

La prohibición de los vicios implica siempre un aspecto positivo, que es la virtud contraria. La santa pureza es, como toda la virtud, eminentemente positiva; nace del primer mandamiento y a él se ordena: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo 22:37). «La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n.5). Esta virtud exige poner todos los medios y, si es necesario, heroicamente.

Por ojo derecho y mano derecha se entiende lo que nos es más estimado. Este modo de hablar del Señor, tan fuerte, no debe ser rebajado en su exigencia moral. Es claro que no significa que nos debamos mutilar físicamente, sino luchar sin concesiones, estando dispuestos a sacrificar todo aquello que pueda ser ocasión clara de ofensa a Dios. Las palabras del Señor, tan gráficas, previenen principalmente acerca de una de las más frecuentes ocasiones: el cuidado que debemos tener con las miradas. El rey David comenzó dejándose llevar por la curiosidad y esto le condujo al adulterio y al crimen. Después lloró sus pecados y tuvo una vida santa en la presencia de Dios (cfr. 2 Samuel 11 y 12).

«¡Los ojos! Por ellos entran en el alma muchas iniquidades. –¡Cuántas experiencias a lo David!… –Si guardáis la vista habréis asegurado la guarda de vuestro corazón» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n.183).

Entre los medios ascéticos que sirven para salvaguardar la virtud de la santa pureza se pueden enumerar: Confesión y Comunión frecuentes; devoción a la Santísima Virgen; espíritu de oración y mortificación; guarda de los sentidos; huida de las ocasiones, y esfuerzo por evitar la ociosidad, estando siempre ocupados en cosas útiles. Hay también otros dos medios que tienen hoy una particular importancia: «El pudor y la modestia son hermanos pequeños de la pureza» (Camino, n. 128). Pudor y modestia son expresión de buen gusto, de respeto a los demás y a la dignidad humana y cristiana. Por eso el cristiano, consecuente con esta doctrina del Señor, ha de luchar oponiéndose a un ambiente paganizado, para influir en él y tratar de cambiarlo.

«Hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia.

»– Y esa cruzada es obra vuestra» (Camino, n.121).

31–32:   La Ley de Moisés (Deuteronomio 24:1), dada en tiempos antiguos, había tolerado el divorcio por la dureza de corazón de los hebreos. Pero no había señalado de manera clara los motivos para llegar a él. Por eso los rabinos habían dado una serie de interpretaciones diversas, según las escuelas a que perteneciesen, que iban de posiciones muy laxas a otras más rígidas. En todo caso, sólo el marido podía repudiar a la mujer. La condición de inferioridad de la mujer había sido de algún modo suavizada por el acta o libelo de repudio, escrito por el cual el marido declaraba la libertad de la mujer repudiada para que pudiera contraer nuevas nupcias. Contra tales interpretaciones rabínicas, Jesús restablece la originaria indisolubilidad del matrimonio tal como Dios lo había instituido (Génesis 1:27; 2:24; cfr. Mateo 19:4–6; Efesios 1:31; 1 Corintios 7:10).

La frase «fuera del caso de fornicación» no puede tomarse como una excepción del principio de la absoluta indisolubilidad del matrimonio que Jesús acaba de restablecer. Casi con toda seguridad, la mencionada cláusula se refiere a uniones admitidas como matrimonios entre algunos pueblos paganos, pero prohibidas, por incestuosas, en la Ley mosaica (cfr. Levítico 18) y en la tradición rabínica. Se trata, pues, de uniones inválidas desde su raíz por algún impedimento. Cuando tales personas se convertían a la verdadera fe, no es que pudiera disolverse su unión, sino que se declaraba que no habían estado nunca unidas en verdadero matrimonio. Por tanto, esta cláusula no va en contra de la indisolubilidad del matrimonio, sino que la reafirma.

La Iglesia, a partir de la enseñanza de Jesús, y guiada por el Espíritu Santo, ha concretado la solución del caso especialmente grave del adulterio, estableciendo la licitud de la separación de los cónyuges, pero sin disolubilidad del vínculo matrimonial y, por tanto, sin posibilidad de contraer nuevo matrimonio.

La indisolubilidad del matrimonio fue enseñada por la Iglesia desde el principio sin la menor duda, urgiendo el cumplimiento moral y jurídico de esta doctrina, expuesta con toda autoridad por Jesús (Mateo 19:3–9; Marcos 10:1–12; Lucas 16:18) y los Apóstoles (1 Corintios 6:16; 7:10–11,39; Romanos 7:2–3; Efesios 5:31 s.). Entre los muchos textos del Magisterio que se podrían citar, he aquí sólo algunos a modo de ejemplo:

«Se asigna un triple bien al matrimonio (…). El tercero es la indisolubilidad del matrimonio, porque significa la invisible unión de Cristo y la Iglesia. Y aunque por motivo de fornicación sea licito hacer separación del lecho, no lo es, sin embargo, contraer otro matrimonio, como quiera que el vínculo del matrimonio legítimamente contraído es perpetuo» (Concilio Florentino:Decreto Pro Armeniis.

«Si alguno dijera que, a causa de herejía, o por cohabitación molesta, o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema» (Concilio de Trento: Doctrina De Sacramento Matrimonii, sess. XXIV, can. 5).

«Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles, no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema» (De Sacramento Matrimonii, can. 7).

«Quede asentado, ante todo, como fundamento inconmovible e inviolable, que el matrimonio no fue instituido ni establecido por obra de los hombres, sino por obra de Dios; que fue protegido, confirmado y elevado no con leyes de los hombres, sino del autor mismo de la naturaleza, Cristo Señor; leyes, por tanto, que no pueden estar sujetas al arbitrio de los hombres, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges. Esta es la doctrina de las Sagradas Letras; ésta la constante y universal Tradición de la Iglesia; ésta la solemne definición del sagrado Concilio de Trento, que confirma y precisa con las mismas palabras de la Sagrada Escritura que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio y su unidad y firmeza tienen a Dios por autor» (Pio XI: Encíclica Casti connubii 31-12-1930, n.3).

«Así pues, aun cuando antes de Cristo, de tal modo se templó la sublimidad y serenidad de la ley primitiva que Moisés permitió a los ciudadanos del mismo pueblo de Dios, por causa de la dureza de su corazón, dar libelo de repudio por determinadas causas; sin embargo, Cristo, en uso de su potestad de legislador supremo, revocó este permiso de mayor licencia, y restableció íntegramente la ley primitiva por aquellas palabras que nunca hay que olvidar: ‘lo que Dios unió, no lo separe el hombre’» (Casti connubii, n. 11).

«Este vínculo sagrado, en atención al bien, tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio… Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen y urgen la plena fidelidad conyugal y la indisoluble unidad del matrimonio» (Concilio Vaticano II: Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 48).

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