14 de junio – Domingo (Corpus Christi)

Evangelio: Juan 6:51–58
(En aquel tiempo, Jesús le dijo a los judíos:) (51) Yo soy el pan vivo que he bajado del Cielo. Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
(52) Discutían, pues, los judíos entre ellos diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? (53) Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. (54) el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. (55) Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. (56) El que como mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. (57) Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. (58) Este es el pan que ha bajado del Cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come éste pan vivirá eternamente.

Comentario

49–51:   El maná del Éxodo era figura de este Pan—el mismo Jesucristo—que alimenta a los cristianos en su peregrinar por este mundo. La comunión es el maravilloso banquete en el que Cristo se nos da a Sí mismo: «El pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo». Estas palabras son la promesa de la institución de la Eucaristía en la Última Cena: «Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros» (1 Corintios 11:24). Las expresiones «para la vida del mundo», «por vosotros» aluden al valor redentor de la inmolación de Cristo en la Cruz. Ya en algunos sacrificios del Antiguo Testamento, que eran figura del de Cristo, parte de la carne ofrecida servía después de alimento y significaba la participación del sacrificio de Jesucristo. Por eso canta la Iglesia en la Liturgia de las Horas en la fiesta de Corpus Cristi:

«Oh sagrado banquete en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de la Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la futura gloria» (Antífona del ‘Magnificat’ en las Segundas Visperas).

52:   Los oyentes entienden perfectamente el sentido propio y directo de las palabras del Señor; pero no creen que tal afirmación pueda ser verdad; de haberlo entendido en sentido figurado o simbólico no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión. Jesús después insistirá en su afirmación confirmando lo que ellos habían entendido (cfr. vv. 54–56).

53:   Jesús reitera con gran fuerza la necesidad de recibirle en la Eucaristía para participar en la vida divina, para que crezca y se desarrolle la vida de la gracia recibida en el Bautismo. Ningún padre se contenta con dar la existencia a sus hijos, sino que les proporciona alimentos y medios para que puedan llegar a la madurez.
«Recibimos a Jesucristo en la Sagrada Comunión para que sea alimento de nuestras almas, nos aumenta la gracia y nos dé la vida eterna» (Comisión Episcopal de Enseñanza, Madrid: Catecismo de la Doctrina Cristiana, 1971, n. 289).

54:   Jesús afirma claramente que su Cuerpo y su Sangre son prenda de la vida eterna y garantía de la resurrección corporal. Santo Tomás de Aquino da esta explicación:

«El Verbo da vida a las almas, pero el Verbo hecho carne vivifica los cuerpos. En este Sacramento no se contiene sólo el Verbo con su divinidad sino también con su humanidad; por lo tanto, no es sólo causa de la glorificación de las almas, sino también de los cuerpos» (Super Evangelium S. Ioannis lectura, in loc.).

El Señor emplea una expresión más fuerte que el mero comer (el verbo original podría traducirse por «masticar»), expresando así el realismo de la Comunión: se trata de una verdadera comida. No cabe, pues, una interpretación simbólica, como si participar en la Eucaristía fuera tan sólo una metáfora, y no el comer y beber realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
«Estas invitaciones, estas promesas y estas amenazas nacen todas del gran deseo que tiene (Jesús) de unirse a nosotros en este Sacramento. Pero, ¿por qué desea tanto Jesucristo que vayamos a recibirle en la Sagrada Comunión? He aquí la razón: el amor (…) siempre aspira y tiende a la unión y, como dice Santo Tomás, ‘los amigos que se aman de corazón quisieran estar de tal modo unidos que no formaran más que uno solo’. Esto ha pasado con el inmenso amor de Dios a los hombres, que no esperó a darse por completo en el Reino de los Cielos, sino que aun en esta tierra se dejó poseer por los hombres con la más íntima posesión que se pueda imaginar, ocultándose bajo las apariencias de pan en el Santísimo Sacramento. Allí está como tras de un muro, y desde allí nos mira como a través de celosías (cfr. Cantares 2:9). Aun cuando nosotros no lo veamos, Él nos mira desde allí, y allí se encuentra realmente presente, para permitir que la poseamos, si bien se oculta para que le deseemos. Y hasta que no lleguemos a la patria celestial, Jesús quiere de este modo entregársenos completamente y vivir así unido con nosotros» (S. Alfonso María de Ligorio: Práctica del amor a Jesucristo, cap. 2).

55:   Así como el alimento corporal es necesario para la vida terrena, la Sagrada Comunión es necesaria para mantener la vida del alma. Por esto la Iglesia ha exhortado siempre a recibir este Sacramento con frecuencia:

«Diariamente, como es de desear, los fieles en gran número participen activamente en el Sacrificio de la Misa, se alimenten con corazón puro y santo de la sagrada Comunión, y den gracias a Cristo nuestro Señor por tan gran don. Recuerden estas palabras: ‘El deseo de Jesús y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado banquete consiste sobre todo en esto: que los fieles, unidos a Dios por virtud del sacramento, saquen de él fuerza para dominar la sensualidad, para purificarse de las leves culpas cotidianas y para evitar los pecados graves, a los que está sujeta la humana fragilidad’ (Decreto de la Santa Congregación del Concilio de 20-12-1905)» (Pablo VI: Encíclica ‘Mysterium fidei’ 3-9-1965 n. 8).

«El Salvador instituyó el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, que contiene realmente su Carne y su Sangre, para que el que como de El viva eternamente; por eso, todo aquel que usa devota y frecuentemente de este Sacramento asegura de tal manera la salvación de su alma, que es casi imposible que ninguna suerte de mala afición le ocasione la muerte. No se puede estar alimentado por esta carne de vida y vivir de los afectos de la muerte (…). Los cristianos que sean condenados quedarán sin saber qué replicar cuando el justo Juez les haga ver lo insensatos que fueron al morir espiritualmente, pudiendo haber conservado con tanta facilidad la salud del alma comiendo del Cuerpo que Él les dejó para este fin. Miserables, les dirá, ¿cómo es que estáis muertos, habiéndoos mandado comer el fruto y manjar de la vida?» (S. Francisco de Sales: Introducción a la vida devota, II, cap. 20, 1).

56:   El efecto más importante de la Sagrada Eucaristía es la unión íntima con Jesucristo. El mismo nombre de Comunión indica esta participación unitiva en la Vida del Señor: si en todos los sacramentos, por medio de la gracia que nos confieren, se consolida nuestra unión con Jesús, ésta es más intensa en la Eucaristía, puesto que no sólo nos da la gracia, sino al mismo Autor de la gracia:

«Participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somos elevados a una comunión con Él y entre nosotros. ‘Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de un único pan’ (1 Corintios 10:17)» (Concilio Vaticano II: Constitución Dogmático ‘Lumen gentium’, n. 7).
Precisamente por ser la Eucaristía el sacramento que mejor significa y realiza nuestra unión con Cristo, es a la vez donde toda la Iglesia muestras y lleva a cabo su unidad: Jesucristo «instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la Eucaristía, por el cual se significa y se realiza la unidad de la Iglesia» (Concilio Vaticano II: Decreto ‘Unitatis redintegratio’, n. 2).

57:   En Cristo, el Verbo encarnado y enviado al mundo «habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Colosenses 2:9) por la inefable unión de su naturaleza humana con la naturaleza divina en la Persona del Verbo. Al recibir nosotros en este sacramento la Carne y la Sangre de Cristo indisolublemente unidas a su divinidad, participamos en la misma vida divina de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Nunca apreciaremos lo suficiente la intimidad y cercanía con Dios mismo—Padre, Hijo y Espíritu Santo—, que se nos ofrece en el banquete eucarístico.
«Siendo esto así, habíamos de confesar que el alma no puede hacer ni pensar cosa más grata a Jesucristo como hospedar en su corazón, con las debidas disposiciones, a huésped de tanta majestad, porque de esta manera se une a Jesucristo, que tal es el deseo de tan enamorado Señor. He dicho que hay que recibir a Jesús no con las disposiciones dignas, sino con las debidas, porque, se fuese menester ser digno de este sacramento, ¿quién jamás podría comulgar? Sólo un Dios podría ser digno de recibir a un Dios. Digo dignas en el sentido en que convienen a la mísera criatura vestida que el alma se encuentre en gracia de Dios y con vivo deseo de aumentar en ella el amor a Jesucristo» (S. Alfonso María de Ligorio: Práctica del amor a Jesucristo, cap. 2).

58:   Por tercera vez (cfr. 6:31–32 y 6:49) Jesús compara el verdadero pan de vida, su propio Cuerpo, con el maná, con el que Dios había alimentado a los hebreos diariamente durante cuarenta años en el desierto. Así, hace una invitación a alimentar frecuentemente nuestra alma con el manjar de su Cuerpo.
«¡Cuántos años comulgando a diario! – Otro sería santo – me has dicho—, y yo ¡siempre igual! —Hijo—te he respondido—, sigue con la diaria Comunión, y piensa: ¿qué sería yo, si no hubiera comulgado?» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 534).

Articulo publicado en Juan, Tiempo Ordinario. Guarda el enlace permanente.

Los comentarios están cerrados.