6 de septiembre – Viernes (XXII)

Evangelio: Lucas 5:33–39

Enseñanza sobre el ayuno

(33) (En aquel tiempo, los fariseos le dijeron a Jesús:) ¿Por qué los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hace oraciones, y asimismo los de los fariseos; en cambio, los tuyos comen y beben? (34) Jesús les dijo: ¿Podéis acaso hacer ayuna a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? (35) Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; ya ayunarán en aquellos días. (36) Y les decía también una parábola: Nadie pone a un vestido viejo una pieza cortándola de un vestido nuevo, porque entonces, además de romper el nuevo, la pieza del vestido nuevo no le iría bien al viejo. (37) Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; pues entonces el vino nuevo reventará los odres, y se derramará, y los odres se perderán. (38) El vino nuevo debe echarse en odres nuevos. (39) Y ninguno acostumbrado a beber vino añejo quiere del nuevo, porque dice: el añejo es mejor.

Comentario

33–35:   En el Antiguo Testamento estaban prescrito por Dios algunos días de ayuno; el más señalado era el «día de la expiación» (Números 29:7; Hechos 27:9). Por ayuno se suele entender la abstención, total o parcial, de comida o bebida, y así lo entendían también los judíos. Moisés y Elías habían ayunado (Éxodo 34:28; 1 Reyes 19:8), y el mismo Señor ayunaría en el desierto durante cuarenta días antes de comenzar su ministerio público. En el pasaje que comentamos, Jesucristo da también un sentido más profundo del ayuno: la privación de su presencia física, que los Apóstoles sufrirán después de la muerte. El Señor iba preparando a sus discípulos durante su vida pública para la separación definitiva. Al comienzo los Apóstoles no eran todavía fuertes, y era más conveniente que fuesen consolados con la presencia corporal de Cristo que ejercitados con la austeridad del ayuno.

También los cristianos deben privarse a veces del alimento. «Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia» (San Pio X: Catecismo Mayor, n.495) es el objeto del cuarto mandamiento de la Iglesia. Pero además, en un sentido más hondo, como dice San León Magno: «El mérito de nuestros ayunos no consiste solamente en la abstinencia de los alimentos; de nada sirve quitar al cuerpo su nutrición si el alma no se aparta de la iniquidad y si la lengua no deja de hablar mal» (Sermo IV in Quadragesima).

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