18 de octubre – Viernes(San Lucas, Evangelista)

Evangelio: Lucas 10:1–9

Misión de los setenta y dos discípulos

(1) (En aquel tiempo, Jesus) designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar a donde él había de ir. (2) Y les decía: La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. (3) Id: he aquí que yo os envío como corderos en medio de lobos. (4) No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. (5) En la casa en que entréis decid primero: paz a esta casa. (6) Y si allí hubiera algún hijo de paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. (7) Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, pues el que trabaja es merecedor de su salario. No vayáis de casa en casa. (8) Y en aquella ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; (9) curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: el Reino de Dios está cerca de vosotros.

Comentario

1–12:   Entre los que seguían al Señor y habían sido llamados por Él (cfr. Lucas 9:57–62), además de los Doce, había numerosos discípulos (cfr. Mc.2:15). Los nombres de la mayoría nos son desconocidos; sin embargo, entre ellos se contaban con toda seguridad aquellos que estuvieron con Jesús desde el bautismo de Juan hasta la Ascensión del Señor: por ejemplo, José llamado Barsaba, y Matías (cfr. Hechos 1:21–26). De modo semejante podemos incluir a Cleofás y su compañero, a quienes Cristo resucitado se le apareció en el camino de Emaús (cfr. Lucas 24:13–35).

De entre todos aquellos discípulos, el Señor elige setenta y dos para una misión concreta. Les exige, lo mismo que a los Apóstoles (cfr. Lucas 9:1–5), total desprendimiento y abandono completo en la Providencia divina.

Desde el Bautismo cada cristiano es llamado por Cristo a cumplir una misión. En efecto, la Iglesia, en nombre del Señor, «ruega encarecidamente a todos los laicos que respondan gustosamente, con generosidad y prontitud de ánimo, a la voz de Cristo que en esta hora los invita con mayor insistencia, y a los impulsos del Espíritu Santo. Sientan los jóvenes que esa llamada va dirigida a ellos de modo particular; recíbanla con entusiasmo y magnanimidad. Es el propio Señor el que invita de nuevo a todos los laicos, por medio de este santo Concilio, a que se le unan cada día más íntimamente y a que, sintiendo como propias sus cosas (cfr. Filemon 2:5), se asocien a su misión salvadora; de nuevo los envía a todas las ciudades y lugares a donde Él ha de ir (cfr. Lucas 10:1), para que, con las diversas formas y maneras del único apostolado de la Iglesia que deberán adaptar constantemente a las nuevas necesidades de los tiempos, se le ofrezcan como cooperadores, abundando sinceramente en la obra del Señor y sabiendo que su trabajo no es inútil delante de Él (cfr. 1 Corintios 15:58)» (Concilio Vaticano II: Decreto Apostolicam actuositatem, n. 33).

3–4:   Cristo quiere inculcar a sus discípulos la audacia apostólica; por eso dice «yo os envío», a lo que comenta San Juan Crisóstomo:

«Esto basta para daros ánimo, esta basta para que tengáis confianza y no temáis a los que os atacan» (Homilía sobre el Evangelio de San Mateo, 33).

La audacia de los Apóstoles y de los discípulos venía de esta segura confianza de haber sido enviados por el mismo Dios: actuaban, como explicó con firmeza el mismo Pedro al Sanhedrín, en el nombre de Jesucristo Nazareno, «pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dada a los hombres por el que hayamos de ser salvados» (Hechos 4:12).

«Y continúa el Señor –añade San Gregorio Magno– ‘No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino’. Tanta deber ser la confianza que ha de tener en Dios el predicador, que aunque no se provea de las cosas necesarias para la vida, debe estar persuadido de que no le han de faltar, no sea que mientras se ocupa en proveerse de las cosas temporales, deje de procurar a los demás las eternas» (In Evangelia homiliae, 17). El apostolado exige una entrega generosa que lleva al desprendimiento: por eso, Pedro, el primero en poner en práctica el mandamiento del Señor, cuando el mendigo de la Puerta Hermosa le pidió una limosna (Hechos 3:2–3), dijo: «No tengo oro ni plata» (Hechos 3:6), «no tanto para gloriarse de su pobreza –señala San Ambrosio– cuanto de su obediencia al mandamiento del Señor, como diciendo: ves en mí un discípulo de Cristo, ¿y me pides oro? Él nos dio algo mucho más valioso que el oro, el poder de obrar en su nombre. No tengo lo que Cristo no me dio, pero tengo lo que me dio: ‘En el nombre de Jesús, levántate y anda’ (Hechos 3:6)» (Expositio Evangelii secundum Lucam in loc.). El apostolado exige, por tanto, desprendimiento de los bienes materiales; y también exige estar siempre dispuestos porque la tarea apostólica es urgente.

«Y no saludéis a nadie por el camino»: ¿Cómo puede ser –se pregunta San Ambrosio– que el Señor quiera eliminar una costumbre tan llena de humanidad? Considera, sin embargo, que no dice sólo ‘no saludéis a nadie’, sino que añade ‘por el camino’. Y esto no es superfluo.

    »También Eliseo, cuando envió a su siervo a imponer su bastón sobre el cuerpo del niño muerto, le mandó que no saludara a nadie en el camino (1 Reyes 4:29): le dio orden de apresurarse para cumplir con rapidez la tarea y realizar la resurrección, no fuera que por entretenerse en hablar con algún transeúnte retrasara su encargo. Aquí no se trata entonces de evitar la urbanidad de saludar, sino de eliminar un posible obstáculo al servicio; cuando Dios manda, lo humano debe ser dejado a un lado, por lo menos por cuanto antes una orden divina que resultaría mucha veces frustrada por un retraso» (Ibid.).

6:   «Hijo de paz» es todo hombre que está dispuesto a recibir la doctrina del Evangelio que trae la paz de Dios. La recomendación del Señor a los discípulos de que anuncien la paz ha de ser una constante en toda la acción apostólica de los cristianos:

«El apostolado cristiano no es un programa político, ni una alternativa cultural: supone la difusión del bien, el contagio del deseo de amar, una siembra concreta de paz y de alegría» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n. 124).

El sentir la paz en nuestra alma y a nuestro alrededor es señal inequívoca de que Dios viene a nosotros, y un fruto del Espíritu Santo (cfr. Gálatas 5:22):

«Rechaza esos escrúpulos que te quitan la paz. –No es de Dios lo que roba la paz del alma.

Cuando Dios te visite sentirás la verdad de aquellos saludos: la paz os doy…, la paz os dejo…, la paz sea con vosotros…, y esto, en medio de la tribulación» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 258).

7:   Está claro que el Señor considera que la pobreza y el desprendimiento de los bienes materiales ha de ser una de las principales características del apóstol (vv. 3–4). No obstante, consciente de las necesidades materiales de sus discípulos, deja sentado el principio de que el ministerio apostólico merece su retribución. Por eso el Concilio Vaticano II recuerda la obligación que todos tenemos de contribuir al sostenimiento de los que generosamente se entregan al servicio de la Iglesia: «Los presbíteros, consagrados al servicio divino en el cumplimiento del cargo que se les ha encomendado, merecen recibir una justa remuneración, pues el que trabaja es merecedor de su salario (Lucas 10:7), y el Señor ordenó a los que anuncian el Evangelio que vivan del Evangelio (1 Corintios 9:14). Por ello, en le medida en que no se hubiera provisto por otra parte a la justa retribución de los presbíteros, los fieles mismos, como quiera que los presbíteros trabajan por su bien, tienen verdadera obligación de procurar que se les proporcione los medios necesarios para llevar una vida honesta y digna» (Concilio Vaticano II: Decreto Presbyterorum ordinis, n. 20).

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