11 de agosto – Domingo (XIX)

Evangelio: Lucas 12:32–48

Abandono en la Providencia de Dios (cont’d.)

(En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:) (32) No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. (33) Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el Cielo, donde el ladrón no llega ni corroe la polilla. (34) Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.

Exhortación a la vigilancia y parábola del administrador

(35) Tened ceñidas vuestras cinturas y las lámparas encendidas, (36) y estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle al instante en cuanto venga y llame. (37) Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. (38) Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos. (39) Sabed esto: Si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa. (40) Vosotros, pues, estad preparados, porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del Hombre.

(41) Y le preguntó Pedro: Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos? (42) El Señor respondió: ¿Quién piensas que es el administrador fiel y prudente, a quien el amo pondrá al frente de su casa, para dar a tiempo la ración adecuada? (43) Dichoso aquel siervo, al que encuentre obrando así su amo cuando vuelva. (44) En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. (45) Pero si aquel siervo dijera en sus adentros: mi amo tarda en venir, y se pusiera a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, (46) llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles. (47) El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, será muy azotado; (48) en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, será poco azotado. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán.

Comentario

33–34:   El Señor termina este discurso insistiendo en los bienes imperecederos a los que debemos aspirar. A este tenor el Concilio Vaticano II, hablando de la llamada universal a la santidad, concluye con esta enseñanza: «Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado. Estén todos atentos a encauzar  rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo y un apego a las riquezas, contrario al espíritu de pobreza evangélica, les impida la prosecución de la caridad perfecta; y acuérdense de la advertencia del Apóstol: ‘Los que usan de este mundo, no se detengan en él: porque la apariencia de este mundo es pasajera’ (1 Colosenses 7:31)» (Constitución dogmática: Lumen gentium, n.42).

«Cuando en la Sagrada Escritura se habla del corazón, no se trata de un sentimiento pasajero, que trae la emoción o las lágrimas. Se habla del corazón para referirse a la persona que, como manifestó  el mismo Jesucristo, se dirige toda ella –alma y cuerpo– a lo que considera su bien: porque donde está tu tesoro allí estará también tu corazón (Mateo 6:21)» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n. 164). La enseñanza del Señor es clara: el corazón del hombre anhela poseer riquezas, buena posición, relaciones sociales, cargos públicos o profesionales, donde encontrar la seguridad, la felicidad, la afirmación de su personalidad; sin embargo, ese tipo de tesoro se convierte en una fuente de continuas preocupaciones y disgustos, porque está siempre expuesto a perderse. Jesús no quiere decir que el hombre deba despreocuparse de las cosas de la tierra, sino que enseña que ninguna cosa creada puede ser «el tesoro», el último fin; éste es Dios, nuestro Creador y Señor, a quien debemos amar y servir en medio de los quehaceres ordinarios de esta vida y con la esperanza del gozo eterno del Cielo.

35–39:   La exhortación a estar vigilantes se repite con frecuencia en la predicación de Cristo y en la de los Apóstoles (cfr. Mateo 24:42; 25:13; Marcos 14:34). De una parte, porque el enemigo está siempre al acecho (cfr. 1 Pedro 5:8), y de otra parte porque quien ama nunca duerme (cfr. Cantares 5:2). Manifestaciones concretas de esa vigilancia son el espíritu de oración (cfr. Lucas 21:36; 1 Pedro 4:7) y la fortaleza en la fe (cfr. 1 Colosenses 16:13).

35:   Las amplias vestiduras que usaban los judíos se ceñían a la cintura para poder realizar determinados trabajos. «Tener las ropas ceñidas» es una imagen clara para indicar que uno se prepara para el trabajo, la lucha, los viajes, etc. (cfr. Jeremías 1:17; Efesios 6:14; 1 Pedro 1:13). Del mismo modo, «tener las lámparas encendidas» indica la actitud propia del que vigila o espera la venida de alguien.

40:   Dios ha querido ocultar el momento de la muerte de cada uno y el fin del mundo. Inmediatamente después de la muerte, todo hombre comparece para el juicio particular: «Está establecido que los hombres mueran una sola vez; y que después tenga lugar el juicio» (Hebreos 9:27). Del mismo modo, al fin del mundo ocurrirá el juicio universal.

41–48:   Después de la exhortación del Señor a la vigilancia, Pedro hace una pregunta (v.41) cuya respuesta es la clave para comprender esta parábola. Por un lado, insiste Jesús en lo imprevisible del momento en que Dios nos ha de llamar para rendir cuentas; por otro, precisamente como respuesta a la pregunta de Pedro, Nuestro Señor explica que se enseñanza se dirige a todos. Dios pedirá cuenta a cada uno según sus circunstancias personales: todo hombre tiene en esta vida una misión que cumplir; de ella habremos de responder ante el tribunal divino y seremos juzgados según los frutos, abundantes o escasos, que hayamos dado.

«Y como no sabemos el día ni la hora es necesario, según la amonestación del Señor, que vigilemos constantemente para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cfr. Hebreos 9:27), merezcamos entrar con Él a las bodas y ser contados entre los elegidos (cfr. Mateo 25:31–46), y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (cfr. Mateo 25:26), al fuego eterno (cfr. Mateo 25:41)» (Concilio Vaticano II: Constitución Dogmática Lumen Gentium, n.48).

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