13 de junio – Sábado (San Antonio de Padua, presbítero y doctor de la Iglesia)

Evangelio: Mateo5:33–37

Jesús y su doctrina, plenitud de la Ley (contd)

(33) (En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:) Habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás tus juramentos al Señor. Pero yo os digo: (34) No juréis en absoluto; ni por el Cielo, porque es el trono de Dios; (35) ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. (36) Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. (37) Sea, pues, vuestro modo de hablar: Sí, sí, o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno.

Comentario

33–37:   La Ley de Moisés prohibía taxativamente el perjurio o violación de juramento (Éxodo 20:7; Números 30:3; Deuteronomio 23:22). En tiempos de Cristo, la práctica del juramento había caído en un abuso hasta ridículo por su frecuencia y por la casuística en torno a él. Según numerosos documentos rabínicos de la época, se juraba por los motivos más intrascendentes. Junto al abuso del juramento, había surgido otro, no menos ridículo, para legitimar su incumplimiento. Todo ello constituía una falta de respeto al nombre de Dios. No obstante, por la misma Sagrada Escritura sabemos que el juramento es lícito y bueno en algunas ocasiones: «si juras por la vida de Yahwéh con verdad, con derecho y con justicia, serán en ti bendecidos los pueblos y en ti se gloriarán» (Jeremías 4:2).

Jesús establece el principio que ha de seguir sus discípulos en esta materia. Se basa en un restablecimiento de la confianza mutua, de la hombría de bien y de la sinceridad. El demonio es el «padre de la  mentira» (Juan 8:44). Por tanto, en la Iglesia de Cristo no pueden tolerarse unas relaciones humanas basadas en el engaño, en la insinceridad. Dios es la verdad, y los hijos del Reino tienen, pues, que fundamentar sus relaciones en la verdad. Jesús concluye con una exaltación de la sinceridad. A lo largo de toda su enseñanza la hipocresía es uno de los vicios más combatidos (véanse, por ejemplo, Mateo 23:13–32), mientras que la sinceridad constituye un de las más bellas virtudes (véanse Juan 1:47).

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