21 de febrero – Jueves (VI)

Evangelio: Marcos 8:27–33

Confesión de Pedro

(27) Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? (28) Ellos le respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías y otros que uno de los profetas. (29) Entonces él les pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Pedro, le dice: Tú eres el Cristo. (30) Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre esto.

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(31) Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. (32) Hablaba de esto abiertamente. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. (33) Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, increpó a Pedro y le dijo: ¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.

Comentario

29:   La profesión de fe de Pedro es relatada aquí de una manera más breve que en Mateo 16:18–19. Pedro parece limitarse a afirmar que Jesús es el Cristo, el Mesías. Ya Eusebio de Cesarea, en el siglo IV, explicaba la sobriedad del Evangelista pro su condición de intérprete de San Pedro, quien en su predicación solía omitir todo lo que pudiera aparecer como alabanza propia. El Espíritu Santo, al inspirar a San Marcos, quiso que quedara reflejada en su Evangelio la predicación del Príncipe de los Apóstoles, dejando para otros Evangelios el completar detalles importantes del mismo episodio de la confesión de Pedro en los confines de Cesarea de Filipo.

Dentro de la sencillez del relato queda claro el papel de Pedro: se adelanta a todos los demás afirmando la mesianidad de Jesús. Esta pregunta del Señor, «y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», señala lo que Jesús pide a los Apóstoles: no una opinión, más o menos favorable, sino la firmeza de la fe. San Pedro es quien manifiesta esta fe.

31–33:   Esta es la primera ocasión en que Jesús anuncia a los discípulos los sufrimientos y la muerte que tendrá que padecer. Más tarde lo hará otras dos veces (cfr. Marcos 9:31 y 10:32). Ante esta revelación los Apóstoles se sorprenden, porque no pueden ni quieren entender que el Mesías tenga que pasar por el sufrimiento y la muerte, y mucho menos que le venga impuesto «por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas». Pedro, con su espontaneidad habitual, eleva en seguida una protesta. Y Jesús le responde usando las mismas palabras que dirigió al diablo cuando éste le tentó (cfr. Mateo 4:10), para afirmar, una vez más, que su misión no es terrena sino espiritual, y que por eso no puede ser entendida con meros criterios humanos, sino según los designios de Dios. Estos eran que Jesucristo nos redimiera mediante su Pasión y Muerte. A su vez, el sufrimiento del cristiano, unido al de Cristo, es también medio de salvación.

 


							
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