12 de diciembre – Miércoles (Nuestra Señora de Guadalupe)

Evangelio: Lucas 1:39–55

Visitación de María a Isabel

(39) Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; (40) y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. (41) Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; (42) y exclamando en voz alta, dijo: Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. (43) ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? (44) Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; (45) y bienaventurada tú que has creído, porque su cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.

El Cántico de María: Magnificat

(46) María exclamó:
Glorifica mi alma al Señor, (47) y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:
(48) porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;
por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.
(49) Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso,
cuyo nombre es Santo;

(50) su misericordia se derrama de generación en generación
sobre aquellos que le temen.
(51) Manifestó el poder de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón.
(52) Derribó a los poderosos de su trono
y ensalzó a los humildes.

(53) Colmó de bienes a los hambrientos
y a los ricos los despidió vacíos.
(54) Acogió a Israel su siervo, recordando su misericordia,
(55) según como había prometido a nuestros padres,
Abrahán y su descendencia para siempre.

Comentario

39:   Nuestra Señora, al conocer por la revelación del ángel la necesidad en que se hallaba su prima Santa Isabel, próxima ya al parto, se apresura a prestarle ayuda, movida por la caridad. La Virgen no repara en dificultades. Aunque no sabemos el lugar exacto donde se hallaba Isabel (hoy se supone que es Ayn Karim), en todo caso el trayecto desde Nazaret hasta la montaña de Judea suponía entonces un viaje de cuatro días.

 Este hecho de la vida de la Virgen tiene una clara enseñanza para los cristianos: hemos de aprender de Ella la solicitud por los demás.

«No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n. 145).

42:   Comenta San Beda que Isabel bendice a María con las mismas palabras usadas por el arcángel, «para que se vea que debe ser honrada por los ángeles y por los hombres y que con razón se ha de anteponer a todas las mujeres» (In Lucae Evangelium expositio, in loc.).

El rezo de la Avemaría repetimos estas salutaciones divinas con las cuales «nos alegramos con María Santísima de su excelsa dignidad de Madre de Dios y bendecimos al Señor y le damos gracias por habernos dado a Jesucristo por medio de María» (Catecismo Mayor, n. 333).

43:   Al llamar Isabel, movida por el Espíritu Santo, a María «madre de mi Señor», manifiesta que la Virgen es Madre de Dios.

44:   San Juan Bautista, aunque fue concebido en pecado – el pecado original – como los demás hombres, sin embargo, nació sin él porque fue santificado en la entrañas de su madre Santa Isabel ante la presencia de Jesucristo (entonces en el seno de María) y de la Santísima Virgen. Al recibir este beneficio divino San Juan manifiesta su alegría saltando de gozo en el seno materno. Estos hechos fueron el cumplimiento de la profecía del arcángel San Gabriel (cfr. Lucas 1:15).

San Juan Crisóstomo se admiraba en la contemplación de esta escena del Evangelio:

«Ved qué nuevo y admirable es este misterio. Aún no ha salido del seno y ya habla mediante saltos; aún no se le permite clamar y ya se le escucha por los hechos (…); aún no ve la luz y ya indica cuál es el Sol; aún no ha nacido y ya se apresura a hacer de Precursor. Estando presente el Señor no puede contenerse ni soporta esperar los plazos de la naturaleza, sino que trata de romper la cárcel del seno materno y se cuida de dar testimonio de que el Salvador está a punto de llegar» (Sermón recogido por Metafrasto; cfr. Breviarium Romanum, Fiesta de la Visitación de N. Señora, Maitines, lecc. V. mense Julio).

45:   Adelantándose al coro de todas las generaciones venideras, Isabel, movida por el Espíritu Santo, proclama bienaventurada a la Madre del Señor y alaba su fe. No ha habido fe como la de María; en Ella tenemos el modelo más acabado de cuáles han de ser las disposiciones de la criatura ante su Creador: sumisión completa, acatamiento pleno. Con su fe, María es el instrumento escogido por el Señor para llevar a cabo la Redención como Mediadora universal de todas las gracias. En efecto, la Santísima Virgen está asociada a la obra redentora de su Hijo:

 «Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la Salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. En primer lugar, cuando María, poniéndose con presteza en camino a visitar a Isabel, fue proclamada por ésta bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida, a la vez que el Precursor saltó de gozo en el seno de su madre (…). Avanzó la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual no sin designio divino se mantuvo en pie (cfr. Juan 19:25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su Sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado» (Concilio Vaticano II: Decreto ‘Lumen gentium’, nn. 57–58).

El nuevo texto latino recoge de modo literal el original griego al decir «quae credidit», en lugar de «quae credidisti», como hacía la Vulgata. Esta, al decir «bienaventurada tú que has creído», aplica en concreto a la Santísima Virgen la frase más genérica «bienaventurada la que ha creído».

46–55:   El cántico Magnificat que Nuestra Señora pronuncia en casa de Zacarías es de una singular belleza poética. Evoca algunos pasajes del Antiguo Testamento que la Virgen había meditado (recuerda especialmente 1 Samuel 2:1–10).

 En este cántico pueden distinguirse tres estrofas: en la primera (vv. 46–50) María glorifica a Dios por haberla hecho Madre del Salvador, hace ver el motivo por la cual la llamarán bienaventurada todas las generaciones y muestra cómo en el misterio de la Encarnación se manifiestan el poder, la santidad y la misericordia de Dios. En la segunda (vv. 51–53) la Virgen nos enseña cómo en todo tiempo el Señor ha tenido predilección por los humildes, resistiendo a los soberbios y jactanciosos. En la tercera (vv. 54–55) proclama que Dios, según su promesa, ha tenido siempre especial cuidado del pueblo escogido, al que le va a dar el mayor título de gloria: la Encarnación de Jesucristo, judío según la carne (cfr. Romanos 1:3).

«Nuestra oración puede acompañar e imitar esa oración de María. Como Ella, sentiremos el deseo de cantar, de proclamar las maravillas de Dios, para que la humanidad entera y los seres todos participen de la felicidad nuestra» (S. Josemaría Escrivá: Es Cristo que pasa, n. 144).

46–47:   «Los primeros frutos del Espíritu Santo son la paz y la alegría. Y la Santísima Virgen había reunido en sí toda la gracia del Espíritu Santo…» (S. Basilio: In Psalmos homiliae, in Salmo 32).

Los sentimientos del alma de María se desbordan en el Magnificat. El alma humilde ante los favores de Dios se siente movida al gozo y al agradecimiento. En la Santísima Virgen el beneficio divino sobrepasa toda gracia concedida a criatura alguna. «Virgen Madre de Dios, el que no cabe en los Cielos, hecho hombre, se encerró en tu seno» (Antífona de la Misa del Común de fiestas de Santa María). La Virgen humilde de Nazaret va a ser la Madre de Dios; jamás la omnipotencia del Creador se ha manifestado de un modo tan pleno. Y el Corazón de Nuestra Señora manifiesta incontenible su gratitud y su alegría.

48–49:   Ante esta manifestación de humildad de Nuestra Señora, exclama San Beda: «Convenía pues, que así como había entrado la muerte en el mundo por la soberbia de nuestros primeros padres, se manifieste la entrada de la Vida por la humildad de María» (In Lucae Evangelium expositio, in loc.).

«¡Qué grande es el valor de la humildad! – ‘Quia respexit humilitatem…’ Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: Porque vio mi humildad, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (S. Josemaría Escrivá: Camino, n. 598).

Dios premia la humildad de la Virgen con el reconocimiento por parte de todos los hombres de su grandeza: «Me llamarán bienaventurada todas las generaciones». Esto se cumple cada vez que alguien pronuncia las palabras del Avemaría. Este clamor de alabanza a Nuestra Madre es ininterrumpido en toda la tierra. El Concilio Vaticano II recuerda estas palabras de la Virgen al hablarnos del culto a Nuestra Señora:

 «Desde los tiempos más antiguos la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de ‘Madre de Dios’, a cuyo amparo acuden los fieles, en todos sus peligros y necesidades, con sus oraciones. Y sobre todo a partir del Concilio de Efeso, el culto del pueblo de Dios hacia María creció maravillosamente en veneración y amor, en invocaciones y deseo de imitación, según sus mismas palabras proféticas: ‘Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso’» (Decreto ‘Lumen gentium’, n. 66).

50:   «Cuya misericordia se derrama de generación en generación». Estas palabras, «ya desde el momento de la encarnación, abren una nueva perspectiva en la historia de la salvación. Después de la resurrección de Cristo, esta perspectiva se hace nueva en el aspecto histórico y, a la vez, lo es en sentido escatológico. Desde entonces se van sucediendo siempre nuevas generaciones de hombres dentro de la inmensa familia humana, en dimensiones crecientes; se van sucediendo, además, nuevas generaciones del Pueblo de Dios, marcadas por el estigma de la cruz y de la resurrección, ‘selladas’ a su vez, con el signo del misterio pascual de Cristo, revelación absoluta de la misericordia proclamada pro María en el umbral de la casa de su pariente: ‘su misericordia de generación en generación’(…).

 Maria es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido, la llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia; en cada uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque expresan la preparación particular de su alma, de toda su personalidad, sabiendo ver primeramente a través de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo hombre y de la humanidad entera después, aquella misericordia de la que por todas las generaciones nos hacemos partícipes según el eterno designio de la Santísima Trinidad» (Juan Pablo II: Encíclica ‘Dives in misericordia’ 30-11-1980, n. 9).

51:   «Soberbios de corazón»: Son los que quieren aparecer como superiores a los demás, a quienes desprecian. Y también alude a la condición de aquellos que, en su arrogancia, proyectan planes de ordenación de la sociedad y del mundo a espaldas o en contra de la Ley de Dios. Aunque pueda parecer que de momento tienen éxito, al final se cumplen estas palabras del cántico de la Virgen, pues Dios los dispersará como ya hizo con los que intentaron edificar la torre de Babel, que pretendían llegase hasta el Cielo (cfr. Génesis 11:4).

 «Cuando el orgullo se adueña del alma, no es extraño que detrás, como en una reata, vengan todos los vicios: la avaricia, las intemperancias, la envidia, la injusticia. El soberbio intenta inútilmente quitar de su solio a Dios, que es misericordioso con todas las criaturas, para acomodarse él, que actúa con entrañas de crueldad.

 Hemos de pedir al Señor que no nos deje caer en esta tentación. La soberbia es el peor de los pecados y el más ridículo (…). La soberbia es desagradable, también humanamente: el que se considera superior a todos y a todo, está continuamente contemplándose a sí mismo y despreciando a los demás, que le corresponden burlándose de su vana fatuidad» (S. Josemaría Escrivá: Amigos de Dios, n. 100).

53:   Esta Providencia divina se ha manifestado multitud de veces a los largo de la Historia. Así, Dios alimentó con el maná al pueblo de Israel en su peregrinación por el desierto durante cuarenta años (cfr. Éxodo 16:4-35); igualmente a Elías por medio de un ángel (1 Reyes 19:5–8); a Daniel en el foso de los leones (Daniel 14:31–40); a la viuda de Sarepta con el aceite que milagrosamente no se agotaba (1 Reyes 17:8 ss.). Así también colmó las ansias de santidad de la Virgen con la Encarnación del Verbo.

Dios había alimentado con su Ley y la predicación de sus Profetas al pueblo elegido, pero el resto de la humanidad sentía la necesidad de la palabra de Dios. Ahora, con la Encarnación del Verbo, Dios satisface la indigencia de la humanidad entera. Serán los humildes quienes acogerán este ofrecimiento de Dios: los auto-suficientes, al no verse necesitados de los bienes divinos, quedarán privados de ellos (cfr. S. Basilio: In Psalmos homiliae, in Salmo 33).

54:   Dios condujo al pueblo israelita como a un niño, como a su hijo a quien amaba tiernamente: «Yahwéh, tu Dios, te ha llevado por todo el camino que habéis recorrido, como lleva un hombre a su hijo» (Deuteronomio 1:31). Esto lo hizo Dios muchas veces, valiéndose de Moisés, de Josué, de Samuel, de David, etc., y ahora conduce a su pueblo de manera definitiva enviando al Mesías. El origen último de este proceder divino es la gran misericordia de Dios, que se compadeció de la miseria de Israel y de todo el género humano.

55:   La misericordia de Dios fue prometida de antiguo a los Patriarcas, Así, a Adán (Génesis 3:15), a Abrahán (Génesis 22:18), a David (2 Samuel 7:12), etc. La Encarnación de Cristo había sido preparada y decretada por Dios desde la eternidad para la salvación de la humanidad entera. Tal es el amor que Dios tiene a los hombres; el Evangelio de San Juan lo expresará así:

«Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).

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