9 de agosto – Viernes (Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir)

Evangelio: Mateo 16:24–28

(24) Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; (25) pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. (26) Porque, ¿de qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? (27) Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. (28) En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán al muerte hasta que vean al Hijo del Hombre en su Reino.

Comentario

24:   «La caridad de Dios ‘que ha sido difundida en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado’ (Romanos 5:5) hace a los laicos capaces para expresar de verdad en su vida el espíritu de Bienaventuranzas. Siguiendo a Cristo pobre, ni se deprimen ante la escasez de bienes temporales ni se engríen en su abundancia; imitando a Cristo humilde, no se hacen ambiciosos de la gloria vana (cfr. Gálatas 5:26), sino que se esfuerzan por agradar a Dios antes que a los hombres, dispuestos siempre a dejar todas las cosas por Cristo (cfr. Lucas 14:25) hasta padecer persecución por la justicia (cfr. Mateo 5:10), recordando las palabras del Señor: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame’» (Concilio Vaticano II: Decreto Apostolicam actuositatem, n.4).

25:   El cristiano no puede pasar por alto estas palabras de Jesucristo. Hay que arriesgarse, jugarse la vida presente en cambio de conseguir la eterna.

«¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios!…» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 420).

La exigencia del Señor incluye renunciar a la voluntad propia para identificarla con la de Dios, no sea que, como comenta San Juan de la Cruz, nos ocurra como a muchos «que querrían que quisiese Dios lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, con repugnancia de acomodar  su voluntad a la de Dios. De donde les nace que muchas veces, en lo que ellos no hallan su voluntad y gusto, piensen que no es voluntad de Dios, y que, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, crean que Dios se satisface, midiendo a Dios consigo, y no a sí mismo con Dios» (Noche oscura, I, cap. 7,3).

26–27:   Las palabras de Cristo son de una claridad meridiana: sitúan a cada hombre, individualmente, ante el Juicio Final. La salvación tiene, pues, un carácter radicalmente personal: «retribuirá a cada uno según su conducta» (v.27).

El fin del hombre no es ganar los bienes temporales de este mundo, que son sólo medios o instrumentos; el fin último del hombre es Dios mismo, que se posee como anticipo aquí en la tierra por la gracia, y plenamente y para siempre en la Gloria. Jesús indica cuál es el camino para conseguir ese fin: negarse a uno mismo (es decir, todo lo que es comodidad, egoísmo, apegamiento a los bienes temporales) y llevar la cruz. Porque ningún bien terreno, que es caduco, es comparable a la salvación eterna del alma. Como explica con precisión teológica Santo Tomás, «el menor bien de gracia es superior a todo el bien del universo» (Summa Teológica, I-II, q. 113, a.9).

28:   Al decir esto, Jesús no se refiere a su última venida de la que habla en el versículo anterior, sino que se está refiriendo a otros sucesos que acontecerían antes y que constituirán una señal de su glorificación tras la muerte. Así, la venida de la que habla aquí el Señor puede referirse en primer lugar a su Resurrección y apariciones. También podría estar relacionada con la Transfiguración, que muestra ya la gloria de Cristo. Finalmente, esta venida de Cristo en su Reino se podría ver manifestada en la destrucción de Jerusalén, en la que se significa el final del antiguo pueblo de Israel como realización del Reino de Dios y su sustitución por la Iglesia, nuevo Reino.

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