16 de octubre – Viernes (Santa Eduviges, religiosa; Santa Margarita María Alacoque, virgen)

Evangelio: Lucas 12:1–7

Varias enseñanzas de Jesús

(1) (En aquel tiempo,) habiéndose reunido una muchedumbre de miles de personas, hasta atropellarse unos a otros, comenzó (Jesús) a decir en primer lugar a sus discípulos: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. (2) Nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. (3) Porque cuanto hayáis dicho en la oscuridad será escuchado a la luz; cuanto hayáis hablado al oído bajo techo será pregonado sobre los terrados.

(4) A vosotros, amigos míos, os digo: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo y después de esto no pueden hacer nada más. (5) Os enseñaré a quién habéis de temer; temed al que después de dar muerte tiene poder para arrojar en el infierno. Sí, os digo: temed a éste. (6) ¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno sólo de ellos queda olvidado ante Dios. (7) Aún más, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis: vosotros valéis más que muchos pajarillos.

Comentario

3:   La techumbre de las casas de Palestina era de ordinario una terraza. Allí se reunían a charlar, pasadas las horas del calor. Jesús advierte a sus discípulos que así como en esas tertulias se comentaban las cosas dichas en privado, también, por mucho que los fariseos ocultasen sus vicios y defectos con el velo de la hipocresía, éstos llegarían a ser conocidos y comentados por todos.

6–7:   Nada –ni aun las cosas más insignificantes– escapa a los ojos de Dios, a su Providencia y a su juicio. Cuánto menos escaparán las acciones de los hombres, que serán premiados o castigados por el justo e inapelable juicio de Dios. Por eso mismo, no hay que temer que quede sin recompensa eterna ningún sufrimiento o persecución por seguir a Cristo.

Por otra parte, la enseñanza del v.5 sobre el temor es completada en los vv.6 y 7 al decirnos que Dios es el buen Padre que vela por todos nosotros, mucho más que por esos pajarillos a los que tampoco olvida. Así, pues, nuestro temor a Dios no ha de ser servil –fundado en el miedo al castigo–, sino un temor filial –el de quien no quiere disgustar a su padre–, y que se alimenta de la confianza en la divina Providencia.

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