29 de abril – Lunes (Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia)

Evangelio: Juan 3:1–8

Visita de Nicodemo

(1) Había entre los fariseos un hombre, llamado Nicodemo, judío influyente. (2) Éste vino a él de noche y le dijo: Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él. (3) Contestó Jesús: En verdad, en verdad te digo que si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios. (4) Nicodemo le respondió: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y nacer? (5) Jesús contestó: En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua del Espíritu, no puede entrar al Reino de Dios. (6) Lo nacido de la carne, carne es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es. (7) No te sorprendas de que te haya dicho que os es preciso nacer de nuevo. (8) El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.

Comentario

1–21:   Nicodemo era miembro del Sanedrín de Jerusalén (cfr. Juan 7:50). Debía ser también hombre culto, probablemente escriba o doctor de la Ley: Jesús, dirigiéndose a él, le llama maestro de Israel. Podríamos calificarle, por tanto, de intelectual; es un hombre que razona, que indaga, que busca la verdad como una de las tareas fundamentales de su vida. Lo hace, naturalmente, moviéndose dentro de los planteamientos propios de la mentalidad judaica de su tiempo. Para entender las cosas divinas, sin embargo, hace falta la humildad, no basta la razón. Cristo va, en primer lugar, a elevar a Nicodemo al plano de esa virtud; por ello Jesús no responde inmediatamente a sus preguntas, sino que le hace ver cuán lejos está aún de la verdadera sabiduría: «¿Tú eres maestro en Israel y lo ignoras?». Nicodemo debe reconocer que, no obstante sus estudios, es todavía ignorante en las cosas de Dios. Como comenta Santo Tomás de Aquino, «el Señor no le reprende para injuriarle, sino porque confiaba aún en su ciencia; por eso quiso, haciéndole pasar por la humillación, convertirlo en morada del Espíritu Santo» (Super Evangelium S. Ioannis lectura, in loc.). Por el desarrollo de la conversación es evidente que Nicodemo dio ese paso de humildad, y se colocó ante Jesús como un discípulo ante el Maestro. Entonces el Señor le descubre los misterios de la fe. Nicodemo sería desde ese momento mucho más sabio que todos sus colegas que no dieron ese paso.

La ciencia humana, por muy grande que sea, es minúscula ante las verdades – sencillamente enunciadas pero profundísimos – de los artículos de la fe (cfr. Efesios 3:15–19; 1 Corintios 2:9). Las verdades divinas deber ser recibidas con la sencillez de un niño (sin la cual no podemos entrar en el Reino de los Cielos), para después ser meditadas durante toda la vida, y estudiadas con la admiración del que sabe que la realidad divina siempre supera nuestra pobre inteligencia.

1–2:   A lo largo del diálogo entrañable de aquella noche, Nicodemo muestra gran delicadeza: se dirige a Jesús con respeto y le llama Rabbí, Maestro mío. Posiblemente había sido removido por los milagros y por la predicación de Cristo, y tenía necesidad de saber. Ante la enseñanza del Señor su manera de reflexionar y pensar es todavía poco sobrenatural, pero es humanamente noble.

Cuando los fariseos intentaron detener a Jesús (Juan 7:32), fracasando en su propósito a causa de la admiración del pueblo, Nicodemo se opuso a aquella manera injusta de actuar que condenaba a un hombre antes de juzgarle, y se enfrentó con entereza a los demás (Juan 7:50–53); tampoco tuvo miedo, en la hora más difícil, de honrar el Cuerpo muerto del Señor (Juan 19:39).

3–8:   A la pregunta inicial de Nicodemo, que muestra todavía su duda acerca de Jesús (¿un profeta o el Mesías?), el Señor le contesta de manera insospechable: Nicodemo esperaba que le hablase de Él, de su misión, y, en cambio, Jesús le revela una verdad asombrosa: hay que nacer de nuevo. Se trata de un nacimiento espiritual por el agua y el Espíritu Santo: es un mundo nuevo el que se abre ante los ojos de Nicodemo.

Las palabras del Señor también constituyen un horizonte sin límites para el adelantamiento espiritual de cualquier alma cristiana, que se deja dócilmente conducir por la gracia divina y los dones del Espíritu Santo, infundidos en el Bautismo y corroborados por los Sacramentos; junto con la apertura del alma a Dios, el cristiano debe asimismo apartar la apetencias egoístas y las inclinaciones de la soberbia, para poder ir entendiendo lo que Dios le enseña en su interior. «Por eso se ha de desnudar el alma (…) de su entender, gustar y sentir, para que echado todo lo que es disímil y disconforme a Dios, venga a recibir semejanza de Dios (…); y así se transforma en Dios. De donde, aunque es verdad, como hemos dicho, está Dios siempre en el alma dándole y conservándole el ser natural de ella con su asistencia, no, empero, siempre la comunica el ser sobrenatural. Porque éste no se comunica sino por amor y gracia, en la cual no todas las almas están; y las que están, no en igual grado, porque unas (están) en más, otras en menos grados de amor. De donde a aquella alma se comunica Dios más, que está más avejentada en amor, lo cual es tener más conforme su voluntad con la de Dios. Y la que totalmente la tiene conforme y semejante, totalmente está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente» (San Juan de la Cruz: Subida al Monte Carmelo, libro 2, cap. 5).

Jesús subraya con fuerza la nueva condición del hombre; ya no se trata de nacer de la carne, del linaje de Abrahán (cfr. Juan 1:13), sino de renacer por obra del Espíritu Santo, por medio del agua. El Señor habla aquí por primera vez del Bautismo cristiano, confirmando la profecía de Juan Bautista (cfr. Mateo 3:11; Juan 1:33): ha venido a instituir un Bautismo en el Espíritu Santo.

«Nicodemo – dice San Agustín—no saboreaba todavía ni este espíritu ni esta vida (…). No conoce otro nacimiento que el de Adán y Eva, e ignora el que se origina de Cristo y de la Iglesia. Sólo entiende de la paternidad que engendra para la vida. Existen dos nacimientos; mas él, sólo de uno tiene noticia. Uno es de la tierra y otro es del Cielo; uno de la carne y otro del Espíritu; uno de la mortalidad, otro de la eternidad; uno de hombre y mujer, y otro de Cristo y de la Iglesia. Los dos son únicos. Ni uno ni otro se pueden repetir (In Ioannis Evangelium tractatus, 11,6).

El Señor habla de los efectos maravillosos que la fuerza del Espíritu Santo produce en el alma del bautizado. Así como cuando sopla el viento nos damos cuenta de su presencia, oímos su silbido pero no sabemos de dónde surgió ni dónde terminará, así sucede también con el Espíritu Santo, que es «soplo» (pneuma) divino, y que se nos da en el nuevo nacimiento del Bautismo; no se sabe por qué camino el Espíritu penetra en el corazón, pero da a conocer su presencia por el cambio en la conducta del que lo recibe.

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