16 de febrero – Domingo (VI)

Evangelio: Mateo 5:17–37

Jesús y su doctrina, plenitud de la Ley

(En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:) (17) No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darle su plenitud. (18) En verdad os digo que mientras no pasen el Cielo y la tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. (19) Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer la mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

Jesús y su doctrina; plenitud de la Ley

(20) Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

(21) Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de justicia. (22) Pero yo os digo: Todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que llame a su hermano «raca» será reo ante el Sanedrín; el que le llame «renegado», será reo del fuego del infierno. (23) Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, (24) deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. (25) Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. (26) Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.

(27) Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. (28) Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. (29) Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. (30) Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.

(31) Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, déle libelo de repudio. (32) Pero yo os digo que todo el que repudie a su mujer –fuera del caso de fornicación– la expone a cometer adulterio, y el que se una con la repudiada comete adulterio.

(33) (En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:) Habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás tus juramentos al Señor. Pero yo os digo: (34) No juréis en absoluto; ni por el Cielo, porque es el trono de Dios; (35) ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. (36) Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. (37) Sea, pues, vuestro modo de hablar: Sí, sí, o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno.

Comentario

17–19:   Jesús enseña en este pasaje el valor perenne del Antiguo Testamento, en cuanto que es palabra de Dios; goza, por tanto, de autoridad divina y no puede despreciarse la más mínimo. En la Antigua Ley había preceptos morales, judiciales y litúrgicos. Los preceptos morales del Antiguo Testamento conservan en el Nuevo su valor, porque son principalmente promulgaciones concretas, divino-positivas, de la ley natural. Nuestro Señor les da, con todo, su significación y sus exigencias más profundas. Los preceptos judiciales y ceremoniales, en cambio, fueron dado por Dios para una etapa concreta en la Historia de la Salvación, a saber, hasta la venida de Cristo; su observancia material no obliga de suyo a los cristianos (cfr S. Tomás de Aquino: Summa Teologiae, I-II, q. 108, a. 3 ad 3).

La ley promulgada por medio de Moisés y explicada por los Profetas constituía un don de Dios para el pueblo, como anticipo de la Ley definitiva que daría el Cristo o Mesías. En efecto, como definió el Concilio de Trento, Jesús no sólo «fue dado a los hombres como Redentor en quien confíen, sino también como Legislador a quien obedezcan (Concilio de Trento: De iustificatione sess. VI, can. 21).

20:   «Justicia»: El concepto de justicia en la Sagrada Escritura es esencialmente religioso. Se llama justo a quien se esfuerza sinceramente por cumplir la Voluntad de Dios, que se manifiesta en los mandamientos, en los deberes de estado y en la unión del alma con Dios. Pero ello la justicia, en el lenguaje de la Biblia, coincide con lo que hoy día suele llamarse santidad (1 Juan 2:29; 3:7–10; Apocalipsis 22:11; Génesis 15:6; Deuteronomio 9:4).

Como comenta San Jerónimo (Commentarium in Evangelium secundem Matthaeum, 5,6), esta cuarta bienaventuranza de Nuestro Señor exige no un simple deseo vago de justicia, sino tener hambre y sed de ella, esto es, amar y buscar con todas las fuerzas aquello que hace justo al hombre delante de Dios. El que de verdad quiere la santidad cristiana tiene que querer los medios que la Iglesia, instrumento universal de salvación, ofrece y enseña a vivir a todos los hombres: frecuencia de sacramentos, trato íntimo con Dios en la oración, fortaleza en cumplir con los deberes familiares, profesionales, sociales.

El versículo viene a aclarar el sentido de los precedentes. Los escribas y fariseos habían llegado a deformar el espíritu de la Ley, quedándose más bien en la observancia externa y ritual de la misma. Entre ellos, el cumplimiento exacto y minucioso, pero externo, de los preceptos se había convertido en una garantía de salvación del hombre ante Dios: «Si yo cumplo esto soy justo, soy santo y Dios me tiene que salvar». Con ese modo de concebir la justificación ya no es Dios en el fondo que salva, sino el hombre quien se salva por las obras externas. La falsedad de tal concepción queda patente con la afirmación de Cristo, que podría expresarse en estos términos: para entrar en el Reino de los Cielos es necesario superar radicalmente la concepción de la justicia o santidad a la que habían llegado los escribas y fariseos. En otras palabras, la justificación o santificación es una gracia de Dios, a la que el hombre sólo puede colaborar secundariamente por su fidelidad a esa gracia. En otros lugares esta enseñanza quedará aún más claramente explicado por Jesús (cfr. Lucas18:9–14, parábola del fariseo y del publicano). También dará lugar a una de las grandes batallas doctrinales de San Pablo frente a los «judaizantes» (véanse Gálatas 3 y Romanos 2–5).

21–26:   En estos versículos tenemos un ejemplo concreto de cómo Jesús lleva a su plenitud la Ley de Moisés, explicando profundamente el sentido de los mandamientos de ésta.

22:   Al hablar Jesús en primera persona («pero yo os digo») expresa que su autoridad está por encima de la de Moisés y los Profetas; es decir: Él tiene autoridad divina. Ningún hombre podría hablar con esa autoridad.

«Raca»: Prácticamente todas las versiones de este pasaje han mantenido la transcripción de la voz original aramea pronunciada por Cristo. No es fácil dar una traducción exacta. El término «raca» equivale a lo que hoy entendemos por necio, estúpido, imbécil. Era señal entre los judíos de un gran desprecio, que muchas veces se manifestaba no con palabras, sino con la acción de escupir en el suelo.

«Renegado», que otras versiones traducen por «fatuo», «loco», etc., era aún mayor insulto que «raca»: se refería a la pérdida del sentido moral y religioso, hasta el punto de la apostasía.

Nuestro Señor indica en este texto tres faltas que podemos cometer contra la caridad, en las que puede apreciarse una graduación, que va desde la irritación interna hasta el mayor de los insultos. A propósito de este pasaje comenta San Agustín que se deben observar tres grados de faltas y de castigos. El primero, entrar en cólera por un movimiento interno del corazón, a lo que corresponde el castigo del juicio; el segundo, decir alguna palabra de desprecio, que lleva consigo el castigo del Consejo; el tercero, cuando dejándonos llevar por la ira hasta la obcecación, injuriamos despiadadamente a nuestros hermanos, que es castigado con el fuego del infierno (cfr. De Sermone Domini in monte, I,9,24).

«Fuego del infierno»: literalmente «gehena del fuego», frase que en el lenguaje judaico de aquellos tiempos significaba el castigo eterno.

De aquí la gravedad de los pecados externos contra la caridad: murmuración, injuria, calumnia, etc. Sin embargo, hemos de darnos cuenta de que éstos brotan del corazón; el Señor llama la atención en primer lugar hacia los pecados internos: rencor, odio, etc., para hacer ver que ahí está la raíz, y cuánto nos conviene refrenar los primeros movimientos de la ira.

23–24:   El Señor se encuentra con unas prácticas judaicas de su tiempo, y con tal ocasión dará una doctrina de altísimo y perenne valor moral. Naturalmente que en el cristianismo estamos en otra situación diferente a las prácticas cultuales judías. Para nosotros el mandata del Señor tiene unos cauces determinados por Él mismo. En concreto, en la Nueve y definitiva Alianza fundada por Cristo, reconciliarnos es acercarnos al sacramento de la Penitencia. En éste los fieles «obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él, y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando» (Concilio Vaticano II: Constitución dogmática Lumen Gentium, n.11).

Del mismo modo, en el Nuevo Testamento, la ofrenda por excelencia es la Eucaristía. Aunque a la Santa Misa se debe asistir siempre en los días de precepto, sabido es que para la recepción de la Sagrada Comunión se requiere como condición imprescindible esta en gracia de Dios.

Nuestro Señor no quiere decir en estos versículos que se haya de anteponer el amor del prójimo al amor de Dios. La caridad tiene un orden: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tus fuerzas. Éste es el mayor y primer mandamiento (cfr. Mateo 22:37–38). El amor al prójimo, que es el segundo mandamiento en importancia (cfr. Mateo 22:39), recibe su sentido del primero. No es concebible fraternidad sin paternidad. La ofensa contra la caridad es, ante todo, ofensa a Dios.

27–30:   Se refiere a la mirada pecaminosa dirigida a toda mujer, casada o no. Nuestro Señor lleva a su plenitud el precepto de la Antigua Ley. En éste sólo se consideraba pecado el adulterio y el deseo de la mujer del prójimo.

El deseo: una cosa es sentir y otra consentir. El consentimiento supone la advertencia de la maldad de esos actos (miradas, imaginaciones, deseos impuros), y la voluntariedad que libremente los admite.

La prohibición de los vicios implica siempre un aspecto positivo, que es la virtud contraria. La santa pureza es, como toda la virtud, eminentemente positiva; nace del primer mandamiento y a él se ordena: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo 22:37). «La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n.5). Esta virtud exige poner todos los medios y, si es necesario, heroicamente.

Por ojo derecho y mano derecha se entiende lo que nos es más estimado. Este modo de hablar del Señor, tan fuerte, no debe ser rebajado en su exigencia moral. Es claro que no significa que nos debamos mutilar físicamente, sino luchar sin concesiones, estando dispuestos a sacrificar todo aquello que pueda ser ocasión clara de ofensa a Dios. Las palabras del Señor, tan gráficas, previenen principalmente acerca de una de las más frecuentes ocasiones: el cuidado que debemos tener con las miradas. El rey David comenzó dejándose llevar por la curiosidad y esto le condujo al adulterio y al crimen. Después lloró sus pecados y tuvo una vida santa en la presencia de Dios (cfr. 2 Samuel 11 y 12).

«¡Los ojos! Por ellos entran en el alma muchas iniquidades. –¡Cuántas experiencias a lo David!… –Si guardáis la vista habréis asegurado la guarda de vuestro corazón» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n.183).

Entre los medios ascéticos que sirven para salvaguardar la virtud de la santa pureza se pueden enumerar: Confesión y Comunión frecuentes; devoción a la Santísima Virgen; espíritu de oración y mortificación; guarda de los sentidos; huida de las ocasiones, y esfuerzo por evitar la ociosidad, estando siempre ocupados en cosas útiles. Hay también otros dos medios que tienen hoy una particular importancia: «El pudor y la modestia son hermanos pequeños de la pureza» (Camino, n. 128). Pudor y modestia son expresión de buen gusto, de respeto a los demás y a la dignidad humana y cristiana. Por eso el cristiano, consecuente con esta doctrina del Señor, ha de luchar oponiéndose a un ambiente paganizado, para influir en él y tratar de cambiarlo.

«Hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia.

            »– Y esa cruzada es obra vuestra» (Camino, n.121).

31–32:   La Ley de Moisés (Deuteronomio 24:1), dada en tiempos antiguos, había tolerado el divorcio por la dureza de corazón de los hebreos. Pero no había señalado de manera clara los motivos para llegar a él. Por eso los rabinos habían dado una serie de interpretaciones diversas, según las escuelas a que perteneciesen, que iban de posiciones muy laxas a otras más rígidas. En todo caso, sólo el marido podía repudiar a la mujer. La condición de inferioridad de la mujer había sido de algún modo suavizada por el acta o libelo de repudio, escrito por el cual el marido declaraba la libertad de la mujer repudiada para que pudiera contraer nuevas nupcias. Contra tales interpretaciones rabínicas, Jesús restablece la originaria indisolubilidad del matrimonio tal como Dios lo había instituido (Génesis 1:27; 2:24; cfr. Mateo 19:4–6; Efesios 1:31; 1 Corintios 7:10).

La frase «fuera del caso de fornicación» no puede tomarse como una excepción del principio de la absoluta indisolubilidad del matrimonio que Jesús acaba de restablecer. Casi con toda seguridad, la mencionada cláusula se refiere a uniones admitidas como matrimonios entre algunos pueblos paganos, pero prohibidas, por incestuosas, en la Ley mosaica (cfr. Levítico 18) y en la tradición rabínica. Se trata, pues, de uniones inválidas desde su raíz por algún impedimento. Cuando tales personas se convertían a la verdadera fe, no es que pudiera disolverse su unión, sino que se declaraba que no habían estado nunca unidas en verdadero matrimonio. Por tanto, esta cláusula no va en contra de la indisolubilidad del matrimonio, sino que la reafirma.

La Iglesia, a partir de la enseñanza de Jesús, y guiada por el Espíritu Santo, ha concretado la solución del caso especialmente grave del adulterio, estableciendo la licitud de la separación de los cónyuges, pero sin disolubilidad del vínculo matrimonial y, por tanto, sin posibilidad de contraer nuevo matrimonio.

La indisolubilidad del matrimonio fue enseñada por la Iglesia desde el principio sin la menor duda, urgiendo el cumplimiento moral y jurídico de esta doctrina, expuesta con toda autoridad por Jesús (Mateo 19:3–9; Marcos 10:1–12; Lucas 16:18) y los Apóstoles (1 Corintios 6:16; 7:10–11,39; Romanos 7:2–3; Efesios 5:31 s.). Entre los muchos textos del Magisterio que se podrían citar, he aquí sólo algunos a modo de ejemplo:

«Se asigna un triple bien al matrimonio (…). El tercero es la indisolubilidad del matrimonio, porque significa la invisible unión de Cristo y la Iglesia. Y aunque por motivo de fornicación sea licito hacer separación del lecho, no lo es, sin embargo, contraer otro matrimonio, como quiera que el vínculo del matrimonio legítimamente contraído es perpetuo» (Concilio Florentino:Decreto Pro Armeniis.

«Si alguno dijera que, a causa de herejía, o por cohabitación molesta, o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema» (Concilio de Trento: Doctrina De Sacramento Matrimonii, sess. XXIV, can. 5).

«Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles, no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema» (De Sacramento Matrimonii, can. 7).

«Quede asentado, ante todo, como fundamento inconmovible e inviolable, que el matrimonio no fue instituido ni establecido por obra de los hombres, sino por obra de Dios; que fue protegido, confirmado y elevado no con leyes de los hombres, sino del autor mismo de la naturaleza, Cristo Señor; leyes, por tanto, que no pueden estar sujetas al arbitrio de los hombres, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges. Esta es la doctrina de las Sagradas Letras; ésta la constante y universal Tradición de la Iglesia; ésta la solemne definición del sagrado Concilio de Trento, que confirma y precisa con las mismas palabras de la Sagrada Escritura que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio y su unidad y firmeza tienen a Dios por autor» (Pio XI: Encíclica Casti connubii 31-12-1930, n.3).

«Así pues, aun cuando antes de Cristo, de tal modo se templó la sublimidad y serenidad de la ley primitiva que Moisés permitió a los ciudadanos del mismo pueblo de Dios, por causa de la dureza de su corazón, dar libelo de repudio por determinadas causas; sin embargo, Cristo, en uso de su potestad de legislador supremo, revocó este permiso de mayor licencia, y restableció íntegramente la ley primitiva por aquellas palabras que nunca hay que olvidar: ‘lo que Dios unió, no lo separe el hombre’» (Casti connubii, n. 11).

«Este vínculo sagrado, en atención al bien, tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio… Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen y urgen la plena fidelidad conyugal y la indisoluble unidad del matrimonio» (Concilio Vaticano II: Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 48).

33–37:   La Ley de Moisés prohibía taxativamente el perjurio o violación de juramento (Éxodo 20:7; Números 30:3; Deuteronomio 23:22). En tiempos de Cristo, la práctica del juramento había caído en un abuso hasta ridículo por su frecuencia y por la casuística en torno a él. Según numerosos documentos rabínicos de la época, se juraba por los motivos más intrascendentes. Junto al abuso del juramento, había surgido otro, no menos ridículo, para legitimar su incumplimiento. Todo ello constituía una falta de respeto al nombre de Dios. No obstante, por la misma Sagrada Escritura sabemos que el juramento es lícito y bueno en algunas ocasiones: «si juras por la vida de Yahwéh con verdad, con derecho y con justicia, serán en ti bendecidos los pueblos y en ti se gloriarán» (Jeremías 4:2).

Jesús establece el principio que ha de seguir sus discípulos en esta materia. Se basa en un restablecimiento de la confianza mutua, de la hombría de bien y de la sinceridad. El demonio es el «padre de la  mentira» (Juan 8:44). Por tanto, en la Iglesia de Cristo no pueden tolerarse unas relaciones humanas basadas en el engaño, en la insinceridad. Dios es la verdad, y los hijos del Reino tienen, pues, que fundamentar sus relaciones en la verdad. Jesús concluye con una exaltación de la sinceridad. A lo largo de toda su enseñanza la hipocresía es uno de los vicios más combatidos (véanse, por ejemplo, Mateo 23:13–32), mientras que la sinceridad constituye un de las más bellas virtudes (véanse Juan 1:47).

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