11 de junio – Jueves (San Bernabé – apóstol)

Evangelio: Mateo 5:17–19

Jesús y su doctrina, plenitud de la Ley

(En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:) (17) No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darle su plenitud. (18) En verdad os digo que mientras no pasen el Cielo y la tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. (19) Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer la mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

Comentario

17–19:   Jesús enseña en este pasaje el valor perenne del Antiguo Testamento, en cuanto que es palabra de Dios; goza, por tanto, de autoridad divina y no puede despreciarse la más mínimo. En la Antigua Ley había preceptos morales, judiciales y litúrgicos. Los preceptos morales del Antiguo Testamento conservan en el Nuevo su valor, porque son principalmente promulgaciones concretas, divino-positivas, de la ley natural. Nuestro Señor les da, con todo, su significación y sus exigencias más profundas. Los preceptos judiciales y ceremoniales, en cambio, fueron dado por Dios para una etapa concreta en la Historia de la Salvación, a saber, hasta la venida de Cristo; su observancia material no obliga de suyo a los cristianos (cfr S. Tomás de Aquino: Summa Teologiae, I-II, q. 108, a. 3 ad 3).

La ley promulgada por medio de Moisés y explicada por los Profetas constituía un don de Dios para el pueblo, como anticipo de la Ley definitiva que daría el Cristo o Mesías. En efecto, como definió el Concilio de Trento, Jesús no sólo «fue dado a los hombres como Redentor en quien confíen, sino también como Legislador a quien obedezcan (Concilio de Trento: De iustificatione sess. VI, can. 21).

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