6 de octubre – Domingo (XXVII)

Evangelio: Lucas 17:5–10

Fuerza de la fe

(5) (En aquel tiempo,) los Apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe. (6) Respondió el Señor: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este moral: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería.

Humildad en el servicio

(7) Si uno de vosotros tiene un siervo en la labranza o con el ganado y regresa del campo, ¿acaso le dice: entra en seguida y siéntate a la mesa? (8) ¿No le dirá, al contrario: prepárame la cena y disponte a servirme mientras que como y bebo, que después comerás y beberás tú? (9) ¿Es que tiene que agradecerle al siervo el que haya hecho lo que se le había mandado? (10) Pues igual vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer.

Comentario

5:   «Auméntanos la fe»: Cada uno de nosotros debería repetir esta súplica de los apóstoles como una jaculatoria. «’Omnia possibilia sunt credenti’ –Todo es posible para el que cree. –Son palabras de Cristo.

»–¿Qué haces, que no le dices con los apóstoles: ‘adauge nobis fidem!’– ¡auméntame la fe!?» (Camino, n. 588).

6:   «No soy ‘milagrero’. –Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe. –Pero me dan pena esos cristianos –incluso piadosos, ‘¡apostólicos!’ –que se sonríen cuando oyen hablar de caminos extraordinarios, de sucesos sobrenaturales. –Siento deseos de decirles: sí, ahora hay también milagros: ¡nosotros los haríamos si tuviéramos fe!» (Camino, n. 583).

7–10:   Jesús no aprueba ese trato abusivo y arbitrario del amo, sino que se sirve de una realidad muy cotidiana para las gentes que le escuchaban, e ilustra así cuál debe ser la disposición de la criatura ante su Creador: desde nuestra propia existencia hasta la bienaventuranza eterna que se nos promete, todo procede de Dios como un inmenso regalo. De ahí que el hombre siempre esté en deuda con el Señor, y por más que haga en su servicio no pasan sus acciones de ser una pobre correspondencia a los dones divinos. El orgullo ante Dios no tiene sentido en una criatura. Lo que aquí nos inculca Jesús lo vemos hecho realidad en la Virgen María, que respondió ante el anuncio divino: «He aquí la esclava del Señor» (Lucas 1:38).

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