8 de septiembre – Domingo (XXIII)

Evangelio: Lucas 14:25–33

Condiciones para seguir a Jesús

(25) (En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos) les dijo: (26) Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a la esposa y a los hijos y a los hermanos y a las hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. (27) Y el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

(28) Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla?, (29) no sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, (30) diciendo: este hombre comenzó a edificar, y no pudo terminar. (31) O ¿qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes de deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? (32) Y sin no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. (33) Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo.

Comentario

26:   Estas palabras del Señor no deben desconcertar a nadie. El amor de Dios y a Jesucristo debe ocupar el primer puesto en nuestra vida y debemos alejar todo aquello que ponga trabas a este amor: «Amemos en este mundo a todos, comenta San Gregorio Magno, aunque sea al enemigo; pero ódiese al que se nos opone en el camino de Dios, aunque sea pariente… Debemos, pues, amar al prójimo; debemos tener caridad con todos; con los parientes y con los extraños, pero sin apartarnos del amor de Dios por el amor de ellos» (In Evangelia homiliae, 37, 3). En definitiva, se trata de guardar el orden de la caridad: Dios tiene prioridad sobre todo.

Este versículo ha de entenderse, por tanto, dentro del conjunto de las enseñanzas y exigencias del Señor (cfr. Lucas 6:27–35). Estas palabras «son términos duros. Ciertamente, ni el odiar ni el aborrecer castellanos expresan bien el pensamiento original de Jesús. De todas maneras, fuertes fueron las palabras del Señor, ya que tampoco se reducen a un amor menos, como a veces se interpreta templadamente, para suavizar la frase. Es tremenda esa expresión tan tajante no porque implique una actitud negativa o despiadada, ya que el Jesús que habla ahora es el mismo que ordena amar a los demás como a la propia alma y que entrega su vida por los hombres: esta locución indica, sencillamente, que ante Dios no caben medias tintas. Se podrían traducir las palabras de Cristo por amar más, amar mejor, más bien, por no amar con un  amor egoísta ni tampoco con un amor a corto alcance: debemos amar con el Amor de Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 97). Cfr. notas a Mateo 10:34–37; Lucas 2:49.

[El nota de Mateo 10:34–37 nos dice:

Mateo 10:34–37:   El Señor no viene a traer una paz terrena y falsa, la mera tranquilidad que ansía el egoísmo humano, sino la lucha contra las propias pasiones, contra el pecado y todas sus consecuencias. La espada que Jesucristo trae a la tierra para esa lucha es, según la propia Escritura, «la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Efesios 6:17), viva, eficaz y tajante, que «penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hebreos 4:12).

La palabra de Dios, en efecto, produjo esas grandes separaciones de que aquí se habla. A causa de ella, en las mismas familias, los que abrazaban la fe tuvieron por enemigos a aquellos de su propia casa que resistían a la palabra de la verdad. Por eso, continúa el Señor (v.37) diciendo que nada puede interponerse entre Él y su discípulo, ni siquiera el padre o la madre, el hijo o la hija: todo lo que sea un obstáculo (cfr. Mateo 5:29–30) debe apartarse.

Es evidente que estas palabras de Jesús no entrañan ninguna oposición entre el primero y el cuarto mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas y amar a los padres), sino que simplemente señalan el orden que ha de guardarse. Debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas (cfr. Mateo 22:37), tomarnos en serio la lucha por nuestra santidad; y también debemos amar y respetar –en teoría y en práctica– a esos padres que Dios nos ha dado y que generosamente han colaborado con el poder creador de Dios para traernos a la vida, a los cuales les debemos tantas cosas. Pero el amor a los padres no puede anteponerse el amor de Dios; en general no tiene por qué plantearse la oposición entre ambos, pero si en algún caso se llegase a plantear, hay que tener bien grabadas en la mente y en el corazón estas palabras de Cristo. Él mismo nos dio ejemplo de esto: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» (Lucas 2:49); respuesta de Jesús adolescente en el Templo de Jerusalén, a María y José, que lo buscaban angustiados. De este hecho de la vida de Nuestro Señor, que es norma para todo cristiano, deben sacar consecuencias tanto hijos como padres. Los hijos, para aprender que no se puede anteponer el cariño a los padres al amor de Dios, especialmente cuando nuestro Creador nos pide un seguimiento que lleva consigo una mayor entrega; los padres, para saber que los hijos son de Dios en primer lugar, y que por tanto Él tiene derecho a disponer de ellos, aunque esto suponga un sacrificio, heroico a veces. De acuerdo con esta doctrina hay que ser generosos y dejar hacer a Dios. De todas maneras Dios nunca se deja ganar en generosidad. Jesús ha prometido dar el ciento por uno, aun en esta vida, y luego la bienaventuranza eterna (cfr. Mateo 19:29), a quienes responden con desprendimiento a su santa Voluntad.]

[La nota de Lucas 2:49 nos dice:

Lucas 2:49:   La respuesta de Cristo es una explicación. Las palabras del Niño –que son las primeras que recoge el Evangelio– enseñan claramente su Filiación divina. Y afirman su voluntad de cumplir los designios de su Padre Eterno.

«No los reprende –a María y José– porque lo buscaban como hijo, sino que les hace levantar los ojos de su espíritu para que vean lo que deba a Aquel de quien es Hijo Eterno» (San Beda: In Lucae Evangelium expositio, in loc.).

Jesús nos enseña a todos que por encima de cualquier autoridad humana, incluso la de los padres, está el deber primario de cumplir la voluntad de Dios:

«Y, al consolarnos con el gozo de encontrar a Jesús –¡tres días de ausencia!– disputando con los Maestros de Israel (Lucas 2:46), quedará muy grabada en tu alma y en la mía la obligación de dejar a los de nuestra casa por servir al Padre Celestial» (S. Josemaría Escrivá: Santo Rosario, quinto misterio gozoso).]

Como explica el Concilio Vaticano II los cristianos «se esfuerzan por agradar a Dios antes que a los hombres, dispuestos siempre a dejarlo todo por Cristo» (Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4).

27:   Cristo «padeciendo por nosotros nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además, abrió el camino que, al seguirlo, santifica la vida y la muerte, y les da nuevo sentido» (Concilio Vaticano II: Constitución Pastoral Gaudium et spes, n.22).

El camino del cristiano es la imitación de Jesucristo. No hay otro modo de seguirle que acompañarle con la propia Cruz. La experiencia nos muestra la realidad del sufrimiento, y que éste lleva a la infelicidad si no se acepta con sentido cristiano. La Cruz no es una tragedia, sino pedagogía de Dios que nos santifica por medio del dolor para identificarnos con Cristo y hacernos merecedores de la gloria. Por eso es tan cristiano amar el dolor: «Bendito sea el dolor. –Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 208).

28–35:   El Señor nos muestra con diversas comparaciones que si la misma prudencia humana exige al hombre prevenir los riesgos de sus empresas, con mayor razón el cristiano se abrazará voluntaria y generosamente a la Cruz, porque sin ella no podrá seguir a Jesucristo: «’Quia hic homo coepit aedificare et non potuit consumare!’ –¡comenzó a edificar y no pudo terminar!

»Triste comentario, que, si no quieres, no se hará de ti: porque tienes todos los medios para coronar el edificio de tu santificación: la gracia de Dios y tu voluntad» (Camino, n. 324).

33:   Si antes el Señor ha hablado de «odiar» a los padres y hasta la propia vida, ahora exige con igual vigor el total desprendimiento de las  riquezas. Este versículo es aplicación directa de las dos parábolas anteriores: así como es imprudente un rey que pretende luchar con un número insuficiente de soldados, también es insensato quien quiera seguir al Señor sin renunciar a todos sus bienes. Esta renuncia de las riquezas ha de ser efectiva y concreta: el corazón debe estar desembarazado de todos los bienes materiales para poder seguir el paso del Señor. Y es que, como dirá más adelante, es imposible «servir a Dios y al  dinero» (Lucas 16:13). No es infrecuente que el Señor pida a algunos vivir en pobreza absoluta y voluntaria; y de todos exige el desprendimiento afectivo y la generosidad al emplear los bienes materiales. Si el cristiano ha de estar presto a renunciar a la propia vida, con más motivo ha de estarlo respecto de las riquezas: «Si eres hombre de Dios, pon en despreciar las riquezas el mismo empeño que ponen  los hombres del mundo en poseerlas» (Camino, n.633).

Por otra parte, para que el alma pueda llenarse de Dios ha de vaciarse primero de todo aquello que pudiera impedírselo: «La doctrina que el Hijo de Dios vino a enseñar fue el menosprecio de todas las cosas, para poder recibir el precio del espíritu de Dios en sí. Porque, en tanto que de ellas no se deshiciere el alma, no tiene capacidad para recibir el espíritu de Dios en pura transformación» (S. Juan de la Cruz: Subida al Monte Carmelo, lib. 1, cap. 5).

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