15 de octubre – Jueves (Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia)

Evangelio: Lucas 11:47–54

(En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y doctores de la Ley:) (47) ¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas, después que vuestros padres los mataron! (48) Así, pues, sois testigos de las obras de vuestros padres y consentís en ellas, porque ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros. (49) Por eso dijo la sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles, y matarán y perseguirán a una parte de ellos, (50) para que se pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas, derramada desde la creación del mundo, (51) desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, asesinado entre el altar y el Templo. Sí, os lo aseguro: se le pedirá cuentas a esta generación. (52) ¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque os habéis apoderado de la llave de la sabiduría!: vosotros no habéis entrado y a los que estaban para entrar se lo habéis impedido.

(53) Cuando salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a atacarle con vehemencia y a acosarle a preguntas sobre muchas cosas, (54) acechándole para cazarle en alguna palabra.

Comentario

51:   Zacarías fue un profeta que murió apedreado en el Templo de Jerusalén hacia el año 800 a.C. por echar en cara al pueblo de Israel su infidelidad a los preceptos divinos (cfr. 2 Crónicas  24:20–22). El asesinato de Abel (Génesis 4:8) y el de Zacarías eran, respectivamente, el primero y último de los narrados en el conjunto de los libros que los judíos reconocían como sagrados. Jesús alude a una tradición judía según la cual, todavía en su tiempo y aun después, se mostraba allí la mancha de sangre de Zacarías.

El altar al que se refiere el texto era el de los holocaustos, situado al aire libre en el atrio de los sacerdotes, delante de la edificación que propiamente constituía el Templo.

52:   Jesús les hace un grave reproche: aquellos doctores de la Ley, precisamente por el estudio y meditación de la Escritura, deberían haber reconocido a Jesús como el Mesías, puesto que así estaba profetizado en los libros sagrados. Sin embargo, la historia evangélica nos muestra que sucedió justamente al revés. No sólo no aceptaron a Jesús sino que se le opusieron obstinadamente. Ellos, como maestros de la Ley, tenían que haber enseñado al pueblo a seguir a Jesús; en cambio, se lo impidieron.

53–54:   San Lucas recordará frecuentemente esta actitud de los enemigos del Señor (cfr. 6:11; 19:47–48; 20:19–20; 22:2). El pueblo seguía a Jesús y se entusiasmaba con su predicación y sus obras, mientras que los fariseos y escribas no aceptaron al Señor, y no toleraban que la muchedumbre se adhiera a Él: intentaban por todos los medios desacreditarle ante el pueblo (cfr. Juan 11:48).

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