10 de septiembre – Martes (XXIII)

Evangelio: Lucas 6:12–19

Institución del Colegio Apostólico

(12) Sucedió en aquellos días que (Jesús) salió al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. (13) Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió a doce entre ellos, a los que denominó Apóstoles: (14) a Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, y a su hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, (15) a Mateo y Tomás, Santiago de Alfeo y a Simón, llamado Zelotes, (16) a Judas de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

(17) Bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano; y había una multitud de sus discípulos, y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda Judea y de Jerusalén, y del litoral de Tiro y Sidón, (18) que vinieron a oírle y a ser curados de sus enfermedades. Y los que estaban atormentados por espíritus inmundos quedaban curados. (19) Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

Comentario

12–13:   Con cierta solemnidad el Evangelista relata la trascendencia de este momento en que Jesús constituye a los Doce en Colegio Apostólico:

«El Señor Jesús, después de haber orado mucho al Padre, llamando a Sí a los que Él quiso, eligió a doce para que viviesen con Él y para enviarlos a predicar el Reino de Dios (cfr. Marcos 3:13–19; Mateo 10:1–42); a estos Apóstoles los instituyó a modo de colegio o grupo estable, al frente del cual puso a Pedro, elegido de entre ellos mismos (cfr. Juan 21:17). Los envió primeramente a los hijos de Israel, y después a todas las gentes, para que, participando de su potestad, hiciesen discípulos de Él a todos los pueblos y los santificasen y gobernasen (cfr. Mateo 28:16–20 y par.), y así propagasen la Iglesia y al apartasen bajo la guía del Señor todos los días hasta la consumación de los siglos (cfr. Mateo 28:20). En esta misión fueron confirmados plenamente el día de Pentecostés (cfr. Hechos 2:1–36) (…). Los Apóstoles, pues, predicando en todas partes el Evangelio (cfr. Marcos 16:20), recibido por los oyentes bajo la acción del Espíritu Santo, congregan la Iglesia universal que el Señor fundó en los Apóstoles y edificó sobre el bienaventurado Pedro, su cabeza, siendo el propio Jesucristo la piedra angular (cfr. Apocalipsis 21:14; Mateo 16:18; Efesios 2:20). Esta divina misión, confiada por Cristo a los Apóstoles, ha de durar hasta el fin del mundo (cfr. Mateo 28:20), puesto que el Evangelio que ellos deben propagar es en todo tiempo el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso los Apóstoles se cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente organizada» (Concilio Vaticano II: Constitución dogmática Lumen Gentium, nn. 19–20).

Jesucristo, antes de instituir el Colegio Apostólico, pasó toda la noche en oración. Es una oración que Cristo hace por su Iglesia como tantas otras veces (Lucas 9:18; Juan 17:1 ss.). De este modo prepara el Señor a sus Apóstoles, columnas de la Iglesia (cfr. Gálatas 2:9). Cerca de la Pasión, rogará al Padre por Simón Pedro como cabeza de la Iglesia, y así  lo manifestará de un modo solemne: «Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe» (Lucas 22:32). La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, dispone que en la oración litúrgica se eleven preces en muchas ocasiones por los pastores de la Iglesia –Romano Pontifice, Obispos y sacerdotes–, pidiendo la gracia de Dios para que puedan cumplir fielmente su ministerio.

Es continua la enseñanza de Cristo de que hemos de orar siempre (Lucas 18:1). En esta ocasión nos muestra con su ejemplo que en los momentos importantes de nuestra vida hemos de orar con especial intensidad.

 «’Pernoctans in oratione Dei’ –pasó la noche en oración. –Esto nos San Lucas, del Señor.

»Tú, ¿cuántas veces has perseverado así? –Entonces…» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 104).

12:   ¿Cómo es que Jesucristo, siendo Dios, hace oración?: en Cristo hay dos voluntades, una divina y otra humana (cfr. S. Pio X: Catecismo Mayor, n. 91), y aunque por su voluntad divina era omnipotente, no así por su voluntad humana. Lo que hacemos en la oración de petición es manifestar nuestra voluntad ante Dios, y por eso Cristo, semejante en todo a nosotros menos el pecado (Hebreos 4:15), debió también orar en cuanto hombre (cfr. S. Tomás de Aquino: Suma Teológica, III,q.21, a.1). Al contemplar a Jesús en oración, San Ambrosio comenta:

«El Señor ora no para pedio por Él, sino para interceder en favor mío; pues aunque el Padre ha puesto todas las cosas a disposición del Hijo, sin embargo el Hijo, para realizar plenamente su condición de hombre, juzga oportuno implorar al Padre por nosotros, pues Él es nuestro Abogado (…). Maestro de obediencia, nos instruye con su ejemplo en los preceptos de la virtud; ‘Tenemos un Abogado ante el Padre’ (1 Juan 2:1)» (Expositio Evangelii secundum Lucam, in loc.).

14-16:   Jesucristo eligió para Apóstoles suyos a unos hombres corrientes, casi todos pobres e ignorantes; parece que sólo Mateo y los hermanos Juan y Santiago gozaban de cierta posición social y económica. Pero todos dejaron lo mucho o poco que tenían, y también todos, menos Judas, tuvieron fe en el Señor y, venciendo sus propias debilidades, supieron finalmente ser fieles a la gracia y ser santos, columnas de la Iglesia. No nos inquiete si, como los Apóstoles, nos vemos faltos de cualidades humanas, porque lo importante es luchar por ser fieles, por corresponder personalmente a la gracia de Dios.

19:   Dios se ha encarnado para salvarnos. A través de la naturaleza humana que asumió, actúa la Persona divina del Verbo. Las curaciones y las expulsiones de demonios que Cristo realizó mientras vivía en la tierra son también una prueba de que la Redención operada por Cristo es una realidad, no una mera esperanza. Las multitudes de Judea y de las otras regiones de Israel, que se acercan hasta tocar el Maestro, son, de alguna manera, un anticipo de la devoción de los cristianos a la Santísima Humanidad de Cristo.

Articulo publicado en Lucas, Tiempo Ordinario. Guarda el enlace permanente.

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