5 de diciembre – Miércoles (I)

Evangelio: Mateo 15:29–37

(29) (En aquel tiempo, llegó Jesús a la orilla del) mar de Galilea, subió a la montaña y se sentó. (30) Acudió a él una gran multitud llevando consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies y los curó; (31) de tal modo que se maravillaba la multitud viendo hablar a los mudos y quedar sanos los lisiados, andar a los cojos y ver a los ciegos, por lo que glorificaban al Dios de Israel.

Segunda multiplicación de los panes

(32) Jesús llamó a sus discípulos y dijo: Siento profunda compasión por la muchedumbre, porque hace ya tres días que permanecen junto a mí y no tienen qué comer; no quiero despedirlos en ayunas no sea que desfallezcan en el camino. (33) Pero le decían los discípulos: ¿De dónde vamos a sacar, estando en el desierto, tantos panes para alimentar a tan gran multitud? (34) Jesús les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos le respondieron: Siete y unos pocos pececillos. (35) Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. (36) Tomó los siete panes y los peces y, después de dar gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la multitud.

(37) Y comieron todos y quedaron satisfechos. De los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas.

Comentario

29–31:   En este pasaje resume San Mateo la actividad de Jesús en aquella región limítrofe de Galilea, donde vivían mezclados judíos y paganos. Como de costumbre, Jesús enseña y cura enfermos; en el relato del Evangelio es clara la resonancia de la profecía de Isaías, que el mismo Cristo empleó como prueba de que Él era el Mesías (Lucas 7:22): «los ciegos ven, los sordos oyen…» (Isaías 35:5).

«Glorificaban al Dios de Israel»: Sin duda se refiere a los gentiles que suponían que Dios podía otorgar el poder de hacer milagros únicamente a los israelitas. Nuevamente la fe de loa gentiles supera a la de los judíos.

32:   Los Evangelios hablan muchas veces de la misericordia y compasión del Señor ante las necesidades de los hombres: ahora se preocupa de las multitudes que le siguen y no tienen que comer. Siempre tiene una palabra de consuelo, de aliento, de perdón: nunca pasa indiferente. Pero, sobre todo, le duelen los pecadores que caminan por el mundo sin conocer la luz y la verdad, a los que siempre espera en los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia.

33–38:   Como en la primera multiplicación (14:13–20), los Apóstoles ponen los panes y los peces a disposición del Señor. Era todo lo que tenían. También se sirve de los Apóstoles para hacer llegar el alimento –ya fruto del milagro– a la gente. En la distribución de las gracias de salvación Dios quiere contar con la fidelidad y generosidad de los hombres. «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 755).

Es de notar que en las dos multiplicaciones milagrosas Jesús da el alimento en abundancia, al mismo tiempo que no se desperdicia nada de lo sobrante. Los milagros de Jesús, además del hecho real y concreto que cada uno de ellos es, tienen también un carácter de signo de realidades sobrenaturales. En este caso la abundancia del alimento corporal significa al mismo tiempo la abundancia de los dones divinos en el plano de la gracia y de la gloria, en el orden de los medios y en el orden del premio eterno: Dios da a los hombres más gracias de las que estrictamente necesitarían. Esta es la experiencia cristiana desde los primeros tiempos. San Pablo nos dice que donde «llegó al colmo el pecado sobreabundó la gracia» (Romanos 5:20); por eso dirá a los efesios que la gracia fue derramada «sobre nosotros de modo sobreabundante con toda sabiduría» (Efesios 1:8); y a su discípulo Timoteo: «Sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor junto con la fe y la caridad, en Cristo Jesús» (1 Timoteo 1:14).

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