13 de agosto – Martes (San Ponciano, papa y San Hipólito, presbítero y mártir)

Evangelio: Mateo 18:1–5,10,12–14

Los ‘pequeños’ y el Reino. El escándalo. La oveja perdida

(1) En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién juzgas que es mayor en el Reino de los Cielos? (2) Entonces, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos (3) y dijo: en verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos. (4) Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; (5) y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe.

(10) Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, pues os digo que sus ángeles en los Cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. (11)

(12) ¿Qué os parece? Si a un hombre que tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte e irá a buscar la que se ha perdido? (13) Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían perdido. (14) Del mismo modo, no es voluntad de vuestro Padre que está en el Cielo que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

Comentario

1–35:   El conjunto de las enseñanzas de Jesucristo, que se conservan en el cap. 18 de San Mateo, ha sido llamado con frecuencia Discurso eclesiástico, pues constituye una especie de cuerpo de ordenamientos y advertencias que miran a la buena marcha de la vida posterior de la Iglesia.

El primer pasaje (Mateo 18:1–5) va dirigido a los rectores, esto es, a la futura jerarquía de la Iglesia, con el fin de adoctrinarlos y prevenirlos frente a las inclinaciones naturales del orgullo humano y de la ambición por los cargos de gobierno, poniendo como base la humildad.(…)

No menor atención presta el Señor también a quienes se hallan en situación espiritual difícil. Es preciso entonces ir en búsqueda de la oveja perdida, incluso heroicamente (vv.12–14). Si la Iglesia en general, y cada cristiano en particular, deber tener ansia de extender el Evangelio, con más razón aún debe esforzarse para que todos aquellos hombres que ya han abrazado la fe no se separen de ella.(…)

1–6:   Es claro que los discípulos todavía abrigaban ambiciones terrenas al pedir el primer puesto para cuando Cristo instaure en la tierra su Reino (cfr. Hechos 1:6). Para corregir su orgullo el Señor les pone delante a un niño, exigiéndoles que si quieren entrar en el Reino de los Cielos, sean por voluntad lo que los niños son por edad. Los niños se caracterizan por su incapacidad de odio y se ve en ellos una total inocencia en lo que mira a los vicios, y principalmente al orgullo, que es el mayor de todos. Son sencillos y se abandonan confiadamente.

La humildad es uno de los pilares maestros de la vida cristiana: «Si me preguntáis –dice San Agustín– qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo, os responderé: lo primero la humildad, lo segundo la humildad y lo tercero la humildad» (Epístola 118,22).

3–4:   Aplicando estas palabras a las virtudes de Nuestra Señora, San Bernardo subraya que la humildad es más excelente que la virginidad:

«Si no puedes imitar la virginidad de la humilde, imita la humildad de la virgen. Loable virtud es la virginidad, pero más necesario es la humildad: aquélla se nos aconseja, ésta nos la mandan; te convidan a aquélla, a ésta te obligan (…). De modo que aquélla se premia, como sacrificio voluntario; ésta se exige, como servicio obligatorio. En fin, puedes salvarte sin la virginidad, pero no sin la humildad» (De laudibus Virginis Matris, hom. 1).

5:   Acoger a un niño en el nombre de Jesús es acoger a Jesús mismo. Porque los niños son reflejo de la inocencia, de la sencillez, de la pureza, de la ternura del Señor; «para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 419).

10:   Dar escándalo a los pequeños es cosa grave: Jesús lo advierte con energía. Pues estos pequeños tienen sus ángeles que los guardan y defienden, y que acusarán ante Dios a quienes les hayan inducido a pecado.

En el contexto se habla de los ángeles custodios de los pequeños, puesto que a éstos se está refiriendo el pasaje. Pero todos los hombres, grandes o pequeños, tienen su ángel custodio.

«La Providencia de Dios ha dado a los ángeles la misión de guardar al linaje humano, y de socorrer a cada hombre (…). Nuestro Padre nos ha dado, a cada uno de nosotros, ángeles para que seamos fortalecidos con su poder y auxilio» (Catecismo Romano, IV,9,4).

Esta doctrina debe llevarnos a un trato confiado con nuestro ángel custodio.

«Ten confianza con tu Ángel Custodio. –Trátalo como un entrañable amigo –lo es– y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n.562).

Muchos manuscritos añaden, tomándolo al parecer de Lucas 19:10, el v.11:

«Pues el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido».

12–14:   La parábola pone de relieve la solicitud amorosa del Señor por los pecadores. Y manifiesta al modo humano la alegría de Dios al recuperar un hijo querido que se había extraviado.

Ante el panorama de tantas almas que viven alejadas de Dios, el Santo Padre comenta:

«Desgraciadamente asistimos con angustia a la corrupción moral que devasta a la humanidad, despreciando especialmente a los pequeños, de quienes habla Jesús. ¿Qué debemos hacer? Imitar al Buen Pastor y afanarnos sin tregua por la salvación de las almas. Sin olvidar la caridad material y la justicia social, debemos estar convencidos de que la caridad más sublime es la espiritual, o sea, el interés por la salvación de las almas. Y las almas se salvan con la oración y el sacrificio. ¡Esta es la misión de la Iglesia!» (Juan Pablo II: Homilía a las Clarisas de Albano, 14 agosto 1979).

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